Habla el cónsul argentino que visita en la cárcel a Víctor Saldaño: "Es como un hombre del pasado"

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"Víctor Saldaño es como un ermitaño. Es un hombre del pasado". Así describe Gabriel Volpi -el cónsul general argentino en Houston, Estados Unidos- al cordobés que lleva 24 años preso

en el "corredor de la muerte" de una cárcel de Texas.

Este funcionario -o el segundo o el tercero debajo de su cargo- visita cada 15 días al hombre de 47 años que es el único argentino condenado a muerte en Estados Unidos por el crimen del comerciante Paul King al que antes secuestró y robó, junto a un cómplice, el 25 de noviembre de 1995 en Dallas.

El mismo cónsul -que hace dos semanas le compró comida en la prisión de máxima seguridad Allan B. Polunsky- será quien en un par de días, "cuando esté bien definido cómo hacerlo", le comunicará a Saldaño la noticia menos deseada. Que la Corte Suprema de Estados Unidos rechazó revisar su caso y así ya no hay impedimentos para que se fije la fecha para que finalmente reciba la inyección letal.

Sin embargo, para Saldaño, no será una mala noticia. 

"Cada vez que lo veo o lo ve alguien de mi equipo, hace la misma pregunta: '¿Y? ¿Ya se sabe cuándo me van a ejecutar?'", cuenta el cónsul a Clarín desde Houston. Tan reiterativo es que Volpi ya tiene preparada una respuesta: "Estamos trabajando acá y otros más en Argentina para que eso nunca pase. Tenés que valorar eso".

Víctor Hugo Saldaño, en prisión.

Víctor Hugo Saldaño, en prisión.

El argentino pidió varias veces a su madre, Lidia Guerrero, que deje de apelar una sentencia a muerte que recibió dos veces por el mismo asesinato. La primera fue anulada por "vicios racistas" durante el juicio. La segunda se mantiene y lo acerca a la inyección letal.

Saldaño es el único preso argentino en EE.UU que tiene un fondo destinado él en el Consulado Argentino en Houston. Ese presupuesto no tiene que ver con "el grupo Saldaño", destinado a la defensa del cordobés. Tanto Jonathan Miller -un prestigioso jurista estadounidense que representa al Gobierno argentino- como su colega de apellido Scott, según el cónsul "trabajan pro bono" (o "por el bien público"), sin cobrar.

Entonces, el dinero es "para ayudarlo a él en su reclusión". No es una cuestión humanitaria. Es un deber consular. Y tiene costos muy específicos, que deben ser rendidos en las cuentas diplomáticas.

"La cárcel queda en Livingston, a unas 90 millas del consulado (unos 145 kilómetros). Para ir alquilamos un auto. No voy todas las veces yo porque depende de mi agenda de trabajo", detalla Volpi. Además, en cada visita a Saldaño los argentinos le compran comida.

"Son unos 25 dólares para comprarle la comida que quiera. De esas máquinas", detalla.

Como las películas o series metieron en el imaginario colectivo, los cubículo o "salitas" -como las llaman los internos latinos (que en realidad en esa cárcel son llamados "hispanos")- tienen el vidrio en el medio, un interfono (como un teléfono fijo vertical) y en una sala contigua, máquinas expendedoras. 

"Tienen para yogures o sandwiches totalmente diferentes a lo que le dan de comer a él dentro del penal. Entonces, como nosotros no podemos tocar la comida -es una medida de seguridad para evitar que familiares ahí escondan droga, objetos pequeños o veneno-, le pedimos a una oficial que retire las cosas que caen después de que nosotros ponemos las monedas."

La comida se le entrega a Saldaño una vez que él fue llevado hasta el cubículo. "Él come mientras vamos charlando". También recibe 200 dólares para gastar en una especie de despensa carcelaria. El dinero tiene un único destino: comprar sardinas

"¿De qué se charla con un hombre que lleva más de dos décadas preso y casi aislado?", pregunta Clarín. 

"Es alguien que se quedó en el tiempo. Pregunta por Talleres de Córdoba (el club), por Argentina, pero algunas cosas nada más. Porque algo le llega a veces de la radio que tiene. No puedo mostrarle nada del celular. No es que puedo ponerle una película. Él no debe saber qué es un celular", sigue.

Los teléfonos no entran a esa prisión. Salvo que un guardia haya incumplido la norma y le haya mostrado alguno, Saldaño vive en la tecnología de los '90. Por eso, como un ermitaño, su streaming son los recuerdos.

De mujeres habla mucho. Particularmente de una brasileña que conoció cuando viajó a Brasil. Había viajado con el deseo de revincularse en Florianópolis con su padre, que abandonó a él y a sus dos hermanas cuando tenía 2 años. La relación con su progenitor quedó trunca, pero el recuerdo de esa "negrita" -como Saldaño la llama- lo acompaña hasta hoy.

Con el cónsul Volpi, al menos en los 3 años desde que ejerce, no habló del hombre al que mató. Pero nunca le dijo que era inocente. También es cierto que no en todas las visitas puede hilar una conversación.

"Podés darte cuenta de cómo va a ser la cosa cuando llega y ves que está desalineado, sin bañarse, sin afeitarse. Seguramente le habrían dado medicación poquito antes y no va a poder hablar. Otras veces me he quedado más de dos horas con él charlando bien. Coherente", dice el cónsul.

El 9 de diciembre de 1996, cuando fue detenido por matar a Paul Ray King para robarle 50 dólares y un reloj de plástico, Saldaño estuvo en Huntsville, en un pabellón de máxima seguridad. Luego, en marzo de 2000, pasó a un régimen de fuerte aislamiento. Hoy es uno de los 16 extranjeros detenidos en esa polémica prisión. Lleva preso casi 24 de sus 47 años de vida. No está clara la fecha exacta de su llegada al corredor de la muerte.

Volviendo a su vida analógica, la cárcel ni siquiera permite que los presos hablen por teléfono. Todo por cartas (él no le contesta desde hace años a Lidia Guerrero, su mamá) o j-pay, que traduce los mails a un formulario tipo postal. No tiene visitas sexuales, ni acceso a sitios XXX, tampoco a pornografía de papel. Por eso pide revistas de farándula, como People, su preferida, para ver actrices latinas.

Los chismes no necesitan buena señal de wifi. "A veces Saldaño está enterado de quiénes son los recursos que van a llegar a la prisión. 'Este mató a tal y a tal', dice. Igual, no puedo decir que sea simpático o no. No puedo sacar conclusiones con una persona encerrada tanto tiempo de esta manera y en otro país", cierra el cónsul.