Detrás de la moda del ahorro cool

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En este preciso momento hay personas que están echando mano a sus placares y separando lo que se queda de lo que se va. Las prendas exiliadas no

terminarán en una bolsa para donar, mucho menos en la basura. Serán lavadas, planchadas, dobladas y hasta perfumadas para que resulten lo suficientemente tentadoras para alguien más. Lejos de las ferias americanas tradicionales donde los canastos invitaban a sumergirse para revolver, hay cada vez más negocios que ofrecen la compra-venta de ropa, calzado y accesorios usados de primerísimas marcas nacionales e internacionales y que cambiaron el olor a naftalina por deliciosos aromatizadores.

En un contexto de crisis económica y de disminución en la demanda de ropa que viene afectando a la producción nacional –retraída un 12,8% interanual en agosto y con un acumulado de 15 meses consecutivos de caída, según datos del INDEC-, la compra venta de marcas de lujo apunta a un sistema “win-win”, donde alguien gana vendiendo lo que ya no usa y otro gana comprando más barato.

Moda sustentable, moda vintage, prendas customizadas, curaduría de ropa. Nuevos modos de nombrar al “ahorro cool”.

Ferias de luxe. Andrea González Latella es una de las dueñas de L’Académie, un local donde hay desde productos Hermès, Chanel y Louis Vuitton hasta GAP. “El objetivo es poder comprar y vender ropa de primerísima marca a un precio mucho más accesible. Hay gente que entra al local y piensa que es toda ropa nueva. De aquí se pueden llevar algo a lo que no accederían de otro modo y también variar, porque hay muchos que venden y compran para ir cambiando su vestidor”, dice.

Lorena (42) es encargada en una firma mayorista de golosinas y cigarrillos y hace cuatro años que vende su ropa. Al principio le costó desprenderse de sus prendas pero pronto le tomó el gusto. “Ahora hago limpieza todos los meses y dejo cosas para vender”. La mayoría de los comercios de este tipo acuerdan un valor con quien lleva las prendas, toman esos artículos en consignación y pagan cuando venden. Lorena lleva vestidos de fiesta, ropa traída de viajes o prendas en excelente estado que ya no le entran a su hijo, incluso algunas con etiqueta porque nunca fueron usadas. “Paso por el local cada cuatro meses a cobrar y te digo que me hago de un aguinaldo”.

En 2013, Alicia Mansour abrió las puertas de Cocó et Capel, un local en la galería Promenade lindante con el Alvear Palace Hotel, donde tiene modelos Gucci de los ‘70, Chanel de los ‘60, Hermès de los ‘50, Versace de los ‘90 y también cosas nuevas. “Nunca lo pensé como feria americana porque conozco los vintage de lujo de Europa e imaginé ese mismo estilo aunque en miniatura”. La movida arrancó gracias a la idea de su hija Gala que la animó a vender todo lo que ella venía acumulando durante años y ya no usaba. Funcionó tan bien que luego su hija abrió otro local, Studio 54, en la misma galería donde compran y venden vestidos de fiesta de Valentino, Carolina Herrera, Oscar de la Renta o marcas nacionales como Ménage à Trois, Jorge Ibáñez y Gabriel Lage.“Me encanta la ropa vintage, me parece algo mucho más divertido que vender en un negocio donde todas las camisas son iguales. Es un mundo muy mágico”.

Crisis y más.Susana Saulquin, directora de la carrera Sociología del Diseño, piensa que a nivel mundial hay un cambio de ideología hacia la sustentabilidad. “Hay una tendencia a la recuperación sostenible de los productos, cierta ética de ser respetuosos con lo que tenemos. Usar y tirar y la producción acelerada son prácticas que van quedando en desuso”, asegura. Celeste Moses, al frente de Boycapel Vintage, argumenta que ésta es una manera de extender el ciclo de vida de los artículos de lujo y es un pequeño aporte disminuyendo el impacto en el medio ambiente. “Creemos en la moda sustentable y apoyamos una economía circular. Nuestro compromiso es ofrecer piezas de calidad que merezcan más de una vida”. Su clientela se divide entre quienes buscan vintage y quienes van por las últimas colecciones. “Pero todos quieren algo que no tenga nadie, porque entrar a la tienda es como sumergirse en la búsqueda del tesoro”.

Sol Canoza (37) tiene un emprendimiento de viandas vegetarianas y hace un año que viste a su familia con ropa usada que compra en Mi Roperito, un salón de 100 metros cuadrados donde se vende ropa usada, nueva y remanentes de grandes diseñadores. “De este modo le damos un nuevo uso a la ropa. Además, las marcas de afuera son casi inaccesibles y acá las encontrás a un precio similar a lo que cuestan hoy las nacionales. La verdad que hacía años que no podía comprarme ropa de marca y ahora me visto mejor que antes. Si una remera en un shopping sale 3 mil pesos, yo la consigo por 1.100 y me hacen un 20 por ciento de descuento si pago en efectivo”.

Económico y ecológico. Hace cuatro años que Romina Girbino montó Mi Roperito: “Con la crisis que hay en el país, lo que antes era un prejuicio, ahora es una opción y, para muchas, es la única opción. Además es una forma de hacer una energía circular, reciclar y entregar ropa para poder comprarte otra cosa. Es la posibilidad de tener algo nuevo y de marca o algo de primerísima marca usado pero en excelentes condiciones y a precios súper accesibles”. El modelo de negocio creció tanto que Girbino está armando franquicias. En momentos de vacas flacas hay más gente ofreciendo ropa. “Lo que tenés en tu casa sin darle uso se convierte en un recurso para juntar unos pesos y comprarte otra ropa o comprarte comida”.

Patricia (46), trabaja en una empresa de software y es una proveedora premium de Mi Roperito pero ella nunca se lleva el dinero de lo que vende sino que vuelve a reinvertirlo comprando otras prendas del local. “La primera vez fui por curiosidad, porque me gustó la onda de que la ropa tenga una segunda oportunidad. Al principio me costaba desprenderme, por ejemplo, de vestidos que me había costado mucho encontrar, pero ahora prefiero venderlo a tenerlo colgado. Ya no compro tantas prendas nuevas porque acá encuentro cosas en muy buen estado y a un 50 o 70 por ciento menos que en un shopping”.

Alex (55) trabaja en el campo y es clienta de L´Académie. “Me gusta porque hay muchas marcas internacionales que son inaccesibles y hoy no están en mi presupuesto, nunca iría a comprar un vestido Gucci de primera mano, pero acá lo tenés más antiguo y te sale lo que vale algo bueno de una marca argentina. Además es importante la experiencia, porque entrás ahí y vas descubriendo tesoros escondidos, es como la cuevita de Alí Babá, es la diversión de mirar y encontrar algo que te encanta”, explica. Para González Latella, este es un segmento que no está tan afectado por los problemas económicos porque “si bien la gente se controla un poco más, hasta en la Segunda Guerra Mundial se vendían medias de nylon y lápices labiales porque las personas quieren darse un gusto. Además comparado con cualquier shopping, nosotros estamos muy convenientes”.

Hasta en “Corte y Confección” (Canal 13) compran ropa vintage en el Ejército de Salvación y hacen desafíos entre los participantes que deben remodelar esa ropa. El diseñador Benito Fernández, uno de los integrantes del programa, celebra que la Argentina esté dándole lugar a una tendencia que en Europa lleva tres décadas. “Para nosotros lo vintage se pegaba a que era un recurso que tenías para abaratar costos. Por suerte, estamos perdiendo ese prejuicio y ese miedo que nos paraliza siempre y que no nos deja ser creativos. A mí me gusta más que se pongan una pollera mía con un top de la abuela a que se la pongan con un top mío, me parece que le da más onda y es más canchero. Hoy la moda se trata de eso, de mezclar lo antiguo con lo moderno, el día y la noche, el invierno con el verano”.

Factor Kondo. El fenómeno está atravesado por otros conceptos con buena prensa: el consumo responsable, la sustentabilidad, la conciencia ecológica y la no acumulación. En ese sentido, el método de Marie Kondo (popularizado con su serie en Netflix, “A ordenar con Marie Kondo”), propagó el visto bueno al hábito de tener solo lo que se usa y deshacerse de lo que no. Susana Saulquin apunta que, cuando salen al mercado por segunda vez las prendas, el ahorro no es solo en dinero sino también en tiempo, en productos y en recursos para la producción. “Esta es una nueva organización de consumo. Las ferias americanas de hace 30 años no tenían peso porque no tenían aura. Estas, en cambio, están atravesadas con el prestigio de lo sostenible. A medida que usar y tirar esté desprestigiado, va a tener más prestigio lo usado”.

La sustentabilidad pasa por tres factores: lo económico, lo social y lo ecológico. “Acá están involucradas las tres patas. Me parece que es importante porque de a poco todos estamos concientizándonos de cuidar al planeta y esta es una forma”, afirma Benito Fernández. Mientras tanto, Gonzalez Latella confiesa que a casi ninguna de sus clientas les gusta decir que compran en su local, “lo tienen como un secreto, muy pocas nos arroban en sus redes”. ¿Es prejuicio? Para ella no es tanto por el qué dirán sino por evitar dar el dato de dónde se consiguen prendas únicas: “Si van más personas, piensan que van a tener menos cosas, es más que nada por celos. Igualmente hemos tenido un par que compraron en el local y después postearon que se lo habían comprado en París, pero eso es otro tema”.

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Consumo | Foto:Gentileza Boycapel, El Roperito y L’Académie. Shutterstock.

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