El recuerdo de artistas, políticos e intelectuales de aquel momento mágico

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“Sentíamos que teníamos el apto físico para hacerlo, que si nos hubieran hecho el examen, mis hermanos y yo podríamos ser astronautas”. Mauricio Dayub tenía 9 años cuando vio la

llegada a la Luna. Era 20 de julio de 1969 y en el living de su casa, en Paraná, Entre Ríos, había un televisor. Otros miles de argentinos no la vieron. Por suerte, la radio vivía su auge en un país cruzado por el pesado aire sesentoso, entre la dictadura de Onganía, el Cordobazo, la Guerra Fría y esos intensos brotes rockeros que irrumpieron en la clásica instantánea familiar argentina. Dayub lo recuerda con el cuerpo: “Sentimos la pisada en la Luna como cuando creíamos que haciendo fuerza podíamos lograr el knock out en una pela. O el gol desde un corner”.

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El arco, entonces, era la Luna, un imposible. “Pero no en los sueños”, reflexionó la cantante Patricia Sosa. “Me acuerdo que estábamos en mi casa, en Barracas, con mi mamá, mi papá y mis hermanos, que eran muy chicos porque yo soy la mayor. Tenía 12 años. Lo miramos y no lo podíamos creer. Mi mamá lloraba y mi papá gritaba ‘¡qué grandioso, qué grandioso!’ Y yo miraba embelesada... no podía creer que pisaran la Luna: implicaba cambiar una imagen; o sea, mi Luna de los sueños por un lugar que se podía, en efecto, caminar”, contó.

Juan Alberto Mateyko podría haber sido la voz en la radio, pero estaba recién recibido de locutor y cortaba cables para el informativo de radio Belgrano, donde hacía muy poco había empezado a trabajar. Tenía 19: “Fue una emoción que es difícil de describir. Pensábamos, no sé, que era mentira, que era un sueño. Más en esa época, aunque quizás hoy lo tomaríamos igual… hablar de que el hombre llegó a la Luna y plantó la bandera”.

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Hablar del 69 lo retrotrae a otras sensaciones: “Pienso en los locutores que admiraba, desde Cacho Fontana, que estaba en radio Rivadavia, hasta Hugo Guerrero Marthineitz o Edgardo Suárez. Y los músicos: obviamente los Beatles, pero también el brasileño Wilson Simonal, y los lugares de entonces, a los que yo no podía acceder porque eran para gente adinerada, como La Fusa o Mau Mau. Asocio la llegada a la Luna a todas estas cosas”.

¿Y cómo se sintió ese 20 de julio un futuro científico como Diego Golombek? “Sólo tenía 4 años, pero cómo olvidar la reunión familiar, con los ojos a media asta porque era tarde en la noche, y la tele en blanco y negro, con rayitas, y todos mirando hipnotizados, incluyendo un hermano mayor que ya andaba inventando tubos y espejos para mirar las estrellas y los planetas. Sospecho que no sabía bien de qué se trataba, pero sí, sin duda, que era algo que estaba cambiando nuestras vidas para siempre”, resumió.

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A ese aire de época hay que sumarle la Guerra Fría. “Yo creo que mis abuelos se murieron creyendo que todo había sido un montaje, que los estadounidenses no habían llegado a la Luna y que todo había sido inventado en el marco de la carrera contra la Unión Soviética”, contó Graciela Ocaña, diputada nacional del PRO. Entonces tenía 8 años y vivía con sus abuelos en San Justo, donde sí había televisión. “No recuerdo mucho cómo fue el día después. ¿Estaríamos de vacaciones de invierno en la escuela? Lo que sé es que simplemente no se hablaba de otra cosa”.

Por eso Graciela Camaño -ahora diputada del Frente Renovador, pero entonces una nena terminando la Primaria- miraba la Luna por la ventana. Lo hacía creyendo que podría divisarlos: “¡Era tan ingenua que creía que los podría ver! Esa noche fue estar mirando la Luna constantemente. Pensábamos que se iban a quedar varios días. Tele no tenía, así que era tratar de entender todo por la radio”.

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El alunizaje transportaba a infinitos mundos paralelos para los chicos: miles de líneas de sentido cruzadas en ese gran paso para la humanidad. Así lo sintió Camaño en su casa en Malvinas Argentinas: “Yo leía revistas de misterios que le gustaban a mi hermano… así que es es fácil imaginar el nivel de excitación. Lo recuerdo como un momento fabuloso.”.

Las mismas palabras usó el humorista Fernando Sendra para contar su vivencia, sólo que él estaba de vacaciones en San Martín de los Andes (Neuquén), sólo que tenía 19, sólo que se la perdió porque no había tele. Pero imágenes no le faltaron: “Estábamos muy conmovidos en una especie de cabaña que alquilamos. Lo primero que recuerdo es el contraste de que el dueño de casa tenía una especie de huevo de dinosaurio de adorno en el living, y yo pensaba que escuchaba el futuro y miraba el pasado al mismo tiempo. Fue totalmente disruptivo”.

“En realidad, el viaje a la Luna había sido algo mítico toda mi infancia. De repente se volvió real”, recordó Sendra. Pero no circunscribe su relato a ese día sino que ese día importa como un cierre de la década: “Con mis amigos hablábamos de tres cosas básicamente: el caso Penjerek (la desaparición de una estudiante que tuvo gran repercusión en los medios, en 1962), la llegada a la Argentina de Coccinelle (célebre actriz, vedette y cantante transexual francesa) y el año 2000, que sin dudas iba a ser el fin del mundo. Bueno, la llegada del hombre a la Luna era lo más parecido al fin del mundo. De un momento para el otro, valía todo. O sea que las cosas que se venían preanunciando podían ocurrir. Esperanzador y peligroso a la vez”.

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