Lo dieron por muerto y 30 años después habla por el honor de la verdadera víctima

Sociedad
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Agustín Corvera (47) dormía en el banco de cemento de la Comisaría 9 de Rosario. No lo sabía, ni lo soñaba como una pesadilla, pero en Boedo y Parque Chacabuco lo

estaban llorando. El cura de la Parroquia Santa Isabel de Hungría organizó una misa de cuerpo no presente, para empezar a despedirlo. Fueron sus amigos del colegio, los de su grupo de boy scouts, los de la canchita del barrio donde jugaba todos los días. Ya se habían comprado dos coronas para su velatorio.

“En la radio están diciendo que estás muerto”, le dijo su amigo El Ruso, que lo despertó, desesperado. Agustín creyó que lo estaría cargando. Se lo tomó en serio cuando se acercó a la entrada de la celda y escuchó: “Está confirmado que el muerto en los incidentes de Rosario es hincha de San Lorenzo y se llama Agustín Corvera”.

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Ahí se sacó. “¡Cabo, agente, oficial, yo soy el muerto!”, les gritaba. En un principio, los policías no le creyeron. Le tomaron declaración y le dieron el derecho a una llamada. Como en su casa no había teléfono, marcó los números de sus vecinos y familiares. Nadie atendió. Estaban todos en la puerta de su casa, acompañando a su padre. Así, sus papás y un amigo se subieron a un auto y arrancaron hacia Rosario. Los hombres sabían la noticia, o mejor dicho la falsa noticia. La mujer, no. Apenas le habían dicho que Agustín estaba herido. Por esa razón apagaron la radio del estéreo, y no escucharon la desmentida.

Aquel domingo, 10 de abril de 1988, Agustín, que tenía 17 años, había llegado a la sede de Rosario Central en uno de los tres micros que habían partido desde Boedo. La caravana también incluyó combis y autos. La gente de Rosario Central los esperó con un asado. El plan era comer, pasar un momento juntos y luego caminar hasta la cancha, donde San Lorenzo enfrentaría a Newell’s.

Agustín Corvera hoy. En 1988, cuando tenía 17 años, lo dieron por muerto. (Rolando Andrade)

Agustín Corvera hoy. En 1988, cuando tenía 17 años, lo dieron por muerto. (Rolando Andrade)

En un momento, Agustín caminó hasta la parrilla para pedir un choripán Había dejado su buzo en una silla. Y en ese buzo estaban sus documentos. Antes de que saliera su pedido, apareció un camión con hinchas de Newell’s. Bajaron tirando piedras. Los de San Lorenzo y Central respondieron y salieron a pelear. En lo que sería el primer round del combate, San Lorenzo y Central se habrían quedado con las banderas y bombos del rival. Pero a los minutos, volvieron. Y con la Policía.

“Recuerdo a policías de rodilla al piso disparándonos. Los de Newell’s estaban detrás, tirando piedras”, dice Corvera ahora, sábado a la mañana en la casa de un amigo que también estuvo en Rosario. Agustín se enteraría después: alguien había agarrado su buzo para hacerle los primeros auxilios a Marcelo Burgos (17), que acababa de recibir un proyectil de 9 milímetros. Con ese buzo lo subieron a la ambulancia, donde fallecería. El único documento que le encontraron era el de Agustín, que estaban en su buzo. De ahí la confusión: la Policía informó que el muerto, que era Marcelo Burgos, se llamaba Agustín Corvera. Tenían la misma edad.

La noticia llegó rápidamente a los medios. La Policía terminaría deteniendo a más de 150 hinchas de San Lorenzo. Entre ellos estaba Agustín. Los hinchas no fueron los únicos del otro lado de la reja. Cuatro policías quedaron demorados por el homicidio, y fueron indagados durante la semana. En la edición de Clarín del miércoles siguiente, dos testigos hinchas de San Lorenzo contaron su versión y señalaron a los policías del móvil 629 como los responsables de las balas que terminaron matando a Burgos.

Al día siguiente, ni bien llegaron a su casa de Tejedor y Riglos, Parque Chacabuco, Agustín fue entrevistado por dos noticieros y tres diarios. “Papá viajó creyendo que yo estaba muerto”, fue el título de la entrevista de Clarín a Agustín. La noticia ocupó dos páginas y fue tapa: “El hincha a quien se dio por muerto durante dos horas”, fue la apertura, acompañada de una foto de Agustín y sus padres. Dentro del diario, María, su mamá, contó: “Me habían dicho que estaba lastimado, pero esperaba lo peor. Fue una experiencia terrible, amarga, el trayecto parecía una carrera contra la vida o la muerte, hasta que después llegó el alivio. Ahora creo que los seres humanos somos egoístas, fíjese que ahora hay otra madre que llora a su hijo”, en referencia a la mamá de Burgos.

Agustín con sus padres, en la entrevista con Clarín, después de la odisea de la familia Corvera. (Archivo)

Agustín con sus padres, en la entrevista con Clarín, después de la odisea de la familia Corvera. (Archivo)

Durante el viaje, Lucio, su papá, ya lo había hablado con el amigo que los acompañó: el velatorio sería a cajón cerrado. La mejor noticia de su vida se la darían en la morgue rosarina: “Su hijo está en la comisaría de acá a la vuelta”. Además de dar entrevistas, Agustín firmó autógrafos a vecinos y amigos de su barrio. Debajo de su firma ponía el número 48, que en la quiniela significa “el muerto que habla”.

A partir de ese día sus papás le prohibieron ir a la cancha. Durante un tiempo siguió yendo, pero a escondidas. Más adelante pasó a solo ir a los partidos de Buenos Aires. Después, a los de local, hasta llegar a ir a uno por mes. Y por último, a los partidos más importantes. Ahora hace cinco años que no va. “Después del viaje a Rosario empecé a cuidarme más. Dejé de ir con los micros, buscaba subirme a algún auto o viajar por mi cuenta en tren o colectivo”, dice.

Después de la odisea de Rosario, sus padres le prohibieron ir a la cancha (Rolando Andrade)

Después de la odisea de Rosario, sus padres le prohibieron ir a la cancha (Rolando Andrade)

Su primera carrera fue Ingeniería Electrónica, que no terminó. Se recibió de Economía Social y Solidaria, y hoy cursa el Profesorado en Biología. Trabaja como tallerista del Programa Envión y como docente de cursos dictados por el Municipio de Merlo, donde vive. Pero volviendo al día que lo dieron por muerto, coincide con lo que su madre había dicho hace 30 años: “No fue una alegría completa porque una familia perdió un hijo. Así como de este lado había una familia feliz, del otro lado había una triste”. Y concluye: “Fue un claro caso de gatillo fácil. La familia Burgos escuchó una versión policial que decía que yo dije que Marcelo me había robado el buzo. Claro, a la cana le convenía instalar eso ante la opinión pública: que había muerto ‘un chorrito’. La familia quedó destrozada. Le dolió. Pero decidí volver a contar la historia para aclararlo otra vez: Marcelo no me robó nada. Si lo tenía encima es porque otros hinchas lo agarraron para hacerle curaciones y taparle la herida hasta la llegada de la ambulancia. Que quede bien claro”.