Hipótesis de biblistas que no tocan el meollo de la creencia

Sociedad
Lectura

Los evangelios no constituyen un libro de historia, ni un compendio de crónicas periodísticas, sino una enseñanza de fe, aclaran los biblistas. Con ello desestiman los cuestionamientos a inexactitudes o contradicciones

en las que incurren los evangelistas en cuestiones que no afectan lo estrictamente religioso. Por eso, si quienes fueron crucificados junto a Jesús eran ladrones o parte de sus seguidores no cambia el sentido de su pasión, muerte y resurrección, centro de su credo.

Sin embargo, ciertos sectores de la Iglesia católica no suelen mostrarse felices con la difusión popular de las investigaciones bíblicas. No porque vayan a cambiar postulados de fe, sino porque pueden “confundir” al feligrés poco cultivado. Esta posición hunde sus raíces en siglos en los que la institución cuidaba celosamente su papel de intérprete de los textos sagrados y no alentaba a los fieles a leer la Biblia por su cuenta.

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Esta fue la razón principal por la que los fieles de las iglesias evangélicas conocen más las Sagradas Escrituras que muchos católicos. Con todo, a partir del Concilio Vaticano II, a mediados de los ’60, la Iglesia católica comenzó a promover su lectura, tendencia que se fue profundizando con los años. Además, con la llegada de Francisco al papado, El Vaticano se mostró menos controlador de la difusión estos estudios bíblicos.

El problema de fondo es que los estudios bíblicos avanzaron y muchos fieles se quedaron con la formación tradicional. Lo cual se percibe en el conocimiento elemental que evidencian tener muchos católicos sobre las Sagradas Escrituras. Aquí hay una responsabilidad entre algunos miembros del clero que no acercan a la gente los nuevos estudios bíblicos y fieles que no se preocupan por formarse.

Ahora bien: los estudios de los biblistas tienen su importancia porque permiten una mejor aproximación a los relatos evangélicos en cuanto a su contexto y circunstancias. Claro que a lo largo de la historia hubo diversas visiones académicas en torno al “Jesús histórico” y el “Cristo de la fe”. Monseñor Luis Rivas, destacado biblista argentino, dijo hace unos años que “hay tres etapas en la investigación sobre los problemas históricos referentes a Jesús”.

Afirma que “la primera se ubica en los siglos XVIII-XIX cuando el racionalismo rechazó lo que los Evangelios refieren sobre los hechos de Jesús, el ‘Cristo de la fe’ creado por la Iglesia, y buscó un ‘Jesús histórico’ que estaba oculto bajo ese manto. En el siglo XX se presentó una segunda etapa: los Evangelios fueron escritos desde la fe en Jesucristo, y los hechos relatados en ellos carecen de valor histórico. Pero se encuentran elementos históricos en las palabras puestas en boca de Jesús.

“Hacia finales del siglo XX –completa- se abrió paso una tercera etapa. Situando a Jesús dentro de los parámetros del judaísmo de su tiempo, se pregunta por lo que significó su predicación y su actuación para sus contemporáneos. Algunas de las conclusiones pueden ser aceptables para los creyentes, pero otras no tanto”. Y concluye: “Los autores de los Evangelios tomaron datos de la historia de Jesús y los narraron de manera que los lectores supieran quién es el Cristo de la fe: no hay un ‘Jesús histórico’ y un Cristo de la fe`’, sino que es uno y el mismo”. Los fieles deberían alegrarse, pues, por las nuevas hipótesis de los biblistas, que por otra parte no tocan el meollo de su creencia.