El rol de niñero no es para las Fuerzas Armadas

Sociedad
Lectura

Mi escuela primaria se llamaba Teniente General Pablo Riccheri, el ministro de Guerra de Julio Argentino Roca. Crecí escuchando que este hombre había creado el Servicio Militar Obligatorio como una manera

–decían– de forjar ciudadanos comprometidos con los valores patrióticos. También, para alfabetizar a aquellos que venían de sectores relegados y enseñar el castellano a los extranjeros o a sus hijos. Es curioso: uno siempre siente orgullo por su escuela primaria y parecía normal que nos gustara esa imagen de Riccheri hacedor de hombres argentinos. A la vez –dicotomías a las que el país nos acostumbra– vivíamos rodeados, ya de chicos, de esa imagen de que lo mejor que nos podía pasar era “salvarnos” de la colimba.

Yo había escuchado muchas historias de mi papá. El recordaba la época con afecto –se supo juntar con sus compañeros del servicio durante varias décadas– pero todas las anécdotas que nos contaba aparecían revestidas de un gesto de injusticia. Había que pasar desapercibido, jamás ser proactivo, y tener en claro la ley del gallinero. Quizás los pequeños vericuetos que ayudaban a zafar generaban un ambiente risueño que hacían olvidar el fondo.

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Yo también recuerdo el día de mi sorteo. Cursaba el primer año de la facultad y mi abuelo estaba internado. Llevé la radio conmigo y –no vale mentir– me sentí aliviado con el número bajo. Empezaba con 0, sin dudas no lo iba a hacer. No era sólo el año sin rumbo, era una serie de temores casi atávicos. El servicio militar, para un estudiante de sectores medios, profesionales, pasaba por el lugar de una cierta venganza de clase: los suboficiales y algún oficial nos iba a hacer sentir que la vida no resultaba tan sencilla como creíamos. Y para los no católicos, más aún a menudo.

La tortura y muerte del soldado Omar Carrasco –y su ocultamiento– le hizo ver a ese animal político que era Menem una oportunidad de quitar una mochila a gran parte de la población. Hubo algunas críticas y siempre resurgen nostálgicos (si no les roza a ellos, claro). Susana Giménez, por ejemplo, hace unos años sugirió que se restableciera el servicio militar como manera de luchar contra el paco y la inseguridad. Se olvidaba de que el militar de carrera, serio, por vocación tiene como tarea defender la Nación, no ser niñero de adultos.