Distintas formas de aprender el valor del dinero

Sociedad
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No se trata de más o menos plata sino de entender, visceralmente, cuánto cuesta ganarla. Por eso hay padres billonarios que le dejan poca herencia a sus hijos –Bill Gates, por

ejemplo, asegura que les dejará una “minúscula porción” de su fortuna– y por algo parecido Mao justificaba el envío de 17 millones de estudiantes supuestamente privilegiados a trabajar a aldeas remotas. Equivocados o no, autoritarios o no la idea es simple: quien recibe algo sin esmerarse no sabe valorarlo.

En la Argentina esta idea genera cierto prurito. Hay una arcaica tradición de que las herencias se transmiten de padres a hijos, cuanto mucho se ralentiza la entrega del dinero: no antes de que los padres mueran, no antes de que logres un título, no antes de que demuestres saber qué es el esfuerzo. Y se suele pensar ese esfuerzo como algo ligado al estudio no al trabajo manual. Por eso acá era raro –recién empieza a cambiar– que un chico de familia burguesa trabaje de mozo en un restaurante para hacerse unos pesos para las vacaciones. La idea era la de antes: si se empeña, le corresponde el dinero. Si no, no merece esas vacaciones.

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Pero entender qué es vivir con un sueldo básico pasa por otro lado. Son muchas horas por día, más el viaje, para llegar a fin de mes con un sueldo que igual no alcanza. Eso es algo que deja huella y que en los sectores acomodados los chicos no tienen cómo entenderlo. El debate viene de lejos. Algunos militantes de los 70 se mudaban a barrios obreros y a trabajar a fábricas para vivir –decían– como aquellos por quienes luchaban y no ser vanguardia. Bien o mal intencionados, eso no dejaba de ser una aventura.

Creo que en la Argentina tenemos que perderle el miedo a que unos se mezclen con otros. Mis hijos aún son chicos pero siempre bromeo –¿bromeo?– con ellos sobre una buena idea: que a partir de los 16 trabajen durante los veranos. Creo que me gustaría y que les abriría muchas puertas. Yo lo hice a partir de los 17 aunque es cierto que detrás de un escritorio. Igual sirve. Lo importantes es entender que el colchón de rosas no existe, que nos va a tocar luchar, que ese va a ser nuestro capital. Entonces, a no desesperar en el intento.

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