Alterados por el Boca-River: el partido que cambia la agenda de vuelos, fiestas y bautismos

Sociedad
Lectura

Cuando sea sábado a la tarde, Alejandro va a persignarse. Vanesa, la mujer con la que este miércoles se casó en el registro civil y que va a estar al lado

suyo en el altar de una iglesia de Retiro, va a persignarse. Ariel, uno de los hermanos de Alejandro, también va a persignarse. Una, dos, tres, cuatro, cinco señales de la cruz entre la frente y el pecho. No cumplirá el ritual en la iglesia de Retiro sino a unas sesenta cuadras de donde su hermano esté en plena consagración religiosa de su matrimonio: durante el casamiento de su hermano, Ariel estará en La Bombonera.

"No creas que la estoy pasando bien. Tengo un nudo en el estómago", advierte Ariel, que tiene 45 años. Y desparrama sus argumentos: "Pero tengo que estar en la cancha. Siento que tengo que estar en la cancha alentando. Estos son dos partidos únicos, y tal vez no se repitan nunca más en la historia. Así que en ningún momento pensé en ir a la iglesia en el horario del partido. Ojalá llegue a saludar a la puerta, y si no, iremos directo a la fiesta", dice.

Gonzalo cambió un pasaje y Gastón vendió su entrada para ver a Roger Waters.

Gonzalo cambió un pasaje y Gastón vendió su entrada para ver a Roger Waters.

Cuando salgan de la cancha, Ariel, su esposa y su hermano mellizo -que tampoco van a persignarse en la iglesia junto a Alejandro y Vanesa- cambiarán musculosa azul y oro por traje, corbata, vestido y zapatos. Si Boca va ganando 4 a 0 existe la posibilidad -"existe la posibilidad" es un pronóstico textual de Ariel- de que los hermanos se vayan de La Bombonera cinco minutos antes de que el partido termine para que aumenten las chances de que encontrar un taxi que les apure un poco el trámite. Pero sin esos cuatro goles de ventaja, los hermanos esperarán hasta el final del partido. Dice Ariel que Alejandro entiende. Que es otro enfermo del fútbol. Que si no estuviera justo en su propio casamiento, estaría en la platea de Boca.

Los planes de esta familia no son los únicos que cambiaron, apenas el cruce inédito de Boca y River en la Final de la Copa Libertadores definió su fecha y su hora, en medio de idas y venidas que incluían variables como operativos de seguridad, festividades religiosas y el prime-time de la televisión europea. A millones de hinchas de los dos equipos les creció un compromiso inamovible en la agenda a la altura de los sábados 10 y 24 de noviembre. A millones de personas que tienen otros colores en la camiseta y en el corazón pero que no van a estar en ningún otro lugar que no sea delante de un televisor, también.

Gastón es otro de los que no dudó un instante. Cuando la primera semifinal se confirmó para este sábado, agarró su celular, sacó una foto de la entrada que había pagado 2.000 pesos para ver a Roger Waters en el Estadio Único de La Plata y la subió a Instagram como quien le cuelga un cartel que dice "Se vende" a un balcón. "Hay ciertas prioridades irracionales que uno respeta. Yo no iba a estar en medio del concierto sin saber qué estaba pasando con River. Sin poder mirar el partido y todo lo que pase después, así que no lo dudé porque mi cabeza está ahí", cuenta.

No sabe dónde va a mirar el partido: sus amigos quieren ir a un bar pero prefiere que nadie grite un posible gol de Boca cerca suyo. Supone que lo mejor va a ser encerrarse en su habitación y que nadie lo vea transitar los primeros noventa minutos de la serie que define quién será el campeón americano, y, sobre todo, qué hinchada podrá recordarle esa victoria por siempre a su histórico rival. "La entrada de Waters la vendí: me dieron 1.500 pesos, pero no importa", dice Gastón, que es publicista y tiene 23 años. Los 500 pesos que perdió son bastante menos que los 4.000 que tuvo que poner Gonzalo, el amigo con el que va siempre a la cancha de River, para cambiar el vuelo que lo llevará a hacer una pasantía a Andorra: viajaba el sábado 24, pero postergó el pasaje para el domingo.

"Mirá, Camila, suspendé", le dijo Martina a su hermana cuando se supo que el primer Boca - River era este sábado. Hablaba del bautismo de Trinidad, hija de Camila y futura ahijada de Martina. "Pero es un partido de fútbol", intentó Camila. "Esto es un hecho mundial", respondió Martina, y no hubo mucho más que su hermana pudiera hacer para reflotar el bautismo de su beba de seis meses. Hubo que suspender la ceremonia religiosa y la reunión familiar y de amigos, hubo que encargar nuevas estampitas que darán cuenta de que Trinidad fue bautizada el 8 de diciembre y no el 10 de noviembre.

Martina y su marido el día que se casaron.

Martina y su marido el día que se casaron.

"Nos conoce, sabe cómo somos, y aunque le dio fiaca, no se ofendió", cuenta Martina, que tiene 28 años y pasará la tarde del sábado en la cancha de Boca con su papá y su marido. Su hermano, también hincha xeneize, participó del operativo para disuadir a Camila de bautizar a su hija este sábado: "Le mandaba videos de hinchas de Boca reaccionando a que jugamos la final con River", explica Martina. "Si mi hermana me hubiera dicho 'no te hablo más', bueno, habría ido. Pero ése tendría que haber sido el nivel de amenaza", bromea la futura madrina. Se casó hace seis meses. Y hace pocos días sintió un escalofrío con retroactividad: si el partido se hubiera jugado el día de su casamiento, cree, habría pensado en suspenderlo.

Guillermo y María se casan este sábado en Luján. Cuando Boca y River estén jugando los primeros cuarenta y cinco de los ciento ochenta de la serie, la ceremonia en la capilla de la estancia en la que harán la fiesta estará recién empezada. Los amigos del novio preguntaron -Guillermo espera que en broma- si se podían gritar goles durante el oficio religioso. "Pensé en poner pantallas pero después decidimos que no. Que quien lo quiera mirar, podrá espiar en el celular. Incluso yo voy a preguntar cómo va", dice Guillermo, 34 años, abonado a la Belgrano media del Monumental.

"Pero mi casamiento es más importante. Me mentalicé con eso desde que se supo la fecha de los partidos. Tuve que madurar en pocos días lo que no había madurado en toda mi vida", reflexiona. Habla, también, de que no cambió el pasaje para irse de luna de miel a Estados Unidos y Jamaica que había sacado con premeditación y alevosía en mayo, cuando el partido final de la Libertadores se jugaba el 28 de noviembre. Ese pasaje lo devolverá a Buenos Aires el martes 27, cuando la Copa ya sea de River o de Boca. "Mi casamiento es más importante", repite, como un mantra.

Cualquier parecido entre estas historias y el video que se viralizó por estos días, en el que un hombre conversa con su pareja en el auto y se mortifica por haberle recomendado a un amigo que no se casara durante el Mundial sino en noviembre, en el que dice "pobre la gente a la que su evento le cae justo el día del partido", no es pura coincidencia. Es que el video conoce los bueyes con los que ara: hinchas que dicen, "señores, dejo todo, me voy a ver a...". Y se ponen la camiseta y que el mundo vuelva a empezar dos horas después.