Íbamos a ser "amigas para siempre". No fue así: nunca nos peleamos pero crecimos de manera diferente

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En una cómoda en la entrada de mi casa tengo un altar de cosas muy disímiles. Más para saciar alguno de mis tantos TOCs que por convicción religiosa, con los años

me fui haciendo adepta a unos cuantos santos paganos: Santa Gilda y el Gauchito Gil están rodeados de objetos como un llavero-linterna de Darth Vader que se me rompió hace un tiempo y se fue quedando ahí hasta autocanonizarse; una foto mía de bebé, aferrada a una lata de cerveza, en brazos de mis papás; una foto de Evita. Una de las primeras incorporaciones (incluso antes del Vader) fue una estampita que me regaló Maca algunos días-del-amigo atrás, de una foto de “nosotras cinco”.

Maca fue mi primer amiga en el colegio secundario. Nos conocimos un año antes y el primer día de clases ya nos sentamos juntas. En el banco de al lado nuestro estaba Delfi y en seguida fuimos tres. Yo tenía doce años; ellas trece. Ellas eran de Capital; yo venía del sur. Ellas dos eran rubias; yo en ese momento, morocha. Así que, para no sentirme minoría, a las pocas semanas incorporamos a Flor y a Vera y ahí pasamos a ser, para siempre, nosotras cinco.

En Mar Azul. Fue allí el último encuentro entre un grupo de amigas -tres en la foto, cinco en el viaje- que ya no son lo que fueron.

En Mar Azul. Fue allí el último encuentro entre un grupo de amigas -tres en la foto, cinco en el viaje- que ya no son lo que fueron.

En segundo año decidimos llevar un diario íntimo grupal: cada una lo guardaba una semana en su mochila y de vez en cuando escribíamos cosas que casi siempre tenían que ver con cuánto nos atraían nuestros compañeros, qué profesiones iba a tener cada quien de grande, qué reversiones se nos ocurrían de canciones de Chiquititas o de Rebelde Way, o a veces de Ataque 77 o de Shakira… cualquier idea que nos pareciera trascendental en ese momento.

Como las cinco vivíamos lejos, el secundario era el punto de reunión. A nuestros papás los decepcionaba menos que nos la pasáramos boludeando en la escuela que en cualquier otro lado; así que después de que sonara el timbre a las 12.35hs nos quedábamos todo el turno tarde tiradas en la vereda, o en algún aula desocupada corriendo por encima de los bancos.

Delfi siempre fue la de las dos casas. Sus papás estaban separados y ella vivía la mitad de la semana en Boedo con su mamá y la otra mitad en Boedo-más-lejos, en lo de su papá. Los dos departamentos eran grandes, tenían su buen balcón o su linda terraza, varias habitaciones, mucho living; y aunque nunca encontrábamos en las alacenas las cosas calóricas que queríamos comer, teníamos sin dudas el espacio necesario con dos dueños tan profesional-independientes como para que pudiéramos hacer lo que quisiéramos cuando quisiéramos.

Entonces cuando nos aburríamos del colegio, le invadíamos alguna casa o -¿por qué no?- ambas. Un viernes, por ejemplo, nos disfrazamos en casa-mamá con unos accesorios de carnaval carioca y nos tomamos el 126 así hasta la casa-papá.

En general solíamos desvelarnos. Supongo que las primeras siluetas que vi dibujadas por un amanecer fueron las de ellas cuatro.

Dudo que en ese momento supiéramos lo infantiles que éramos para tener ya catorce años. Cinco pibas fuera de edad, fuera de tiempo, jugando a ser algo que no habíamos llegado a ser juntas: niñas.

Con los cumples de quince el juego cambió. Empezamos a disfrazarnos de adultas, a maquillarnos “bien”, a tomar -y vomitar- lemonchamp, y ver los amaneceres en grupo se convirtió en cosa de todos los domingos. Esa época coincidió con las primeras fiestas del colegio, los primeros cigarrillos en la puerta, y todos esos primeros momentos que no les podíamos contar a nuestros viejos.

Poco tardaron en aparecer los “diciembres”. Yo no me llevaba materias, pero cualquier excusa para pasar tiempo con ellas era válida. Y, por suerte, Maca, Delfi y Vera siempre se llevaban más de una y ahí tenía mi chance de viajar una hora para juntarme con Flor a esperar el resultado de los exámenes.

Cuando terminaba el mes, hubiera o no aprobado, Delfi se llevaba de vacaciones a alguna. También tenía vacaciones-mamá y vacaciones-papá. Y, como era hija única, le gustaba llevarse siempre a alguna de sus falsas hermanas.

En paralelo fueron apareciendo los chapes, los novios y las primeras experiencias que, aunque nos daban tela para cancherear, nos avergonzaba un poquito escribir en nuestro diario grupal. Apareció también el reggaetón, que se volvió fundamental en nuestras vidas diurnas y nocturnas.

Crecíamos y le agarrábamos el gustito a eso de hacernos las grandes.

De la fiesta de egresados me queda una foto olvidable: yo soy Liza Minelli y Delfi me abraza, disfrazada de Sailor Júpiter. Con un brazo la rodeo y con el otro me sostengo el sombrero que se me quiere volar porque en la costanera a la noche el viento es tirano. Y las dos nos quejamos a los gritos del frío que hace aunque a pesar de todo sonreímos; y a pesar de todo nos abrazamos. Como si sólo importara eso: estar juntas en la felicidad. A esa foto le sigue en mi memoria la mañana posterior. Las dos nos derrumbamos, borrachas, en el cordón de la vereda del colegio y, llorando, cantamos “Rinconcito de luz” a todo volumen.

Así despedimos el secundario y nos mudamos al CBC. Cada una se fue por un lado distinto. Flor y Maca se metieron de una en las carreras que querían, pero las demás le pifiamos varias veces. Vera pasó por dos carreras; Delfi y yo por tres.

De a poco nos fuimos mudando de las casas de nuestros papás, a medida que empezamos a entrar en el oscuro mundo de los diversos trabajos, y los fuimos sufriendo uno a uno, juntas.

Delfi fue la primera en dejar sus dos casas en Boedo para comprarse un departamento en Palermo-algo con un millón de “amenities”, que al mes se le inundó por una fuga en la pileta de la terraza.

Celebrábamos ese tipo de fracasos con salidas a la fiesta con la entrada más barata, lo que nos permitía ahorrar para los grandes “bajones” de la mañana, que oscilaban entre pizzas de los negocios 24 horas y medialunas de ayer de algún bar que se apiadara de nosotras.

Empezamos a convivir con el idilio y la toxicidad que tiñeron, sin excepción, los primeros vínculos amorosos de las cinco. Atrás de eso vinieron rapidito las peleas y reconciliaciones familiares, las pérdidas de abuelos y otras vicisitudes del coqueteo con la vida adulta.

Delfi siguió organizando vacaciones cada vez más lejos, siempre acompañada. Yo viajé a otros países, nunca con ellas, pero siempre extrañándolas.

La última vez que vimos juntas un amanecer fue en Mar Azul. En Semana Santa del 2015, Delfi nos llevó en el Delfimóvil a la casa de la abuela de Maca. Nos la pasamos “en cualquiera”: tomando champagne, comiendo pizza fría y fumando; escuchando hasta imitar el audio de Moria Casán. Hicimos una versión acústica de Te siento de Wisin y Yandel y yo grabé casi dos horas de videos breves: nosotras cinco en la playa, nosotras cinco en la casa, nosotras cinco irrumpiendo con música a todo volumen en la hora de la siesta de Mar Azul; nosotras cinco. Registré ese momento todo lo que pude, como si hubiese anticipado lo que venía.

La vuelta nos agarró a todas con ocupaciones: a Vera con ansias de terminar su carrera, a mí con otro viaje largo, a Flor y a Maca con muchas tareas de militancia estudiantil y a Delfi con mucha incomodidad en su ambiente laboral.

El Whatsapp se convirtió en nuestro segundo rincón de luz. De a poco, trasnochar se fue volviendo un lujo. Las reuniones dejaron de ser “previas” para ser cenas y a veces hasta meriendas. Flor empezó a quedarse dormida en el primer sillón que encontrara y Delfi a irse temprano. El reggaetón se trasladó del parlante de un boliche al de la compu de alguna, y empezamos a bailar más mientras preparábamos un té que en fiestas.

A los meses, Delfi nos llamó una noche para avisarnos que un amigo suyo de toda la vida había fallecido en circunstancias poco claras. Sólo entendimos palabras clave: drogas, terraza y un salto al vacío. Intencional o accidental, pero fatal.

Yo en ese momento vivía con Flor y estaba estudiando en pantuflas. Ella vio el mensaje primero, me avisó, nos vestimos y salimos para Palermo. Ahí nos recibió el –entonces reciente– novio de Delfi. Ninguna sabía qué decir. Hicimos las preguntas de rutina pero ella tampoco tenía mucha información y nadie se animó a escarbar en el dolor. Claro que en su casa sólo había comida sana y escasa, así que le saqueamos una bolsa de un kilo de pasas de uva y tratamos de pasar con chistes el mal trago que nadie podía asimilar. Después de un par de horas era Delfi la que se estaba durmiendo en el sillón y todas nos fuimos.

A partir de esa noche, ella mezcló y repartió otra mano. Sus prioridades se reorganizaron: entre su carrera, su trabajo y su pareja le era muy difícil encontrar un momento para vernos.

Empezó a ausentarse de las reuniones con (o incluso sin) excusas. Ya no quería llevar a nadie de vacaciones. Al tiempo nos confesó que estaba cansada de escuchar los mismos reggaetones de siempre y repasar una y otra vez los mismos errores vinculares de las demás. Un capítulo se había terminado para ella, aunque para nosotras no. El “para siempre, nosotras cinco” se estaba difuminando con la necesidad de Delfi de caminar, a paso firme, en dirección a la adultez.

Ese día-del-amigo Maca nos regaló la estampita de las cinco, creo que secretamente resistiéndose a borrar una imagen que ya era pasada. Delfi nunca se llevó la suya.

La última vez que la vi fue hace más de un año en Palermo. Me invitó a mí sola. Yo compré algo dulce y calórico después del trabajo para invadir su salubridad. Jugamos a las amigas una última vez; a tomar el té con dulces y hablar de nuestras vidas. Seguro criticamos a algún compañero del secundario por su profesión actual o nos reímos de alguna anécdota. Yo le habré hablado de mis nuevos proyectos frustrados y ella de los problemas en su trabajo.

Lo que había en el aire era una demanda no dicha, o quizás dos: un pedido de aceptación que no supe escuchar; un ruego de permanencia que ella no pudo leer entre mis chistes innecesarios. Recuerdo que su novio llegó del trabajo y charlamos los tres un rato. Yo hice un breve número de persona divertida antes de tomarme sola el ascensor porque se había hecho tarde. Me abrió el encargado del edificio y me puse rápido las manos en los bolsillos por el frío que hacía.

Nos whatsappeamos alguna que otra vez, más individual que grupalmente. Al mes ella faltó a mi cumpleaños sin escribirme, pero escribiendo un final abierto a nuestros casi quince años de amistad.

Me enteré por terceros que compró un departamento con su novio, que está planeando casarse pronto y que sigue disconforme con su trabajo. No sé qué sabrá ella de mí.

Hoy cada una viaja en su bondi. Ambas disfrazadas de adultas, cada cual a su manera; quizás finalmente adecuándonos a la edad que tenemos.

Hace unas semanas aumentó su actividad en las redes sociales con motivo de la votación por la legalización del aborto. Me pregunto si esa noche nos habremos encontrado sin saberlo entre la gente. Si habremos compartido quizás otra trasnochada. Si habremos gritado otra vez con el viento en la cara, esta vez por un motivo completamente distinto y finalmente trascendental.

Hace poco, durante alguno de mis rituales obsesivos, me detuve otra vez en la estampita que me regaló Maca y me volvió a la cabeza la letra de Chiquititas: Algunos se fueron y otros aquí estamos, cada despedida se lleva un amor, y una nueva herida quedará marcada, desde esta ventana decimos adiós. Y no pude evitar sonreírme como una niña. Y es que de una forma u otra todo se termina, ¿no? ¿o será que todo se transforma?
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Mariel Leite Escobar anhela, en un futuro cercano, presentarse sin vergüenza como “directora de cine y escritora”; e idealmente “viajera frecuente”. Por lo pronto se puede decir que nació en Quilmes en 1991 y vendió su corazón hace años al barrio de Villa Crespo. Egresó de la ENERC (Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica) en 2014 y hoy desarrolla su primer largometraje de ficción, “Lo que queda” (Ganador del Concurso Raymundo Gleyzer Cine de la Base 2017). Cuando la escritura de guiones se vuelve demasiado frustrante, se refugia en la narrativa. Su cuento “Laundry” fue seleccionado por la Bienal de Arte Joven de Buenos Aires para la antología “Raros peinados nuevos”, de Eterna Cadencia, y dio origen a la serie de relatos en la que trabaja hoy sobre su tema preferido: el pasado.