Varios mitos que merecen derrumbarse

Sociedad
Lectura

Irene Levine, psicóloga estadounidense, escribió el libro que nunca se me hubiera ocurrido: “Mejores amigos para siempre. Cómo sobrevivir a la ruptura”. Mi primer acercamiento fue con algo de sorna. Pero

una vez que sobrevolé el prejuicio, entendí que valía abrir la polémica.

Pensemos: en una librería hay decenas de ofertas sobre las crisis de pareja. Sobre los duelos. Acerca de los hijos adolescentes y sus humores. La amistad, en cambio, siempre navega en tonos melosos: algo así como la fuerza única del vínculo, su solidez al evitar los vaivenes propios del amor y del sexo.

Es mentira. La amistad, cierto, ofrece horas magistrales: alguien indeleble, cercano, nos cobija. Pero también tiempos densos cuando -Levine dixit- “se vuelve unilateral, no hay apoyo mutuo y se desgasta”. A veces aparece la deslealtad. Otras, crecimos diferente: cambiamos a lo largo de la vida. ¿Acaso no nos cuesta reconocernos en una foto ya no por más jóvenes, más pelo o más delgados sino por una actitud que dejó de ser nuestra? Eso mismo pasa con (algunos) amigos.

Olvidemos las causas que son pura mala fe: una mentira, un esconder lo que molesta, una llamada engañosa para apaciguar. Ahí no hay disculpas: si no se pudo terminar con honor, cerremos la puerta lo más pronto posible. A otra cosa, pues. Creo, de todas maneras, que lo extremo no es lo más usual.

Tengo amigos de otras épocas: nos vemos quizás una vez cada dos o tres años y me envuelve un afecto vigente aunque ya no ganas de hablar y escuchar: los caminos divergieron hace tiempo. Parecen relaciones aún sanas ya que nadie las defiende a capa y espada. Fueron, y algo queda sin falsos ensoñamientos.

Lo que más cuesta -duele- son esas amistades devaluadas. Temas que no se pueden tocar porque molestan o irritan. Ser amable y transitar lo obvio. Verdades a medias. Ahí es donde el punto final se estira sin sentido. Un espacio que trastocó lo sincero por lo superficial, agota. Defendemos un pasado en vez de atrevernos a cerrar algo que ya no es. Las amistades perduran, se transforman, acaban. Depende. Pero siempre se pueden construir nuevas: es falso que sólo las de la adolescencia tienen potencia.

El termómetro verdadero no es lo vivido sino lo que falta vivir. Y si hay ganas, todavía, de hacerlo juntos.