Wanda al natural y las mujeres caníbales

Sociedad
Lectura

A Hobbes pertenece aquello de “el hombre lobo del hombre”. Para evitar posibles ofensas con el uso del genérico, y salvando todas las distancias, claro, habría que pensar cuál es el

calificativo más indicado para describir a las mujeres que se lanzan a destrozar a sus congéneres a partir de los mismos argumentos que dicen deplorar, a despecho de estos tiempos de sororidad, hermandad femenina y otros tantos valores bien dignos de destacar. Caníbales es una palabra que me viene a la mente, y da la casualidad de que en su versión original ya trae la e incluida, gran ventaja para no correr el riesgo de resultar sectaria o excluyente.

¿Qué dispara esta columna? La increíble reacción desatada por unas fotos de la archimediática -a falta de definición más certera- Wanda Nara en la playa, con su marido y una de sus hijas, al natural. Entendiéndose por al natural no “al desnudo”, vulgarmente denominado “como Dios la trajo al mundo” sino lo que, hoy por hoy, resulta casi más asombroso: sin Photoshop. Y ahí salieron, mujeres de carne y hueso, rotundamente reales, a condenarla sin piedad en el altar de los dioses de la belleza imposible y las medidas imperfectamente perfectas. Lo más notable del caso es que las críticas, feroces, llegaron cuando decide mostrarse como es en vez de perpetuar esa imagen absoluta y cuidadosamente dibujada y editada que solía desparramar por el universo cibernético y aledaños. Aclaración necesaria a esta altura: no tengo ninguna simpatía particular por Wanda Nara; casi más vale todo lo contrario. Me cuesta entender el rango de celebrity al que esta, a veces incomprensible sociedad, la ha encaramado; no entiendo bien de qué habla cuando habla de “su carrera”, me resulta igualmente incomprensible la obsesión- compartida con millones- por mostrar las alternativas escasamente interesantes de su vida, y deploro la exhibición cuasi obscena que hace de sus diversos coleccionables, sean éstos autos de altísima gama, carteras cotizadas en miles y miles de dólares, ropa carísima y de muy dudoso gusto las más de las veces, o jets privados en que se desplaza con su numerosa prole.

El punto es otro, y tiene que ver con la ambigüedad o, dicho de otro modo, la hipocresía en que las propias mujeres parecemos debatirnos, renegando de los estereotipos que durante generaciones y generaciones han encorsetado al género femenino, con sus ideales de belleza, sus 90-60-90, y sus artificialidades de toda laya, pero al mismo tiempo exigiendo su cumplimiento a rajatabla,- con la misma fruición y deleite con que los espectadores azuzaban a las fieras en el circo romano-, esperando detectar unos rollitos, algunos kilos de más, estrías por acá, celulitis por allá, para lanzarse al festín y destrozar a la presa ocasional. Víctimas ellas mismas de la tiránica exigencia social, saltan de bando sin más y se convierten en temibles victimarias.

Si de coherencia se trata, las críticas no deberían apuntar en todo caso al cuerpo real que muestra Wanda Nara o quien fuere, sino al otro, al ficticio que ella o quien sea diseña a medida para “vender” una imagen perfecta, cediendo a la presión de una censora mirada ajena, perpetuando así la dinámica perversa que sigue exigiendo mandatos de belleza ideal y pretendida perfección a las mujeres, condición sine qua non para lograr la aceptación social. Una mujer vale por lo que es, y no por el envase en que se presenta. Suena absurdo tener que insistir con una verdad tan evidente a esta altura del siglo XXI, pero daría la impresión de que, a estos efectos, seguimos manejándonos con patrones casi decimonónicos.

Aceptarnos, altas, bajas, XS o XXXXXL, rubias, morochas, pelirrojas o la versión cromática que prefiramos, convencidas de que lo único importante es quiénes somos y no qué talle de ropa calzamos, asumiéndonos bellamente imperfectas, únicas e irrepetibles en nuestra humana condición, parecidas y diferentes. Siempre reales, de carne y hueso, sin prejuicios, sin hipocresía, sin naturalizar mandatos ajenos, sin canibalismos que valgan.