Es la única capitana de un barco del país y resiste al machismo del ambiente marítimo

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La necesidad personal y la urgencia de tener que alimentar a su hijo siendo todavía una chiquilina de 17 años, llevó a Nancy Jaramillo a decidir "hipotecar" su vida arriba de un

barco en alta mar. No quería que Amiel, su por entonces bebé, repitiera la historia que ella tuvo que padecer, como alimentarse en comedores comunitarios por la pobreza de sus padres.

Esta es la historia conmovedora, sacrificada y áspera de la primera capitana de un barco de pesca en la Argentina. Nacida en Trelew, criada en Puerto Madryn y residente entre Mar del Plata y la Patagonia cuando no está en altamar, Jaramillo, de 43 años, se subió a un barco cuando sus raíces neuquinas estaban más próximas a la cordillera que al mar. Empezó como camarera en 1996 y 24 años después es la capitana del Erin Bruce, un buque de cincuenta metros donde tiene a cargo nada menos que a 40 tripulantes... hombres.

"Nunca fui una enamorada de la vida en el mar, sino que fue un amor que se fue construyendo mientras la vocación aumentaba, todo muy lentamente", explica Jaramillo, que fue mamá a los 17 años y desde esa edad salió a trabajar de lo que fuera: empleada doméstica, cuidadora de chicos, repartidora de carbón y hasta fue a pedir trabajo a la Armada y a la Policía, pero ser mujer era un condicionante inquebrantable". En la Prefectura le pasó lo mismo, pero al menos le dieron la opción de hacer un curso de camarera para probar suerte y, por supuesto, lo tomó.

La capitana se embarcó por primera vez en 1996 con su libreta de camarera, única opción para una mujer a bordo de un barco, y dos años más tarde, cuando ya tenía varias navegaciones en su haber -trabajó para las pesqueras Harengus, Hamaltat y Wanchese-, obtuvo la libreta de marinera que la habilitaba a trabajar como ayudante de cocina a bordo, cocinera, operaria de planta y marinera de cubierta. 

Arrancó a los 18 y le vienen los recuerdos a Nancy, como cuando caminaba solita por el muelle en medio de la noche cerrada del invierno. "Fueron años muy duros, sentí en carne propia el desprecio y la discriminaciónpor querer hacer un trabajo digno y ofrecerle un futuro a su hijo", le dice a Clarín en un breve y fortuito encuentro, ya que tuvo que volver a la escollera de Mar del Plata para buscar un repuesto para el buque y, rápidamente volver a internarse en las fauces del océano.

Jaramillo dice que "las mareas" (período en que se interna en el mar para pescar) pueden durar entre 25 y 35 días y que, a veces, hace dos y hasta tres juntas para luego juntar días de descanso y marcharse a Puerto Madryn ver a su hijo, hoy de 25 años, y a sus dos nietos. "Imaginate todo ese tiempo ausente, borrada del mundo, porque allá -señala el horizonte marítimo- la vida es un misterio insondable".

Trabajo a cambio de ausencia. “Yo resigné la crianza de mi hijo para que no le faltara nada, me fui a trabajar y lo criaron mis padres; yo me convertí casi en una visita", describe con dolor.

Trabajo a cambio de ausencia. “Yo resigné la crianza de mi hijo para que no le faltara nada, me fui a trabajar y lo criaron mis padres; yo me convertí casi en una visita", describe con dolor.

Cuenta que sólo hay un teléfono satelital que se usa muy poquito, porque es carísimo. "Podemos hablar un minuto o dos, cada siete u o ocho días. Más que un saludo es una prueba de vida, decir 'acá estoy, no nos hundimos'. Después podés estar un día o dos sin decir palabra. No hay televisor ni internet... y te acostumbrás, te adaptás. Yo tengo un trabajo exigente de 12 horas sin parar, tarea que me resultaría complicada si hubiera internet, porque eso te saca tiempo".

Hace foco en la fortaleza anímica que hay que tener, "porque el mar da tranquilidad, contiene pero si no lo bancás, puede tornarse un arma de doble fila, angustiante. La rutina, a veces es insoportable, porque hay que hacer siempre lo mismo en cada marea que salimos, que puede durar entre treinta y cuarenta días, en los que yo sólo tengo que pensar en la tripulación, el barco y la pesca".

El rostro ameno muta en otro mustio. “Yo resigné la crianza de mi hijo para que no le faltara nada, me fui a trabajar y lo criaron mis padres; yo me convertí casi en una visita. Me costó entender que esa era la mamá que podía hacer, ausente físicamente, pero presente a la hora de dejar todas las instrucciones. Mi objetivo era abastecer a mi hijo y eso lo logré y Amiel muchas veces, ante mi culpa, me dejó en claro que él está orgulloso de su mamá", relata con cierto alivio.

"Ser capitana -casi siempre dice capitán, acepta que le cuesta agregar la a- es un poder y una responsabilidad muy grande, ya que soy la que tiene que decidir el recorrido del buque, la explotación del recurso marítimo y cuestiones de seguridad como resolver ante una inesperada tormenta, o qué hacer si alguien de la tripulación se enferma. Soy la que decido y resuelvo, y se cumple lo que yo digo, aunque después tengo que hacerme cargo de las decisiones tomadas".

Cálida, sensible y con carácter rocoso, Jaramillo hace saber que ante la tripulación debe mostrarse fuerte y con temperamento "de lo contrario "me comen con papas". Y confiesa que "hasta el día de hoy tengo que parar el carro a alguien, porque siempre aparece algún desacatado fuera de lugar al que hay que ubicar. La verdad que es a diario y esperemos que esto vaya cambiando de a poco y se me vea como una par más, no como la minita del barco. El ámbito marítimo tiene que aceptar -verbo que repite tres veces- que una mujer puede ser la mandamás de una embarcación".

Carácter y fortaleza: "Hasta el día de hoy tengo que parar el carro a alguien, porque siempre aparece algún desacatado fuera de lugar al que hay que ubicar", enfatiza Nancy.

Carácter y fortaleza: "Hasta el día de hoy tengo que parar el carro a alguien, porque siempre aparece algún desacatado fuera de lugar al que hay que ubicar", enfatiza Nancy.

"Aceptar", enfatiza Nancy, pero, ¿la aceptan a ella? "La voz de la mujer aún no ha llegado a este mundo machista que impera en esta actividad. Todavía sufro discriminación y eso soy una veterana de mil batalla, con más de veinte años navegando. Si ahora sorprende ver a mujeres arriba de un buque, no te imaginás lo que era en los años noventa", sonríe esta mujer que transmite autoridad.

"Cada vez que doy una orden o tomo una decisión, siempre es cuestionada o puesta en tela de juicio". No tiene dudas la chubutense que esto ocurre sólo por su condición de mujer, "no pasa por mis determinaciones, sino que no cae bien mi tono, que la voz de mando sea femenina". Y confiesa que es una práctica habitual que oficiales varones de menor rango decidan bajarse antes de zarpar "sólo porque no se bancan que una mujer dirija el barco".

El puente de mando. Nancy en su hábitat natural, al frente del timón del barco Erin Bruce, adonde tiene entre 30 y 40 hombres a su cargo.

El puente de mando. Nancy en su hábitat natural, al frente del timón del barco Erin Bruce, adonde tiene entre 30 y 40 hombres a su cargo.

De todas maneras, subraya Nancy, el rol de madre que no pudo tener con su hijo diariamente, lo pudo plasmar en alta mar, "cuando hay algún tripulante enfermo, soy yo la que le llevo remedios, un té, una sopita. Voy y estoy con ellos, que parecen pollitos mojados. Muchas veces, llorando, los marineros me agradecen el gesto, que nunca jamás tomaría un capitán hombre. Porque no es de macho hacerlo... Pero un 'cómo estás, necesitás algo' te puede cambiar un montón".

Le cuesta hablar de su vida: "¿Vida? ¿Qué vida? No tengo vida. Mis hermanos querían seguir mis pasos pero los frené, los disuadí, les dije que yo los ayudaría económicamente, pero que busquen alguna actividad en la que no están borrados como estoy yo. Yo tengo 43 años, soy madre soltera, no formé familia, ¿qué hombre va querer estar conmigo? ¿Qué hombre me entendería y me esperaría un mes?".

Históricamente, desliza, "las mujeres que trabajan en los barcos no están bien vistas, tienen fama de ligeritas... (se mata de risa)". Habla del prejuicio eterno y de que "pese a estar rodeada de hombres, soy la mujer más soltera de la Argentina. En el barco no se jode, hay que ser muy cuidadoso, una palabra de más, una sonrisita fuera de lugar puede generar un malentendido y yo, por mi rol, estoy en el ojo del huracán".

Hombres, ¿qué hombres? "Yo tengo 43 años, soy madre soltera, no formé familia, ¿qué hombre va querer estar conmigo? ¿Qué hombre me entendería y me esperaría un mes?", se pregunta casi resig

Hombres, ¿qué hombres? "Yo tengo 43 años, soy madre soltera, no formé familia, ¿qué hombre va querer estar conmigo? ¿Qué hombre me entendería y me esperaría un mes?", se pregunta casi resig

Otea el horizonte de su vida Nancy y le quedan nueve años más de trabajo: a los 52 se podrá jubilar. "Es algo que lo pienso y me digo 'todavía seré joven' y me imagino en el sur, en Puerto Madryn, viendo a mis nietos ya grandecitos. Pero también me pregunto '¿qué voy a hacer cuando me jubile?'.  

A Jaramillo le llama la atención que su vida sorprenda. "Me parezco tan aburrida y rutinaria, que no dejo de preguntarme por qué la nota". Ya logró llegar a su techo laboral, ¿cuál es su lucha? "A las mujeres que arrancan intento llevarles mi experiencia y ayudarlas a hacerse un lugar entre el paisaje machista y sobrevivir".

Una bocina del barco Erin Brue ensordece, no hay tiempo para más. Se despide y se anima, con mucha reserva, a pedir una gauchada. “Hace poco estuve en el sur, en Puerto Madryn y fui a buscar trabajo en otras pesqueras con permiso de mi empleador. Creo que soy valiosa, tengo experiencia, títulos, buenas calificaciones soy capitana. pero me rechazaron en todas las empresas que fui, a nadie le importó mis valores, sólo molesta que sea mujer. Quizás a alguien que lea la nota le puede interesar contratarme. Extraño mucho a mi hijo y a mis nietos”.

GS