Crimen de Villa Gesell: los jóvenes reconfiguran la noche, con after "controlado" y previas en los departamentos

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“Chicos, ¿les quedó hielo?”, consulta un joven al grupo de pampeanos que prepara la retirada desde la orilla y uno de ellos reacciona rápido: “Mirá, mirá”, le responde mostrando lo que

le queda en la heladerita, “como allá arriba, ves, no tenemos nada”, y todos celebran la ocurrencia. Es que allá arriba, en la calle 105 y la avenida 2, por donde los jóvenes hace años se acostumbraron a bajar a la playa más famosa del after beach de Villa Gesell, el acceso ahora está fuertemente custodiado tras la prohibición de consumo de alcohol decretada por la intendencia después del asesinato de Fernando Báez Sosa​. 

Hay integrantes de todas las fuerzas, hombres con remeras azules con la inscripción DDI -Delegación de Investigaciones- en la espalda; agentes de calle de la Policía Bonaerense, chicas y chicos jóvenes del Operativo Sol, y los intimidantes efectivos de la Infantería, de borceguíes y uniformes oscuros, de trato seco, que son quienes tienen la función de la requisa. Cada uno que va llegando, caminando entre camionetas y combis policiales, debe mostrar el contenido de su avituallamiento playero, en general, portado en bolsos térmicos o en la heladerita.

No pasan fernet --en el podio de los más incautados--, cerveza, vodka, ron, ninguna bebida que contenga alcohol. Pasan coca y jugos en cajas de litro. Pero eso no quiere decir que allá abajo, en la arena, no haya un poco de todo, y la fiesta, aunque mucho más reducida y fundamentalmente vigilada, continúe.

After en la playa, este viernes al atardecer. Foto: Maxi Failla / Enviado especial

After en la playa, este viernes al atardecer. Foto: Maxi Failla / Enviado especial

Con la mano izquierda, al tiempo que se menea al ritmo de una cumbia pegadiza, un cordobés que vio cómo mutó la fiesta en la playa desde la prohibición municipal de tomar alcohol en la vía pública, usa la jarra de litro de acero inoxidable de la que bebe como si se tratara de una güira, ese instrumento de percusión que se raspa como a un rallador. Sólo que es una jarra con un escudo de River y rebosa de espuma de un fernet-cola. “Por allá, por la playa”, señala hacía el sur, para indicar el camino que hicieron sus botellas hasta la orilla del mar.

La Policía revisa heladeras en el ingreso a la playa de Villa Gesell. Foto: Maxi Failla / Enviado especial

La Policía revisa heladeras en el ingreso a la playa de Villa Gesell. Foto: Maxi Failla / Enviado especial

Muy cerca, los pampeanos Santiago, Alexis, Eric y Juan, están a punto de liquidar sus tragos para irse asar algo a la casa que alquilaron y se quejan: “No se entiende bien: ¿qué tiene que ver el espacio público?”, dice Eric, que es geólogo, y su amigo Santiago, ingeniero agrónomo, suma su descontento: “Te quita libertad y te condiciona”. Tienen entre 26 y 29 años -por encima del promedio de edad del after, que es sub 23- y se sorprendieron al llegar a la playa cuando además de la requisa en busca de botellas, se enteraron que los policías tampoco dejan pasar a la arena con parlantes.

Dos agentes controlando el after. Foto: Maxi Failla / Enviado especial

Dos agentes controlando el after. Foto: Maxi Failla / Enviado especial

Pero en la playa, “Leña para el carbón, mamacita” corean chicos y chicas alrededor de un portátil que suena a todo lo que da. Pasaron unos minutos de las siete de la tarde, el calor no cede (unos 26° y la brisa no alcanza a refrescar) y frente al parador Pleno Sol, en la 105 y la playa, el after vuelve a armarse. Aquí, en esta playa, nació hace por lo menos unas seis temporadas, y en esta del verano 2020, al parecer, está dando sus últimos estertores.

Agentes de la Policía vigilando desde lo alto el after del balneario Pleno Sol. Foto: Maxi Failla / Enviado especial

Agentes de la Policía vigilando desde lo alto el after del balneario Pleno Sol. Foto: Maxi Failla / Enviado especial

Quienes han participado años anteriores o en los últimos after antes del inicio de los cacheos dicen que no se podía caminar de la cantidad de gente. “Hay un 80% menos, yo tenía que ir por la orilla, y mira donde estoy parado ahora”, comenta Juan, que caminaba las playas desde las calles 104 a 108 cargando un paño con pulseras y collares tejidos a mano. “Ahora para vender lo mismo, tengo que estirar por lo menos hasta la 125”. Se suma al lamento Víctor Villegas, el panchero que se vino a hacer la temporada desde Villa Urquiza.

Jóvenes se retiran del boliche Pueblo Límite custodiados por la Policía. Foto: Maxi Failla / Enviado especial

Jóvenes se retiran del boliche Pueblo Límite custodiados por la Policía. Foto: Maxi Failla / Enviado especial

“Ya no es lo que era, a nosotros nos mató”, dice para agregar que desde que la “ley seca” vende menos de la mitad. “Empezó con la pelota, que volaba de un lado a otro, el que estaba atento la cabeceaba, después fueron más pelotas y ya se había puesto bravo”, y recuerda lo que pasaba hasta no hace más de una semana: “Pero se pasaban y se degeneró. Terminaron tirando botella, chancleta, pelota, todo, un peligro”, remarca cuando un olor dulce sobrevuela el aire. "Porro no les falta", distingue.

Valentina, de 19 años, llegó desde Tucumán, ha tenido ocasión de quedarse hasta el anochecer en la playa y dice que le gusta mucho más esta nueva versión del after, más controlada. “Pero con fiesta, diversión, ¿qué tiene de malo? Lo que le pasó a ese chico no tiene que ver con esto, eso fue otra cosa”, se refiere al crimen de Fernando. 

Controles a la salida de Pueblo Límite. Foto: Maxi Failla / Enviado especial

Controles a la salida de Pueblo Límite. Foto: Maxi Failla / Enviado especial

Martino, Lucio y Lautaro, en medio de un grupo de ocho amigos que llegaron desde Berazategui, comparten un fernet, y en un rato emprenden para “armar la previa” en el departamento, después, al boliche, tarde. Para ellos, la previa es “fundamental”, porque en el boliche “tomar sale carísimo, la entrada sola cuesta mil, sin nada, y un trago cualquiera te lo fajan 500 pesos”.

En estos días sólo Pueblo Límite permanece abierto, Le Brique y Dixie, que en principio habían sido clausurados, luego no volvieron a abrir. La presencia policial allí también aumentó, igual que en la zona del after, con agentes que  observan desde no muy lejos que no se produzcan desbordes. Controlan el eventual descontrol. Y también piden a los asistentes que desbloqueen sus teléfonos a la salida de la disco, para corroborar que no hayan sido robados dentro del local. 

La salida de Pueblo Límite. Foto: Maxi Failla / Enviado especial

La salida de Pueblo Límite. Foto: Maxi Failla / Enviado especial

“¿Dónde están los chicos que faltan en este after?”, quiere saber este enviado. “A muchos los desalentó, porque venían a descontrolar, pero lo hacen igual”, cuentan Magalí y Florencia, de 21 años y de San Fernando las dos. "Así somos menos, pero está bueno igual". La respuesta a la pregunta seguramente también está en la previa que hacen en los alojamientos que alquilan. 

Villa Gesell vive una temporada a pleno; prácticamente, no hay alojamiento. A los locales los afectó el asesinato de Fernando, los desconcertó semejante nivel de violencia. Los turistas en su mayoría son jóvenes que se mueven en grupo, pero gran parte de los que están de vacaciones también son familias del interior del país y que aquí encontraron lo que vinieron a buscar, descanso, distensión, aire de mar.

Después de la playa, invaden el centro, y llenan esos bares y restaurantes donde el rostro de Fernando, en blanco y negro, es un reclamo de Justicia. Como el que hicieron los músicos de la Bersuit, el viernes, en el paseo 104 y 3, cuando cerraron su concierto "en memoria de Fernando y todos sus seres queridos para terminar con la violencia" ante un largo y respetuoso aplauso de una multitud. 

Villa Gesell. Enviado especial

AS