Exámenes finales: cómo limitar el pánico que produce el miedo a rendir

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Cuando Valeria dio su primer examen en la facultad se presentó dos horas antes porque le habían dicho que era por orden de llegada. Llegó, se anotó en la lista y

mientras esperaba a que se formase la mesa examinadora transpiró, se le secó la garganta, caminó ida y vuelta sin parar y la mente se le puso en blanco cuando trataba de repasar los distintos usos correctos del gerundio. Ese examen lo pasó, y los que siguieron hasta convertirse en licenciada, también. En todos sintió esos síntomas físicos.

“Muchos alumnos sufren de manera desproporcionada el miedo a someterse a una evaluación y a veces hasta les impide avanzar en sus carreras”, dice la licenciada Gabriela Martínez Castro. directora del Centro de Estudios Especializado en Trastornos de Ansiedad (CEETA). A Martínez Castro en general le iba bien en los exámenes, pero recuerda dos experiencias desagradables en particular cuando se le hizo “un blanco” en un examen oral, aunque reconoce que no le trajo más consecuencias que un poco de temor en el examen siguiente.

Los nervios son parte del estrés “bueno”, que en dosis bajas se necesita para rendir un examen. Para pensar con mayor claridad es necesario estar alerta, tener un poco de adrenalina circulando por el cuerpo para que el cerebro funcione mejor. Pero si ese nerviosismo crece y se le suman distintos síntomas físicos, Martínez Castro dice que puede derivar en un Trastorno de Ansiedad Social. Llegado ese caso la especialista recomienda la terapia cognitiva conductual de la “tercera ola”: “un tratamiento breve y focalizado, no convencional que se contrapone con la psicoterapia tradicional”.

Un recurso que sugieren los especialistas para funcionar mejor en los exámenes es el mindfulness o su nombre en español, "la atención plena": la técnica que desarrolló Jon Kabat Zinn, un médico de Harvard, para que sus pacientes terminales pudieran lidiar con ese momento de sus vidas.

Andrea Loescher, directora de The Mindful Lab, pionera en Buenos Aires desde hace más de una década en dictar cursos de esta técnica a niños, niñas, adolescentes, madres, padres y docentes, dice que en el mindfulness se trabaja en cómo desarrollar recursos para gestionar el estrés.

“Si los niveles de estrés superan lo tolerable, la productividad disminuye de manera abrupta. Ahí, surge el miedo y la mente empieza a rumiar”, explica. Y agrega: “Bajo estrés se enciende el sistema de amenaza que propone atacar, huir o paralizarse”. Pero subraya que “no es la situación en sí misma lo que “estresa” -el examen- sino la falta de recursos para gestionar esa situación”.

Pensemos esta cadena de pensamientos: mañana tengo un examen, estudié poco, no voy a pasar, voy a repetir, me voy a llevar la materia, me van a retar, no me voy a poder ir de vacaciones. Todos esos pensamientos cambian el estado emocional. ¿Pero qué cambió el estado? ¿El examen o los pensamientos? Nuestra mente tiene poder de contribuir o boicotear. Por eso es importante entender este mecanismo, porque cuando estamos con estrés la mente no puede aprender o recordar, y de ese modo al rendir un examen no se puede demostrar lo que se sabe.

Loescher, que recuerda que cuando rendía exámenes orales se ponía colorada, explica que mindfulness ofrece propuestas concretas para tramitar esos estados internos. Desde ya que esta práctica es como un deporte: se adquiere con el hábito cotidiano. Se basa en hacer respiraciones más largas y profundas que permiten registrar y reflexionar sobre lo que nos sucede, percibir lo que sentimos, contactar con el cuerpo, parar la mente, sentir ese malestar físico, ponerle un nombre a esa emoción, mirar esos pensamientos que perturban, dejarlos pasar y luego volver a lo que uno estaba haciendo: estudiar, el propio examen, o intentar dormir..

Mindfulness, además, propone ser amable con uno mismo, “es el antídoto de la autoexigencia”. dice Loescher. “Si vemos que una amiga está pasándola mal, no la retaríamos, seríamos amables, se trata de ser de ese modo con uno mismo y, a su vez, sentir que le puede pasar lo mismo a otras personas, eso lo llamamos “humanidad compartida”: otros la están remando igual”, explica. Del mismo modo, también sugiere enviarse buenos deseos, como una lo haría con otra persona: “Espero que puedas estar en calma, que recuerdes todo”.

El problema de estrés provocado por los exámenes es un tema que ocupa cada vez más a quienes se ocupan de la educación. El doctor en Psicología Social y profesor de cursos de grado y posgrado, Alejandro Lanuque, autor del libro Estrés universitario, dice que decidió estudiar el tema del estrés en los centennials a partir de su pasión por la educación, pero sobre todo porque “como docente sentía mucha frustración en el aula”.

Para su investigación entrevistó a 250 estudiantes de dos carreras de grado de una universidad privada. “Las familias pueden ser uno de los indicadores más altos de estrés, dice, generan una personalidad enfocada en la competencia donde los alumnos empiezan a ranquear para poder entrar en la universidad o generar vínculos de interés, aprobar evaluaciones y asegurarse un lugar en el mercado laboral”.

Esa competencia conectó a Lanuque con su propia experiencia académica: en segundo podía postularse para una pasantía laboral pero no obtuvo el promedio. Eso lo marcó de una manera no positiva. “Era una universidad muy competitiva por lo que me llevó a plantearme temas de la dinámica vincular dentro de un aula, lo que me llevó a querer desentrañar lo que busco en mi libro sobre este hecho educativo”.

Lanuque sostiene que la universidad es responsable de crear una pirámide extendida –estudiantes, familia, institución– donde la alianza entre los protagonistas se base en vínculos de estrategia y cooperación que promuevan el “aprendizaje colaborativo”, libre de presión, ansiedad y pánico.”Debería existir una metodología para ayudar a los estudiantes junto a los docentes en la cursada”.

En la universidad CAECE ya contemplan este tema y les ofrecen a los estudiantes un taller que se llama Cómo afrontar los exámenes sin estrés. “Tiene que ver con la higiene psicológica, con el hábito de sueño, de estudio; somos uno, cuerpo y mente y por medio de técnicas simples que dan buenos resultados para el manejo del estrés”, explica la licenciada Viviana Maller, directora del departamento de Psicología y Ciencias Pedagógicas de CAECE.

Maller recuerda su propio recorrido académico: tuvo muchos problemas para aprender a estudiar y sufría mucha ansiedad ante los exámenes. De esa época sugiere preparar los materiales y empezar a estudiar con tiempo”.

“La universidad forma personas, es fundamental que los estudiantes desarrollen competencias como parte del trayecto para lidiar con esas emociones que les generan las personas que no son empáticas, del mismo modo que cuando se encuentran con un docente con cara de piedra”, dice.

Melina Furman, doctora en Educación y autora del libro Guía para criar hijos curiosos, dice que “los exámenes son uno de los grandes cucos de la escuela en general y que nos queda de grandes porque tenemos la huella de cuando éramos chicos”. Cuenta que hace poco en un posgrado para docentes les preguntaron a los asistentes qué recordaba de la época de estudiantes y muchos lo mencionaron con terror como cuando les tomaban cosas que no les habían indicado.

Diciembre para algunas familias también llega con la noticia de que chicos o chicas en primaria o secundaria se llevan muchas materias. El médico psiquiatra de adultos y niños y director para América Latina de la Academia de Enseñanza Consciente, Christian Plebst, indica que en esos casos el desafío está en acompañarlos. “Estas cuestiones no tienen nada que ver con las capacidades de esos chicos, cuando un chico se lleva muchas materias significa que algo se les escapó al padre y a la madre durante el año", dice Plebst.

El especialista señala que es indispensable incluir esa comprensión porque si no los chicos se quedan en un lugar en el que creen que ellos son el problema. Plebst no dice que hay que quitarles la responsabilidad, pero sí preguntarse qué pasó y hacerlos participar de esa reflexión para que ese diciembre y en el caso de que se lleven materias a marzo, ese verano, no sea un camino tortuoso.

“Hoy uno de los grandes desafíos es que el que esté aprendiendo pueda aprender durante toda la vida, hay que evitar que la persona no cierre la puerta y diga que no quiere aprender más, hay que empoderarla”, dice Furman. Ella recuerda que en general siempre le iba bien en los exámenes”, pero también recuerda el mensaje en rojo de un profesor de física: ¡mal, razone!

Furman concluye que una buena evaluación ofrece una pista para saber dónde una está, por dónde seguir, por dónde a uno le cuesta; por eso el elogio también tiene que estar fundamentado. “Cuando no sabés qué hiciste bien o mal, no es un insumo o una oportunidad para seguir avanzando”.

PS