El día que en una pequeña isla apareció media tonelada de cocaína y nada volvió a ser igual

Narcotrafico & Terrorismo
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Hasta mediados de 2001, la vida en la isla de San Miguel avanzaba sin grandes sobresaltos.Ubicada en las Azores, una región autónoma portuguesa compuesta por nueve islas en el

medio del Atlántico, San Miguel tiene una población de 140 mil habitantes que subsiste gracias a la Agronomía, la pesca y los subsidios estatales. Pero la existencia predecible y la sensación de intimidad junto al vasto horizonte del mar se derrumbaron un mediodía de hace casi 20 años con la llegada de un barco con el timón roto y un cargamento explosivo.

 

Los habitantes de la isla que vieron el barco ese 6 de junio de 2001 se sorprendieron por la presencia de una embarcación de ese tamaño, de más de 12 metros, tan cerca de la orilla. Asumieron que era un pescador inexperto que se había perdido, y no le dieron mayor importancia. Pero la verdad era que el hombre al frente del barco tenía experiencia de sobra, y su problema era muy distinto.

Venía navegando desde Venezuela con órdenes de llegar hasta España, pero la agresividad del oleaje había dañado su embarcación, obligándolo a desviarse hasta las Azores para intentar repararla. Tenía consigo dos pasaportes: uno italiano y otro español, además de un documento de identidad de España, todos con nombres distintos... y casi 500 kilos de cocaína como cargamento.

La vida en las islas de los Azores se caracteriza por su tranquilidad. / AP

La vida en las islas de los Azores se caracteriza por su tranquilidad. / AP

No hablaba portugués ni tenía contactos en el lugar, y necesitaba arreglar su timón sin despertar atención excesiva. Circular con esa cantidad de droga era un riesgo gigante, y el hombre decidió aprovechar el único recurso que tenía a mano: la infinidad de grutas y cuevas marinas que se reproducían a lo largo de la costa de la isla.

La cocaína estaba embalada en paquetes de tamaño similar a un ladrillo, envuelta en plástico y goma. Recorrió diversas cuevas de la isla, dejando paquete envueltos en redes de pesca sumergidas en el agua con un ancla, y finalmente enfiló hacia el puerto más cercano, un pueblo pesquero llamado Rabo de Peixe.

Al poco tiempo, los paquetes empezaron a aparecer en playas a lo largo de toda la isla. Y nunca nada volvió a ser igual.

Quinci escondió los bloques de cocaína, envueltos en plástico y goma, en una serie de cuevas cerca de la isla de San Miguel en la región de las Azores. / AFP

Quinci escondió los bloques de cocaína, envueltos en plástico y goma, en una serie de cuevas cerca de la isla de San Miguel en la región de las Azores. / AFP

Si bien la historia de cómo media tonelada de droga perdida trastocó radicalmente la vida bucólica de una isla fue cubierta a lo largo de los años en diversos medios, el diario británico The Guardian decidió cerrar el círculo y volver al lugar de los hechos para ver cómo el episodio sigue afectando la población local.

Desde amas de casa confundiendo cocaína con harina o azúcar, hasta adicciones devastadoras y letales, la droga perdida marcó un antes y un después para la vida en la tranquila isla de San Miguel.

Una catástrofe en cámara lenta

Fue tan sólo un día después de la llegada del barco que un pescador se topó con una enorme red en una pequeña gruta cerca de la zona en la que solía afincarse para tirar sus redes. Al no poder identificar lo que era, llamó a la policía, que se acercó al lugar y sacó la red del agua. Adentro había 270 bloques de cocaína sin cortar, que pesaban alrededor de 290 kilos.

Ese fue solo el primer hallazgo de todos los que se producirían en los próximos quince días. Un hombre descubrió un cargamento de 158 kilos también en una cueva, mientras que otro se tropezó con un paquete de 15 kilos en una playa. "No me animaba siquiera a acercarme, tenía miedo a que alguien estuviera mirándome y me matara si lo hacía", le confesó el hombre a The Guardian.

En total, hubo 11 hallazgos de droga, los cuales totalizaron casi 500 kilos. A la policía no le llevó mucho tiempo dilucidar que lo más probable era que la embarcación nueva que nadie había visto antes tuviera algo que ver.

La isla de San Miguel es un sitio turístico debido a sus playas y atracciones naturales. / AFP

La isla de San Miguel es un sitio turístico debido a sus playas y atracciones naturales. / AFP

Si bien no aparecía en ninguno de los documentos que la policía le confiscó, el nombre verdadero del hombre al frente del barco era Antonino Quinci, un narcotraficante siciliano de 38 años que trabajaba para una banda española. Ya había cruzado el Atlántico dos veces, partiendo siempre desde las islas Canarias con destino a Venezuela, para buscar droga para esta organización.

Al poco tiempo de que Quinci abandonara la droga y se pusiera en campaña para reparar su barco, la policía empezó a vigilar todos sus movimientos. Inclusive lo siguieron en un viaje que hizo al lugar en donde había escondido el primer cargamento de droga. Cuando un informante les dijo que tenía todo listo para reparar el timón y partir, las autoridades avanzaron rápidamente y lo detuvieron. Sería eventualmente enviado a España, y condenado a una pena de 11 años prisión, que luego fue reducida a 10.

 

Hasta ese momento, el tráfico de drogas en las islas estaba bien controlado por la policía. Y los pocos casos que había estaban relacionados con el hachís; se veía muy poca cocaína, y era considerada una droga "de la elite". Pero la situación se les escapó rápidamente de las manos con la aparición de la cocaína de Quinci.

Jose Lopes, el policía que estuvo a cargo de la investigación en su momento, estima que pudo haber habido hasta 200 kilos de cocaína más que fueron hallados, pero nunca reportados. De golpe, la vida tranquila se vio alterada por una invasión de gente buscando comprar droga. Era de una pureza extrema, cercana al 80%, y ninguno de los consumidores estaba preparado para manejar el hecho de que eso la convertía en altamente adictiva. Un policía contó acerca del caso de un hombre que se conectó un suero compuesto por agua y cocaína al brazo, y no salía de su casa por días.

Muchos comercios legales en la isla fueron creados gracias al tráfico de la droga que mucha gente halló de casualidad. / AP

Muchos comercios legales en la isla fueron creados gracias al tráfico de la droga que mucha gente halló de casualidad. / AP

El resultado fue catastrófico. Guardias de hospitales inundados por sobredosis, pacientes que llegaban con síntomas similares al de un paro cardíaco, o inconscientes. "En muchos casos, tuvimos que hacerlos revivir, literalmente", explica Mariano Pacheco, un médico que trabajó durante ese período. "En algunos casos, no lo lográbamos".

Un mes después del primer hallazgo de cocaína, la televisión y los diarios locales informaban sobre los masivos aumentos en la cantidad de sobredosis, y aconsejaban a la población no probar cocaína debido a los riesgos. El 7 de julio de 2001, el diario Açoriano Oriental publicó el siguiente titular en tapa: "La cocaína mata en San Miguel".

Para algunos, un futuro asegurado

No todos los que se encontraron con paquetes de cocaína terminaron consumiéndola Hubo quienes decidieron lucrar con el hecho, y lograron amasar una pequeña fortuna con la cual abrieron negocios legítimos, como bares y restaurantes, que siguen funcionando hasta el día de hoy.

Debido a la sobreabundancia, un producto carísimo a nivel mundial se depreció a niveles insospechados, y hubo mucha gente que no supo como monetizar la droga, y pasó de usarla de otras formas. Circularon historias de familias que la usaban como un sustituto de la harina para freír el pescado, o como azúcar para el café.

El mismo año en que se produjo el hallazgo de la droga fue también el año en que Portugal decidió despenalizar el uso de droga para uso personal, y redirigir esos recursos para tratamientos y recuperación. En la isla de San Miguel, los efectos de la cocaína de Quinci se ve en un grupo de adictos que esperan la metadona (se usa para combatir la adicción) que reparte el gobierno.

En conversación con The Guardian, relataron que la inundación de cocaína en 2001 trastocó sus vidas de una forma sorprendente. Para Alberto Peixoto, un sociólogo de la isla que estudia los efectos del uso de droga en las Azores, los jóvenes y los pobres de la isla fueron los más afectados.

El hecho de empezar a consumir una droga tan pura y potente los obligó en su momento a recurrir a otras sustancias para lidiar con los síntomas de la abstinencia. Así fue como muchos de ellos terminaron adictos a la heroína, que llega desde el continente europeo. "Esa droga arruinó mi vida por completo", acotó un adicto en recuperación. "Sigo pagando el precio hasta el día de hoy".