Sierra Chica: ocho días en el infierno con "Los Doce Apóstoles"

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“Doctora, vamos a hacer otra cosa”. La frase, en cualquier otro contexto, no significaría más que un cambio de opinión. Ese 30 de marzo de 1996, en boca de uno de

los presos de la cárcel de máxima seguridad de Sierra Chica, fue la confirmación del inicio del motín más sangriento de la historia argentina. La destinataria del mensaje fue la jueza María de las Mercedes Malere, que había llegado al penal bonaerense para negociar la rendición.

Doce Apóstoles

Motín de Sierra Chica. Una maqueta del penal, durante el juicio en el que seis fueron condenados a perpetua.

Destrozos. Así quedó el penal de Sierra Chica, tras el motín. (Archivo Clarín)
 
 

El levantamiento había comenzado ese mismo 30 de marzo, poco después de las 14. Duró ocho días. Tuvo ocho muertos y 17 rehenes. Fue encabezado por "Los Doce Apóstoles", una docena de presos temibles, muchos de esos con fuertes condenas, que intentaron fugarse.

El plan salió mal: un guardia llegó a tomar una ametralladora y les disparó. Uno recibió un balazo en una pierna mientras intentaba trepar un muro y cayó al suelo. Sus compañeros retrocedieron y se atrincheraron en un pabellón.

Doce Apóstoles

No se encerraron solos. Antes amenazaron con facas a siete guardias y los tomaron como rehenes. El director del penal fue el primero en intentar negociar. Aseguró que todo iba a terminar en paz. La respuesta fueron dos balazos que le pasaron a pocos centímetros.

El autor de los disparos fue Marcelo Alejandro Brandán Juárez, conocido como “Popó”, condenado a 19 años y medio de prisión. Nunca quedó claro cómo había conseguido el arma.

La panadería. Los hornos en los que calcinaron los cuerpos de las víctimas. (Archivo Clarín)

Destrozos. Así quedó el penal de Sierra Chica, tras el motín. (Archivo Clarín)

Siete horas después, la jueza y su secretario ingresaron al penal para hablar con los protagonistas del motín. “Ustedes no saben el cagadón que se están mandando”, les dijo la magistrada a los dos presos que la amenazan con una pistola. “Callate, vigilanta”, le contestaron.

Los dos funcionarios judiciales pasaron a engrosar la lista de rehenes. Se sumaron a los siete guardias, el médico y los tres pastores evangelistas que ya estaban cautivos. Horas después, el número creció: como había dos penitenciarios heridos, los presos aceptaron dejarlos ir. A cambio, pidieron el ingreso de otros cuatro. Sus deseos fueron órdenes.

Mientras el motín conmocionaba a todo el país, el clima interno en el penal tomaba temperatura. La guerra declarada entre el bando liderado por Brandán Juárez y la facción encabezada por Agapito Lencina -condenado a perpetua- no tardó en desatarse. La cacería comenzó a las 10 de la mañana del lunes 1° de abril. Hugo Barrionuevo Vega, del grupo de Agapito, fue rodeado por cuatro presos. Le dieron un balazo y lo remataron a puñaladas.

Tensión. Familiares de los rehenes, durante los días del motín. /ARCHIVO CLARIN

La panadería. Los hornos en los que calcinaron los cuerpos de las víctimas. (Archivo Clarín)

La masacre siguió con otros seis crímenes. Todo en menos de media hora. La víctima más codiciada, Lencina, intentó defenderse. Hirió a “Popó” en un brazo y salió corriendo. Le dieron un tiro en la nuca y luego lo apuñalaron.

Los cuerpos fueron arrastrados hasta el pabellón de castigo. Allí los descuartizaron con un hacha. Luego trasladaron los pedazos en ollas, tapados con frazadas, y los incineraron en un horno de la panadería del penal. De los siete cadáveres sólo quedaron pedacitos de huesos y unos dientes hechos carbón. El humo blanco invadió el techo del penal.

El último asesinato lo cometieron durante la madrugada del día siguiente. José Cepeda Pérez se negó a participar de los descuartizamientos. Esa fue su condena a muerte. Lo destrozaron a cuchillazos.

Durante la investigación, testigos contaron que antes de quemar los cuerpos, jugaron al fútbol con la cabeza de Agapito. Otros, que con algunos de los cadáveres se hicieron empanadas que luego fueron convidadas a los rehenes. “¿Te gustó? Te acabás de comer un preso”, le dijeron a uno de los guardias después de que probara una.

Liberada. La jueza María de las Mercedes Malere estuvo ocho días cautiva. (Archivo Clarín)

Tensión. Familiares de los rehenes, durante los días del motín. /ARCHIVO CLARIN

Afuera no había detalles sobre el infierno que se vivía en la cárcel. Se habló de tres muertos, aunque las versiones indicaban que había más.

Durante las horas que duró la matanza hubo gritos y disparos. Los rehenes pensaron que habían entrado a rescatarlos y temieron un baño de sangre. No era una idea tan alocada: el gobierno bonaerense, encabezado por Eduardo Duhalde, evaluó montar un golpe comando con 150 guardias para retomar el control del penal. A último momento, se pensó que era una jugada demasiado arriesgada.

Los primeros días las negociaciones estuvieron empantanadas. "Los Doce Apóstoles" querían armas y móviles para escapar. Soñaban con una fuga “a la brasileña”, en referencia a un motín en la ciudad de San Pablo que terminó cuando los internos obtuvieron medios para huir. “Queremos pirarnos o matamos a los rehenes”, era el mensaje. La promesa tenía algo de verdad: las víctimas no fueron los rehenes, sino sus enemigos dentro la cárcel.

El juicio. Los acusados observaron el debate encerrados en una

Linerada. La juezaMaría de las Mercedes Malere estuvo ocho días cautiva. (Archivo Clarín)

Los presos eligieron dos delegados más “diplomáticos”. Ellos funcionaron como interlocutores con los representantes del Gobierno. El jueves 4 de abril, Jueves Santo, entregaron un petitorio. El Gobierno se comprometió a acelerar las causas judiciales y a aplicar la ley conocida como “dos por uno”, que permitía contar dobles los días en prisión después de dos años sin sentencia. Las autoridades también accedieron a una condición de "Los Doce Apóstoles": ser trasladados a un penal federal, por miedo a venganzas.

“Los muchachos no quieren más. Van a entregar el penal, pero el domingo”, informó Germán Balizán Sarmiento, uno de los negociadores, a la por entonces subsecretaria de Justicia provincial, María del Carmen Falbo. "¿Por qué recién el domingo?", preguntó la funcionaria. La respuesta la dejó helada: los presos querían llegar a ese día para que el sangriento motín se convirtiera en el más extenso de la historia argentina.

Finalmente llegó el domingo. Domingo de Pascua. El obispo de Azul, garante del acuerdo, rezaba en la puerta del penal. Los móviles esperaban por la liberación de los rehenes. Pero Brandán Juárez tenía preparada su última sorpresa. “Yo no entrego el penal si no me traen a mi vieja”, reclamó a los gritos, mientras revoleaba un arma. El pedido volvía a trabar todo: la mujer no podía llegar antes de las 20 y el operativo debía suspenderse hasta el otro día.

“No se haga drama, jefe. Tráigame unas pastillas que yo se lo arreglo”, aseguró un preso viejo. Su plan no falló. “Popó”, al que también conocían como “Falopa”, tomó las drogas sin dudarlo. Buscaba calmarse hasta que llegara su mamá. Fue el golpe de knockout. Salió de la cárcel encorvado, casi sin poder caminar, en una imagen que simbolizó el fin del motín.

Cuatro años después, Brandán Juárez, Miguel “El Paraguayo” Ruiz Dávalos, Víctor “El Cabezón” Esquivel, Jorge “Pelela” Pedraza, Miguel “Chiquito” Acevedo y Juan Murgia Canteros, seis líderes del motín, fueron condenados a perpetua. Otros 12 recibieron penas más bajas. Y seis terminaron absueltos.

Uno por uno, Los Doce Apóstoles

Marcelo Brandán Juárez, Jaime Pérez Sosa, Víctor Carlos Esquivel Barrionuevo, Jorge Alberto Pedraza, Marcelo Alejandro González Pérez, Marcelo Cristian Villaseco Quiroga, Carlos Alberto Villaba Mazzei, Carlos Gorosito Ibáñez, Héctor Daniel Galarza Nanini, Héctor Raúl Coccaro Retamar, Oscar Nelson Olivera Sánchez y Miguel Acevedo fueron los 12 presos que encabezaron el motín, iniciado el 30 de marzo de 1996.

Para rendirse, ocho días después, exigieron ser trasladados a una cárcel federal. Temían una venganza del Servicio Penitenciario Bonaerense. Sus rostros se hicieron públicos por primera vez en marzo de 2000, en “Infierno en Sierra Chica”, una investigación publicada por Clarín.

Seis de ellos fueron condenados a perpetua por los homicidios durante el motín. Siete de las ocho víctimas pertenecían al bando de Agapito Lencina, enfrentada a la facción de Brandán Juárez, uno de los cabecillas del levantamiento. Los asesinaron a balazos y puñaladas, y a uno lo prendieron fuego.

Según declararon los testigos, luego de descuartizar los cuerpos, los presos jugaron al fútbol con la cabeza de Lencina. Después metieron todos los pedazos en el horno y los redujeron a cenizas. Otros testigos aseguraron que con algunos cuerpos cadáveres hicieron empanadas, que luego convidaron a los rehenes.

(Los diálogos y detalles del expediente incorporados en esta nota fueron extraídos de la informe especial “Infierno en Sierra Chica”, publicado por Clarín entre el 26 de marzo y el 2 de abril de 2000)

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