Para no perder forma: práctica con platillos para cazadores

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Para no perder forma: práctica con platillos para cazadores

Simulación de tiro a perdices y patos con máquinas que lanzan platos a alta velocidad. Claves para mejorar el disparo.

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El recorrido de caza es, según su reglamento nacional, una disciplina de tiro deportivo que reproduce las situaciones del tiro de caza y se practica con una escopeta sobre blancos artificiales. Utiliza todas las posibilidades del terreno, sobre el cual son lanzados diferentes tipos de platos con el objetivo de valorar las cualidades técnicas y deportivas de los participantes. Los trazados de los recorridos reproducen las trayectorias de caza, con una gran variedad de dificultades. La pedana –o campo de recorrido de caza– debe estar equipada con un número suficiente de máquinas lanzaplatos para que los tiradores puedan encontrar las condiciones de tiro naturales que se ponen de manifiesto en la caza de perdices, patos, liebres, etc. Es decir, vuelos rasantes, en batida, carrera, transversales, en llano o con desniveles.

Las máquinas pueden ser manuales o automáticas, y en ellas se utilizan platos: un disco de arcilla (por lo general, naranja flúo, aunque puede ser negro, blanco, amarillo, etc.) en cuya composición interviene arena y brea, y cuyas dimensiones son de 110 mm de diámetro y 26 mm de altura, con un peso de 110 g. Algunos cazadores/ tiradores concuerdan en que para esta actividad, tanto la escopeta superpuesta como la semiautomática son ideales, ambas en calibre 12, 16 o 20 cargadas con cartuchos de 24 y 28 gramos, munición 7 1/2. Hasta aquí, la cuestión técnica.

Disparos en la pedana

Para ponernos a prueba ante esta disciplina una vez que finalizó la temporada de caza, un sábado me junté en el Tiro Federal de Lomas de Zamora con Javier Trincheri y Daniel Callisto. La idea no era solo despuntar el vicio, sino realmente comprobar si esta modalidad era útil para estar afilados con vistas a la temporada 2019. Aún falta bastante, pero el tiempo pasa rápido, más aún si no practicamos. Por eso después de un café matinal decidimos darle una impronta propia a la ocasión, utilizando solo dos máquinas: una manual doble que tira hasta dos platos a la vez, montada sobre un mangrullo a 3,5 m de altura, que asemeja el vuelo de una bandada de patos que viene por nuestra espalda. La otra, una automática de 10 tolvas que tira alrededor de150 platos en forma individual, y que asemejan el vuelo de la perdiz. Los tres acordamos realizar los tiros caminando, con la escopeta a la cazadora (en posición de descando, sin apuntar) y sin pedir la salida del plato (como sí ocurre en otras disciplinas de tiro al vuelo). El operador decidiría en qué momento soltar el plato, entre dos marcas separadas por varios metros.

El resultado fue una experiencia muy parecida a la del campo, pero sin perro, por lo cual la aparición del plato resultó más sorpresiva porque casi ni se escucha. Es mayormente contacto visual, a diferencia del campo donde el sonido del vuelo de la perdiz nos orienta para frenar, apoyar bien los pies, encarar la escopeta y disparar. Consejo: al caminar resulta elemental que la parte superior del caño no supere la altura de los hombros, de esta forma el encare va a ser más rápido y preciso, porque solo habrá que subir la culata. Como pautamos disparar en movimiento, también acordamos que solo un tirador por vez dispararía, mientras los otros dos se quedaban atrás con sus armas descargadas esperando su turno.  

Primeros cartuchos

El primero en comenzar fue Javier. La máquina robótica se puso en movimiento a sus espaldas y el plato salió eyectado en dirección aleatoria (pueden ser varias, todas desconocidas por el tirador). Nadie sabe de antemano el rumbo del plato ni el momento en que saldrá disparado; solo el operador de la máquina. Al verlo recortado en el horizonte, Javier frenó su paso, y al unísono acomodó sus pies mientras alineaba el  arma y ejecutaba el swing (acompañar la trayectoria del plato con el movimiento del arma) con su escopeta . La clave está en la rápidez visual, precisión de movimientos para encarar y cálculo de la velocidad del plato para apuntar lo suficientemente por delante de él, como para no fallar por corto ni por largo. El platillo naranja se desintegró en el aire, producto de un disparo acertado. Cada uno a su turno, los tres tiramos con nuestras escopetas de caza, calibres 12/70 y 20/70, variando las posiciones hasta llegar a la última, en la cual el platillo viene casi de frente a varios metros de altura. Fue el punto de la pedana en el que me sentí más cómodo y pegué mis mejores tiros, tal vez porque veía el plato con mayor antelación, aunque Daniel fue el mejor, como siempre.

Tras dar por finalizada la etapa perdiz, nos corrimos unos metros hasta el mangrullo en el que estaba instalada una máquina manual para tirar platos tipo pato. Esta modalidad se disfruta más caminando que en posición de tiro fija, como en realidad ocurre cuando se realiza la cacería en el campo, donde hay que permanecer oculto y camuflado para disparar. La dificultad es diferente, porque en este caso el plato vuela más alto y casi en línea recta por sobre el tirador, por lo que el adelantamiento del arma se hace hacia abajo, es decir, no se apunta a izquierda o derecha del platillo, sino unos centímetros por debajo de él.

En ambos casos, la sensación que se transmite es intensa y placentera, más aún cuando la experiencia se realiza caminando, no quieto en posiciones ya previstas. El acto de frenar, afirmar los pies, encarar, apuntar, realizar el swing y disparar, todo en un par de segundos como máximo, exige los sentidos del tirador, por lo cual es una experiencia muy buena para realizar todo el año. Y si bien mi corazón está en el tiro a la hélice, el plato con esta impronta fue no solo entretenido, sino también exigente. Como siempre digo, “no es pa todos la bota ‘e potro”.

Nota completa en Revista Weekend del mes Septiembre 2018 (edicion 552)

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