Guerra de Malvinas: la mirada de los isleños

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A pocos días de cumplirse 36 años de la guerra, revivimos cómo fue para los isleños permanecer en un territorio recuperado para los argentinos, ocupado para ellos. La guerra acelero procesos, eso es algo que le debemos a todos los que estuvieron a la altura de las circunstancias, que un gobierno de facto ni siquiera rozó.

 

 

La vuelta del combate se produjo entre la indiferencia y el silencio, la desidia y la mala conciencia. Los escondieron. A la gente que creyó que casi entraríamos triunfales en Londres, la ocupó el enojo y prefirió el olvido: habíamos perdido cuando creíamos, ingenuamente, que podíamos ganar una guerra, que de movida, tenía resultados cantados.

 

 

En la memoria errática del argentino quedará la imagen de un nacionalismo de emergencia, con una mezcla de marcha militar, comunicado y neblina. Un soldado que volvió permite resumir con sus palabras un pensamiento sobre el regreso. El veterano se llama Oscar Ledesma, con tanta luz y dureza, le dio a las cosas su nombre.

 

Ledesma se suspendió en el pasado largo tiempo, mientras el sol seguía su empecinada lucha por prevalecer, y comenzó a sonar en su cabeza lo que escuchaba de boca de todo el mundo, lo que ellos hubieran hecho si les hubiese tocado ir a la guerra, no teniendo el valor de confesar el alivio que sintieron de no tener que cargar la mochila y marchar al frente del combate, en donde las bengalas que iluminaban la noche, eran la celebración de un rito atroz de iniciación para aquellos que dejaban de golpe los sueños y llenaban su bagaje de pesadillas absurdas y eternas.

 

En esa suspensión en el pasado, también hubo lugar para aquellos que festejaron a la dictadura la recuperación de las islas, se pasaron prendidos frente al televisor sufriendo las desventuras de la selección nacional, sin importarle un bledo la suerte del vecino de su barrio que nunca más pudo volver a gritar un gol, porque una bala lo silenció eternamente.

 

“Había dos soldados argentinos muertos, tirados boca abajo, aun puedo ver una mano pequeña y sucia tirada sobre el pavimento. No sentimos nada, lo que realmente fue horrible, nunca me imaginé cuánto te endurece la guerra. Los dejamos atrás, y cuando volvimos, alguien los había cubierto y lo que se ha quedado todos estos años conmigo, es esa pequeña mano sucia “, recordó Eileen Vidal, una isleña.

 

Los hechos suceden encontrando a las personas en lugares determinados, sin que ningún análisis pueda cambiar eso. No importa cómo llegaron a estar allí en ese instante en que todo se da vueltas y se pone negro, porque empiezan a silbar en sus cabezas las bombas.

 

“Usted tiene derecho a vivir en libertad” decía, paradójicamente, el panfleto que entregaban los argentinos a los isleños luego del 2 de abril. Desde un primer momento, lejos de creer en la oferta de libertad, los isleños se sintieron presos y tuvieron una participación activa de resistencia, saboteando comunicaciones, cortando cables y otros ayudaron con sus vehículos cuando llegaron las tropas británicas al reconocimiento del terreno.

 

El relato más completo sobre lo que vivieron los isleños durante la ocupación argentina de las islas los escribió Graham Bound, titulado “Falkland Islanders at War” publicado en 2002. En el reconstruye, en base a testimonios, la vida de los isleños entre abril y junio de 1982. Las actitudes fueron desde la indiferencia hasta la resistencia pasiva, y otros como el ex jefe de policía Terry Peck, llegaron a combatir contra los argentinos. Algunos tantos tuvieron reacciones tan violentas, que debieron ser confinados a lugares lejanos a Port Stanley.

 

Muchas publicaciones particulares, desarrolladas en breves relatos, dan cuenta de los sentimientos de los isleños respecto de la ocupación argentina. Lisa Watson, una niña de once años en 1982, llega a describir cómo los perros de su padre estaban contentos por esos días, porque estaban sueltos todo el día, para alertar a la familia sobre presencias no deseadas.

 

También cuenta cómo dos soldados argentinos le pidieron a su papa que usara sus fusiles para cazar unos patos, porque ellos tenían hambre y no eran buenos disparando. El granjero lo hizo: “Era mucho más fácil odiar el concepto vago y distante de una Nación argentina, que despreciar a los que parecían dos seres humanos perfectamente normales”. A esos mismos chicos, se les permitió bañarse en casa del granjero, y se dejaron olvidado el jabón, por lo que los niños hacían bromas y decían que si alguien lo usaba se le caerían los dedos.

 

Los relatos eran escritos con diferentes grados de empatía, pero muchos concuerdan en los soldados argentinos que pedían comida, tan temprano como el 6 de abril, ya algunos se acercaban a los vecinos con hambre. Muestran preocupación por esos jóvenes, que desabrigados deberían empezar a subir a los cerros, donde el frio era impiadoso. Los sentimientos que describen son encontrados, hubo reacciones como “en Buenos Aires hay comida, vuelvan”, como otros que demuestran que los isleños muchas veces vencieron el sentimiento de amigo-enemigo y les daban pan y algo caliente.

 

Los testimonios de las isleñas, más ocupadas en observaciones domésticas, son casi unánimes al respecto, incluso la señora Sarah G., una vecina de Stanley,  recuerda a algunos soldados golpeando su taza metálica en el jardín, para pedir comida. Asegura haber visto oficiales golpeando a los conscriptos, obligándolos a lavar su ropa en el agua helada de la bahía y algunos empujados luego como castigo. Los vio llorando y temblando de frio, y les dio comida, porque pensó en su hijo, lo imaginó pasando una situación similar y la sangre le hirvió de rabia. Si esos secretos contaron esos jóvenes al volver al continente, las que los escucharon, fueron ignoradas.

 

La visión generalizada sobre Argentina, de los habitantes de Malvinas contemporáneos a la guerra, era la de un país desordenado, que mandó en un número elevado de casi niños al combate y de un gobierno irresponsable que no evaluó dónde podía terminar todo. Las generaciones más añosas de los que vivieron el conflicto en las islas, algunos británicos, procedían de vivir como niños la Segunda Guerra Mundial, y el fantasma de aquello, les provocaba ira. Habían elegido vivir en el lugar más tranquilo del mundo.

 

Emma Steen, contó a un reportero inglés que encontró algunos autitos de juguete en su patio luego de la invasión. Unos soldados los llevaban consigo, y en la retirada se tuvieron que despojar de todo. “Un gobierno irresponsable y poco serio”, sentenció.

 

La señora Lucy Beck habló sobre las consecuencias de la guerra, que alcanzan tanto a hombres como mujeres y niños, y el estrés post-traumático que ha sido inevitable. Sostuvo que pudieron ser millones las víctimas, cuando se comprobó que algunos buques británicos llegaron al área del Atlántico Sur cargando armas nucleares, lo que se confirmó en 2003 después de la presión que ejerciera “The Guardian” sobre el Ministerio de Defensa. Posiblemente fue accidental porque no hubo tiempo de descargarlas antes de zarpar, pero la Historia Oficial de la Guerra, escrita por Lawrence Friedman, asegura que fue intencional, en caso que el conflicto se intensificara y Rusia interviniera a favor de Argentina.

 

Cuanto riesgo habían corrido todos, sin saber nada. Riesgos que suman sombras, que cubren a los protagonistas, con sus vidas arruinadas para siempre, en muchos casos. De todos los textos, escritos por isleños el más perturbador, y el que más esclarecedor resultó, es el de John Fowler, “1982 All That Difficult questions from a dificult Time in the Falkland Islands”, publicado en Argentina bajo el titulo “1982, días difíciles en las Malvinas”, que ofrece una visión completamente diferente sobre la guerra.

 

Hay cosas que nunca pensó vivir, sobre todo cuando fue un funcionario joven, que vivió con su familia en el lugar más pacífico del mundo. El relato de John es sobretodo humano, narra el alivio que sintió cuando derribaron un avión argentino, y la pena que no evitó, porque pasó tan bajo por su patio que pudo ver la cara del piloto.

 

Se planteó si ayudar a un argentino a poner correctamente los cambios de una Land Rover para no caer colina abajo era “colaboración”. No pocos se habían planteado estas cuestiones. También era previsible, en la guerra nadie se sensibilizaba con el enemigo, pero si el enemigo lo representaban jóvenes que no tenían idea de muchas cosas, la situación era diferente.

 

La idea de que la ocupación acabaría sin guerra, era lo que pensaban en las islas, o lo que deseaban. Pero es que para los isleños era tan impensado todo, que muchos de ellos reaccionaron como seres humanos, simplemente.

 

Los argentinos e isleños vivieron en lugares grises donde unos desearon ser ayudados y los otros vencieron lo políticamente correcto y lo hicieron. Hubo madres que veían a esos pequeños  soldados desabrigados y sintieron pena por ellos, otras en cambio fueron indiferentes.

 

fuente novargentina

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