La historia de cómo una masa de desechos, grasa y aceite terminó en el museo de Londres

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El descubrimiento en las cloacas en el este de Londres no sorprendió a los operarios de saneamiento por su contenido pero sí por su tamaño: la masa de desechos, fibras y toallitas, hidratada con litros de aceite y grasa, medía 250 metros de largo y pesaba 130 toneladas.

Un colosal "fatberg", como bautizaron los británicos -juego de palabras entre "fat" (grasa) y "iceberg"- a estas criaturas de las profundidades que atascan los conductos subterráneos. Ahora, una noticia llamó la atención: el repugnante hallazgo llegó al museo de Londres.

 

¿Broma de mal gusto? ¿Denuncia medioambiental? La respuesta a la pregunta la brinda la curadora de la exhibición Fatberg!, Vyki Sparkes, en diálogo con ámbito.com: "El por qué para nosotros es muy claro: en el museo tenemos que reflejar los altibajos de la vida en la ciudad. Conseguir un pedazo de un fatberg había estado en la 'lista de deseos' del director durante varios años. Sin embargo, generalmente se eliminan y destruyen, por lo que tuvimos que expresar nuestro interés rápidamente después del descubrimiento".

 

Pero la sustancia suponía un peligro por su posible toxicidad, por lo que antes de exhibirla en público debieron examinarla a fondo. "Hicimos una evaluación detallada de los riesgos y consultamos a un especialista. Queríamos saber si desprendería gases como metano, sulfuro de hidrógeno o monóxido de carbono, lo que hubiera sido un riesgo para la salud. También enviamos una muestra a una universidad para conocer su composición química y cualquier amenaza bacteriana o viral. Nos avisaron que estábamos trabajando con niveles seguros", detalla.

 


El trabajo de los operarios de saneamiento demandó más de dos meses.

 

Como paso siguiente debieron prestar atención a la guía de salud y seguridad del Reino Unido para planificar la recolección, el almacenamiento y el manejo seguro de las muestras del fatberg de mayor tamaño encontrado hasta la fecha, cuyo proceso de limpieza demandó más de dos meses.

 

El evento también fue visto como una buena oportunidad para que los habitantes de la ciudad repensaran sus hábitos y analizaran los daños que causan tipo de desperdicios lanzados por las cloacas.

 

"Fue una forma divertida y atractiva de iniciar una conversación difícil sobre lo que nos estamos haciendo y las graves consecuencias que tiene para nuestra infraestructura. Aunque tuve mucho cuidado de evitar el hostigamiento del público, porque el papel del museo es reflejar los desafíos reales que enfrenta nuestra ciudad, sin importar qué tan difíciles o repugnantes puedan ser", apunta Sparkes.

 

Según las cifras oficiales, la empresa de saneamiento Thames Water desbloquea tres atascos de cañerías por hora y gasta un millón de libras al mes en esa tarea.

 

"La mayoría de nuestros visitantes reflexionan sobre cómo contribuyen inconscientemente a la creación de estos fatbergs. Por mi parte, mi respuesta breve es que los fatbergs causan una miseria indecible a través de los bloqueos y desbordamientos de las alcantarillas, lo que pone en peligro las calles, escuelas, empresas y hogares", concluye.

 


Uno de los trozos preparados para su exhibición.

 

 

•Amenaza para megaciudades

 

No siempre llegan a los museos, pero los "piquetes" de residuos en las cloacas son un problema en las grandes ciudades de todo el mundo y también en Buenos Aires. La recomendación de Agua y Saneamientos Argentinos (AySA) es clara: "No arroje a la red de desagües cloacales algodones, envases plásticos, trapos, medias de nylon, pañales, cartones, grasas, aceites, pinturas, arena, piedra, ni cemento".

 

Esos elementos "provocan taponamientos en las instalaciones internas de los hogares y en los conductos de la red, así como daños en los equipos de bombeo" y pueden afectar a las plantas depuradoras, ya que en el procedimiento habitual las aguas residuales son recolectadas por la red de desagües cloacales y conducidas a las plantas, donde se realiza su tratamiento antes de devolverlas al río.

 

El proceso de depuración del líquido cloacal tiene como objetivo remover los residuos sólidos urbanos, las grasas y la materia orgánica que se generan en los hogares. Cada mes, AySA extrae de las cloacas unas 583 toneladas de sólidos, que a fin de año dejan un saldo aproximado de 7.000 toneladas, según informó el área de prensa de la empresa a este medio. 

 

En su mayor parte compuestos por residuos como algodón, fibras, papel, cartón, gomas y toallitas que deberían haber sido tirados en un tacho de basura y no en el inodoro. Un fatberg en potencia. La buena noticia es que con la ayuda de la tecnología, las redes de agua potable y los grandes conductos de desagües cloacales pueden ser controlados las 24 horas.

 

Otra de los grandes amenazas del sistema de alcantarillas es el aceite: se calcula que cada vez que se vierte un litro en el sistema se contaminan mil litros de agua, lo que hace imprescindibles los programa que recuperan el aceite vegetal utilizado en los hogares y la industria gastronómica para destinarlo a la producción de combustible biodiesel.

 

Mientras tanto, para orientar al consumidor, un grupo internacional de operadores de servicios de agua trabaja en la búsqueda de un estándar y una etiqueta que identifique de mejor manera los productos permitidos para "desechar vía inodoro". Una medida simple y efectiva para que dejemos de alimentar a los monstruos de las cloacas, que con el crecimiento desmedido de las megaciudades se perfilan como una amenaza tanto para las infraestructuras como para la salud de millones de personas.

 

fuente ambito

autor Carlos Pagura

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