Acuerdo y conflicto después de la elección cordobesa

Jorge Raventos
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Atravesamos semanas muy interesantes y, de a ratos, dramáticas. El ataque a balazos a dos personas ligadas a la actividad pública (un diputado nacional y un funcionario), a metros del Congreso de la Nación generó en primera instancia la sensación ominosa de que estallaba una nueva etapa de violencia política.Por Jorge Raventos


Contribuyó quizás a eso un reflejo de precipitación comunicativa de las autoridades que hablaron de “crímenes mafiosos” e insinuaron rasgos políticos en el ataque antes de tener información suficiente sobre sus circunstancias.

Tras las primeras investigaciones esas conjeturas quedaron descartadas: se trató de un crimen de otras connotaciones. Que, si afortunadamente no denotó un incremento de violencia política, de todos modos puso los focos sobre la violencia ambiente y las bajas condiciones de prevención que vive la sociedad: eso a pesar de que este hecho ocurrió en una zona de gran centralidad pública.

Cristina y los prejuicios

El viernes, en la Feria del Libro, Cristina de Kirchner presentó su best-seller Sinceramente. Los 300.000 ejemplares vendidos en muy pocos días hablan del interés que la expresidente suscita no sólo entre sus partidarios, sino también en una vasta legión de adversarios acérrimos que compraron esas 600 páginas para confirmar sus sentimientos.

Resultó interesante observar la decepción de algunos observadores ante la contención del acto que protagonizó la señora de Kirchner: ella habló con moderación (que algunos quisieron definir como “un mero maquillaje”), dió un discurso corto, de apenas media hora, no mencionó su candidatura ni se refirió al Presidente. Los que esperaban en el fondo de su corazón que la señora dijera algo extremo que diera pistas sobre sus planes siniestros, al no encontrarlo, se refugiaron en declaraciones de seguidores de ella como el ex supremo Eugenio Zaffaroni (reiteró que quiere una nueva Constitución), del detenido Luis D’Elía (que imaginó que el ataque matutino en el Congreso era una operación oficialista para quitarle rating a la presentación del libro de Cristina) o en una ocurrencia de los últimos días del escritor chaqueño Oscar Giardinelli que sugirió eliminar el Poder Judicial.

Suponer que la señora no es capaz de aprender de la experiencia ni de sacar conclusiones de sus fallos es (así sea acertado) un prejuicio . No hay a priori motivos para suponer que otros pueden cambiar pero no ella.

Prejuicio o no, esa parece ser la opinión de un sector amplio, aunque no mayoritario, de la sociedad: de allí el “techo” que las encuestas revelan y que constituiría un obstáculo muy difícil de franquear -por cierto, no el único- en caso de que ella decidiera ser candidata presidencial. En el otro plato de esa balanza hay que ubicar el notable fervor que muestran sus seguidores y la capacidad política que le ha permitido con pocas palabras y poco gasto (más bien con rédito: las ventas de su libro le acreditan 18 millones de pesos) ubicarse en el centro del escenario.

Córdoba: octava derrota y una fractura

En fin, como para cerrar una semana intensa, mañana, en Córdoba, se escribirá un capítulo muy significativo del relato electoral que culminará en el ballotage del 24 de noviembre. La coalición oficialista -Cambiemos- sufrirá su octava derrota consecutiva en este proceso (contabilizando comicios primarios y elecciones provinciales) y se tratará de una caída muy elocuente: el gobernador Juan Schiaretti probablemente obtenga (las encuestas lo vaticinan) el 50 por ciento de los sufragios y así, merced a la división que se consagró en Cambiemos, la diferencia entre Schiaretti y el que llegue segundo (el radical cordobesista Ramón Mestre o el radical más próximo a la Casa Rosada, Mario Negri) será muy amplia. A ello se suma la perspectiva de que Cambiemos pierda la capital cordobesa, que no tiene un intendente peronista desde la década del ‘70 del siglo pasado. Como corolario, y ya proyectándose sobre la elección presidencial, queda en Córdoba un radicalismo fisurado, en el cual el sector que lidera Ramón Mestre reclama “un nuevo Cambiemos” y converge con las voces críticas que se harán oír en la convención radical de fines de este mes.

Paradójicamente, el triunfo de Schiaretti, que introducirá un nuevo revulsivo en el seno de la coalición oficialista, puede ser un estímulo para el giro acuerdista que ha introducido en su discurso Mauricio Macri. El gobernador cordobés, llamado a convertirse en gran timonel del peronismo alternativo (o “peronismo de los gobernadores”), va a contribuir a generar un interlocutor fuerte, a la vez crítico, competitivo y dialoguista, a un oficialismo escorado por las tácticas polarizadoras y el ingenuo extremismo de “lo nuevo”.

De Vargas Llosa al cambio necesario

Es ciertamente irónico que haya sido en Córdoba, menos de dos meses atrás, donde el Presidente, durante el Congreso de la Lengua e interrogado por el escritor Mario Vargas Llosa, afirmó que, de ser reelegido, continuaría “por el mismo camino lo más rápido posible”. La convocatoria al acuerdo político no fue, sin embargo, más de lo mismo.

En rigor, menos de un mes después de aquella respuesta a Vargas, Macri ya se había resignarse a desvíos indisimulables, como la búsqueda de acuerdos de precios o la intervención en el mercado cambiario.

El contexto político venía inquietando a la Casa Rosada y en el seno de la coalición de gobierno se discutía acaloradamente la táctica electoral polarizadora orientada por el entorno presidencial no estaba dando resultado en ningún plano.

Los comicios provinciales ya ocurridos habían desplazado a las líneas polarizadoras a los márgenes del espectro y la coalición oficialista fue la que más sintió esos resultados.

Pero, además, la táctica de instrumentar la polarización, consiguió efectos dañinos en el terreno económico. La amenaza sobredimensionada de una eventual victoria de Cristina Kirchner en las presidenciales ha irritado la delicada sensibilidad de los mercados.

En ese contexto de fragilidad el gobierno encontró nuevamente un punto de apoyo en el exterior: Donald Trump, el Fondo Monetario Internacional y hasta el vecino Jair Bolsonaro se mostraron alarmados por la posibilidad de que el cristinismo volviera al gobierno, dieron y ofrecieron ayuda.

En cualquier caso, el Presidente - con guarismos muy bajos en las encuestas que consultan las empresas, las embajadas, los inversores y los medios locales e internacionales- no puede garantizar en soledad que está en condiciones de evitar el retorno indeseado y necesitaba dar señales en ese sentido.

Se evidenciaba la terquedad de una política que ha desalentado los acuerdos y consensos de mediano y largo plazo. Ese empecinamiento motoriza ahora opiniones y movimientos que cuestionan la conducción de Macri o piden que resigne su candidatura.

En esas condiciones que el Presidente se decidió por un nuevo viraje y divulgó su propuesta de 10 puntos: necesitaba exhibir consensos que den seguridad a los mercados (y, de rebote, recuperar iniciativa y cambiar el eje de la discusión pública, sacando de esa función, mientras sea posible, el valor del dólar y la inflación).

Se trata de un nuevo cambio de instrumental. Otro desmentido a aquella respuesta ofrecida a Vargas Llosa.

Pararse sobre lo que sostiene

Cambiemos nació de la táctica estimulada por el vértice del Pro y consagrada en la convención radical de Gualeguaychú (2015) que se inclinó por una alianza chica en detrimento de un acuerdo más amplio que incluyera a todas las principales fuerzas que en aquellas instancias se oponían al cristinismo. La Casa Rosada reforzó esa táctica chica cuando -paso siguiente- rechazó la idea de Cambiemos como coalición de gobierno y dispuso limitarla al rol de coalición electoral y parlamentaria.

El Presidente y su entorno se encuentran ahora con distintas ofensivas tendientes a revisar la táctica chica. Hoy se le reclama (radicalismo) que se abra la coalición de gobierno y que los socios actuales tengan voz y voto en la definición de las políticas y en la definición de los elencos. Pero se le plantea asimismo que la coalición se amplíe (“algo más grande que Cambiemos”, con peronistas, socialistas, Gen, etc., como frasean Martín Lousteau o el presidente de la UCR, el gobernador de Mendoza Alfredo Cornejo) o que se configure “otra coalición” (Ricardo Alfonsín).

Hasta un gobernador radical a quien se considera muy afín a la Casa Rosada, como Gerardo Morales dice ahora que "El planteo de abrir Cambiemos a otros partidos o a un gran frente cobra fuerza. Aqui, en Jujuy, armamos un frente muy amplio a nivel provincial con participación de sectores del peronismo, todavía algunos enrolados con Massa, otros con Lavagna”.

En el propio partido del Presidente varias figuras han insistido largamente (sin éxito) en una política de ampliación de las bases de la gobernabilidad: Emilio Monzó y el jefe de los diputados del Pro, Nicolás Massot, son los más notorios, pero no los únicos. Ellos quisieron anudar, en 2016, mientras los acuerdos parlamentarios para resolver temas centrales, como el pleito con los holdouts, lo facilitaban los pactos “tipo La Moncloa” que proponían peronistas federales como Miguel Pichetto. Y reiteraron su planteo después de la victoria electoral de Cambiemos en 2017 (pero terminaron desplazados).

Señalábamos en esta columna una semana atrás: “Hay un consenso muy extendido en el sentido de que el próximo gobierno debe asentarse sobre una plataforma amplia, ya que están a la vista las consecuencias de la táctica chica que emprendió la coalición oficialista”. Parte de ese consenso reside en pedir un paso al costado de Macri en relación con su candidatura. Y agregábamos: “las variantes del llamado Plan V (por María Eugenia Vidal) y hasta del Plan H (por Horacio Rodríguez Larreta) que empujan sectores del empresariado y de fondos de inversión y perturban a la Casa Rosada, no se refieren solo a reemplazar la candidatura de Macri e impedir una victoria de Cristina de Kirchner, sino a conseguir un respaldo amplio para el gobierno que definan las urnas. O, dicho de otro modo, que el próximo gobierno surja con un respaldo sumamente amplio que las urnas legitimen”. Como aconsejaba Bonaparte: “Conviene pararse sobre lo que sostiene”.

No importa la intención

Por eso, ya no tiene importancia cuál fue la intención que guió originalmente el envite del gobierno (el propio gobierno ha ido cambiando sobre la marcha su idea de los interlocutores y su concepción sobre el documento). Lo que importa es que empieza a haber consenso sobre la necesidad de consenso. Eso es una revisión práctica.

La necesidad del acuerdo está consagrada. Los 10 puntos del Presidente han servido para darle más movimiento a una idea que ya estaba en movimiento: no son un punto de llegada, pero funcionan como nuevo punto de partida.

Macri ha convocado a la CGT y a los empresarios. Ya recibió a Daniel Scioli y a varios gobernadores. También invitó a Cristina de Kirchner: cumplió así con lo que le le había prometido a Sergio Massa.

La señora de Kirchner no respondió a los 10 puntos, pero expuso en la presentación de su libro que también quiere un acuerdo: ella lo llamó “nuevo contrato social de ciudadanía responsable”. Por ahora es más título que detalle.

Roberto Lavagna dijo que acudirá al diálogo con su propio punteo, que no condena las tratativas con el Fondo Monetario Internacional y le pide al gobierno que empiece a renegociar los acuerdos para poder cumplirlos; sostiene que una estrategia que apunte al crecimiento hará posible -con participación sindical, como ya ocurrió en Vaca Muerta- la reforma laboral que el gobierno no pudo encaminar todavía. Miguel Pichetto había estimulado a Mauricio Macri a cambiar tras asegurar en Estados Unidos, ante banqueros y fondos de inversión y “en defensa de la Argentina”, que el peronismo alternativo sostendrá el cumplimiento de las obligaciones contraídas por el país.

La atmósfera del acuerdo se extiende a través de la diversidad. El gobierno convocó y ahora debe llevar a puerto su iniciativa. Hay condiciones, como lo señalaron los obispos argentinos desde Roma, donde participan de las audiencias ad limina con el Papa: “es muy importante favorecer un ámbito de diálogo para la búsqueda de consensos en torno a una agenda abierta y sensible a la realidad nacional, a la vida de los más pobres y al proyecto de país que soñamos y queremos (...) esa instancia debe ser para escuchar detenidamente las prioridades de cada uno y, luego de una escucha atenta, buscar elaborar una agenda consensuada (...) debe ser el resultado de un encuentro y no anterior a él”.

Se trata, en verdad, de construir una política de unión nacional, que no es ni hegemonía facciosa ni unanimidad sino armonía en la diversidad.

No se trata de una suma de palabras, sino de una gramática

La política se reorganiza a partir de la búsqueda de ese consenso. Las alianzas las oposiciones y las afinidades tienen ese consenso básico como eje reordenador de una nueva etapa.

El futuro ya no es lo que era antes. El próximo gobierno sólo podrá pararse sobre un acuerdo.

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