Trump y Macri: dos outsiders frente a la corrección política

Jorge Raventos
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El inicio del período presidencial de Donald Trump en Estados Unidos inevitablemente implica la apertura de un nuevo escenario mundial, por el momento lleno de incógnitas,  en el que Argentina deberá moverse. Por Jorge Raventos

 

 

La perplejidad  ante el fenómeno Trump no es una exclusividad local. Más allá de las corrientes ideológicas que – más por prejuicio que por conocimiento- dan por sabido cuál será el comportamiento del inminente jefe de la Casa Blanca, estadistas y estrategas políticos y empresariales contienen la respiración y se mantienen a la expectativa.

 

Los ministros de Mauricio Macri que asisten en Davos a la sesión anual del Foro Económico Mundial pudieron comprobar esa mezcla de inquietud e incerteza en la mayoría de los asistentes a ese encuentro de elite.

 

Contra Washington

 

El discurso de asunción del flamante presidente –una pieza corta, de frases breves, efectistas y efectivas- marcó una continuidad consecuente con la campaña que lo llevó a la Casa Blanca. Si alguien  sospechaba que Trump iba a cambiar su estilo y su mensaje súbitamente, ese alguien se sentirá decepcionado. Los  adversarios acérrimos del mandatario están conformes: Trump  confirmó en principio los rasgos que los hacen aborrecerlo (y temerle). Habló con lenguaje llano y franco, sin concesiones a la “corrección política”. Cuestionó sin pelos en la lengua a “Washington”, es decir a la elite tecnoburocrática y política a la que responsabilizó de haber permitido “una carnicería” social y económica en perjuicio de trabajadores, productores y clase media estadounidenses, el público al que prioritariamente se dirige.  Reiteró su promesa de recuperar inversiones y empleos. Aseguró que “restauraría” la grandeza de su país y confirmó un rumbo proteccionista. Convocó a la unidad, pero ignoró a los partidos políticos (tanto a demócratas como a republicanos). De la política argentina hubo dos testigos directos del discurso: el embajador Martín Lousteau  (de quien se había asegurado erróneamente que antes de ese instante habría cesado en su cargo) y el opositor Sergio Massa. El gobierno de Macri (que había expresado su apoyo electoral a la señora Hillary Clinton) no envió ningún representante especial aunque  aguarda discretamente un encuentro entre ambos presidentes que ocurriría en mayo, en Washington. Macri había  establecido un vínculo cordial con Barack Obama, un  líder políticamente correcto que deja el cargo favorecido por las encuestas y los medios.

 

Proteccionismo y economía mundial

 

Las diferencias  entre  Trump y  Obama, son muchas pero quizás la más notoria resida en un rasgo del primero: su imprevisibilidad. Obama, político profesional con una carrera a sus espaldas, aparecía como un personaje c alculable y cauteloso. Trump, un outsider, sólo puede ser medido por su estilo ejecutivo y controversial,  su caudalosa retórica en Twitter y  su trayectoria como hombre de negocios y figura de la comunicación.

 

En cualquier caso, la previsibilidad de Obama tuvo sus límites. Véase, por caso, un punto en el que se roza con Trump: en  su condición de candidato desafiante de George Bush, ocho años atrás, Obama  proponía renogociar acuerdos comerciales (como el NAFTA) para defender el empleo industrial de los estadounidenses. Que hoy su sucesor sostenga el mismo objetivo indica que Obama no  cumplió aquella promesa  y, probablemente, señala que no es tan sencillo (jurídica, política y económicamente) pasar de las palabras a las cosas.

 

 Ahora Trump deberá calcular, desde la Oficina Oval, cuántos compromisos internacionales está dispuesto a romper, cuál es el costo político de hacerlo, con qué capacidad de retaliación cuentan sus socios que se sientan afectados y, en definitiva, cuál es el balance de pérdidas y ganancias para las empresas  norteamericanas que determinaría una quiebra de las cadenas de suministros y de valor internacionalmente integradas sobre las que operan.

 

Muchas de sus ideas no se resuelven por decreto, sino que requerirán apoyo del Congreso (donde hasta  entre el bloque más afín, el de los republicanos, se reclutan encarnaciones típicas del “Washington” que él vitupera).

 

Hay objetivos más  fáciles de cumplir que otros. Puede (ya ha empezado a hacerlo) comenzar la desarticulación del plan de salud que puso en marcha Obama, pero necesitará consensos parlamentarios para  poner en pie un plan de reemplazo. Puede continuar el muro que corre ya por  unas ochocientas millas de frontera con México, reiniciado dos décadas atrás por Bill Clinton y prolongado por sus sucesores;  y puede también expatriar extranjeros (Obama mismo expulsó más de dos millones de mexicanos en su período) con menos obstáculos que  los que encontrará en un desafío a la integración económica mundial que las firmas estadounidenses protagonizan.

 

Sin duda el nacionalismo que expresa Trump con su principal lema (“Hacer grande a América”) y que le permitió encarnar el sentimiento del Estados Unidos profundo va a colorear su  presidencia. Pero es posible que deba contener  la aplicación de las recetas que  propagó en las vísperas. Probablemente la realidad lo obligue al gradualismo.

 

Causas del gradualismo

 

El gradualismo no es un monopolio  del gobierno deMauricio  Macri. Se llega al gobierno con ciertas ideas y después hay que acomodarlas a las circunstancias que plantea la realidad.  Esta semana, Macri  desplazó de sus equipos (presidencia del Banco Nación) a Carlos Melconián, el economista más destacado y el que mejor parecía representarlo en tiempos de la campaña electoral.  Irónicamente, su desplazamiento ocurre días después del alejamiento de Alfonso Prat Gay, un colega que ocupó en primera instancia el Palacio de Hacienda, al que Melconián parecía predestinado un año atrás. Uno y otro fueron apartados en nombre del gradualismo y del “espíritu de equipo”, dos condicionamientos a los que el gobierno se somete respetuosamente.

 

El “espíritu de equipo” es la terminología con que la Casa Rosada llama al disciplinamiento. Ni Melconian, ni Prat Gay, ni la apartada jefa de Aerolíneas Argentinas, Isela  Costantini  se inclinaban religiosamente ante los ucases de la superioridad de Balcarce 50; cumplían con eficacia su labor pero sostenían sus propias opiniones divergentes. No deja de ser irónico que el gradualismo, con el que la Casa Rosada aspira a “hacer política” ante la reivindicación de los sectores laborales,  se llevara puestos a  dos funcionarios (una alta ejecutiva y un economista etiquetado como neoliberal) que exhibieron hasta el  final de su gestión  un fuerte respaldo de trabajadores y gremios a su cargo.

 

El gradualismo de Macri quizás precede al de Donald Trump, cuya política sin embargo, con o sin gradualismos, pasa a convertirse en un condicionante significativo de la estrategia argentina.

 

Los enviados de Macri al Foro de Davos trataron de promover la inversión en la Argentina y el interés por el país. También tomaron nota de quién fue el principal orador de este año en ese gran escenario del capitalismo y la globalización: el presidente de China, Xi Jinping.  Telegrama a Trump y una notificación al mundo: si Estados Unidos provoca daños al protegerse y cerrarse,  no por ello la globalización cesa.  Otros  parecen dispuestos a tomar el testimonio.

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