Herencia, casualidad y causalidad

Economia
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Los investigadores de Princeton Cesar Zucco y Diana Campello estudiaron los ciclos políticos y económicos de los países latinoamericanos desde el regreso de sus democracias, en los años 80. Los autores

construyeron un “índice de buenos tiempos”, ponderando por igual la tasa de interés internacional y el precio de los commodities. Munidos de ese indicador de “viento a favor”, los científicos descubrieron que había una alta correlación con el PBI de 10 de los 18 países de la muestra, en los que el acceso al crédito barato y los buenos precios de sus productos de exportación explicaban los vaivenes de la economía local. Más aún, cuando miraron la correlación entre la actividad y las elecciones, encontraron un resultado notable; cuando las condiciones externas eran mas favorables, aumentaba hasta un 50% las chances de que fuera reelecto el oficialismo.

Pero si la sociedad no tiene la capacidad de distinguir un shock externo circunstancial, de las políticas domesticas que dictan sus gobiernos, es muy probable que tiendan a pensar que las mejoras salariales que obtienen en épocas de bonanza externa son permanentes y no transitorias, dificultando las correcciones cuando las condiciones no son tan buenas.

El votante mediano ni siquiera necesariamente conecta la abundancia de dólares y su precio barato con la mejora que experimentan los salarios reales, aunque, como nos enseñan las investigaciones de Pablo Gerchunoff y Martin Rapetti, esa relación sea casi tan exacta como la ley de la gravedad.

El caso argentino

Una de las cosas mas interesantes para nosotros del trabajo de Zucco y Campello es que Argentina es, de hecho, el país cuyo ciclo económico se ve más impactado por las condiciones internacionales y donde, agrego yo, más espectacular es la correlación entre ese viento a favor y los ciclos políticos. Vamos a comprobarlo mirando los términos de intercambio de los últimos 160 años.

La relación entre los precios de las exportaciones y los de las importaciones nunca fue tan favorable como en los cinco años que van de 1946 a 1951, durante el primer peronismo. Los términos de intercambio llegaron a estar 46% por encima del promedio histórico, en ese lustro.

En 1973 hubo otro pico, pero desapareció rápido al año siguiente y se hundió aún más en 1975. Los precios internacionales volvieron a repuntar fuerte a partir del 2005 y cerraron el tercer superciclo con el boom de la soja a 640 dólares en 2012.

Esos tres momentos históricos coinciden con una abundancia transitoria de divisas para el país, que permitió tener el dólar más barato en términos reales, haciendo que los salarios lucieran particularmente poderosos, sobre todo en términos de bienes transables como los alimentos, o los durables aspiracionales de la clase media. En los tres casos, el regreso a la media de los salarios reales fue traumático y políticamente tumultuoso.

El peronismo emergió de esa coyuntura internacional tan favorable de la posguerra como una construcción simbólica que conectó en el imaginario popular la suba de salarios producida por los dólares baratos de los supertérminos de intercambio, con la política. Sesenta años después, repitió la formula.

Pero no es solo suerte, porque tanto en el segundo gobierno de Perón, como en el de Cristina, el poder político tomó la decisión de pisar el dólar para prolongar la plata dulce, porque reconocer que los precios internacionales ya no empujaban tan fuerte hubiera obligado a devaluar y dejar al descubierto la fantasía populista; confesando que los reyes eran las condiciones externas y pagando el costo político del desengaño.

Simplificando, tal vez de manera exagerada, esta historia resume el corazón del problema de un país condenado a una ilusión de riqueza, que lo lleva a confundir casualidad con causalidad; buena suerte con buenas decisiones.

El último superciclo

El boom de la soja del 2005-2012 generó abundancia de dólares a la economía; con esa holgura el sector público y el privado elevaron sus niveles de consumo, porque tanto los salarios como los recursos tributarios medidos en dólares eran altos, pero el problema llegó cuando la soja dejó de subir y en vez de venderse a 600 dólares pasó a cotizar la mitad. En rigor, los productos que importaba Argentina también bajaron de precio, pero como el derrumbe en el valor de las exportaciones fue mayor, los términos de intercambio cayeron un 13% hacia finales del 2015. La prueba de esta ilusión de riqueza es que mientras las cantidades exportadas cayeron 6% entre 2005 y 2015, las cantidades importadas volaron 82%. Con ventas al exterior congeladas, solo era posible sostener ese nivel de importaciones con superprecios de commodities.

La consecuencia del exceso de consumo privado, por encima de los bienes producidos, fue el déficit externo (cuenta corriente), mientras que la resultante del exceso de consumo público fue el déficit fiscal.

Con el advenimiento del nuevo gobierno, a partir del 2016 se eligió una estrategia gradualista de ajuste del déficit público, financiada con endeudamiento externo, cuyo producto fue una segunda oleada de dólares baratos, que volvieron a hacer subir los salarios en moneda dura, agravando el déficit de cuenta corriente.

La megadevaluación del 2018 corrigió el déficit externo, pero no resolvió el problema fiscal, que de hecho se agravó, porque la carga de intereses de la deuda en dólares se hizo más onerosa (subió 107% en los primeros 9 meses de este año).

El próximo gobierno, gane quien gane, enfrentará un problema parecido al que tendría la famosa pareja del comercial del banco si le cortaran la tarjeta de crédito. Marcos podría seguir gastando por encima de sus posibilidades, pero solo en la medida que use el dinero de Claudia, quien deberá ajustarse a la fuerza. El flamante presidente heredará un déficit financiero del orden de 4% del PBI y con el FMI en stand by, deberá tomar una drástica decisión; o ajusta, volviendo el gasto a los niveles que tenía cuando la soja valía 300, o fuerza la contracción del sector privado que tendrá que ahorrar más (poco probable, porque debería consumir menos), o invertir menos, frenando la economía.

La única alternativa al ajuste es que logre desarrollar una arquitectura jurídica que le permita traer al presente la riqueza de las futuras explotaciones de Vaca Muerta y Los Monos, como también las de la minería y otros proyectos de inversión con la capacidad de generar rentas, convenciendo al mundo de que el problema de Argentina no es de solvencia sino de liquidez.

La lección es que los caminos cortos, de subas de salarios reales que no tienen como contrapartida una mejora de productividad, no resultan sostenibles en el tiempo, cuando los precios internacionales entran en la fase descendente, o cuando se agotan las posibilidades de endeudamiento. Entonces el sector privado vuelve a sus posibilidades de consumo sin anabólicos y el sector público se tiene que ajustar. Si se niega a hacerlo, obliga al sector privado a caer aún más para financiarlo.

El populismo es el arte de esconder esta restricción, disfrazando la casualidad de causalidad, hasta que le toca enfrentar en carne propia la escasez de divisas.

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