El club de argentinos repatriados para desarrollar software

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Por María Sol Porta

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Son matemáticos, ingenieros, doctores en Física, programadores de carrera y autodidactas. A algunos su conocimiento los llevó a ganar olimpíadas, a otros incluso los metió en problemas. Crecieron y llegaron a trabajar en empresas como Facebook o Microsoft en Estados Unidos y volvieron porque encontraron en la Argentina una oferta más interesante. Ninguno de ellos supera los 30 años. Y tienen otra cosa en común: todos ellos trabajan en la misma empresa y se dedican a la investigación aplicada en inteligencia artificial y machine learning.

Este ecosistema particular se vive en la filial local de ASAPP, una compañía norteamericana fundada por Gustavo Sapoznik, un hijo de argentinos que llegó al país hace 8 meses para desarrollar productos nativos en inteligencia artificial, impulsados a partir del énfasis puesto en machine learning y la investigación científica. Es la primera expansión de esta empresa, que hasta ahora tenía oficinas solo en Nueva York y San Francisco.

“La Argentina tiene un talento tremendo en desarrollo de software”, explica Santiago Tagle, su Operations manager a nivel local. “Si hacés doble click adentro de ese talento, te encontrás con que hay mucha gente muy inteligente queriendo incursionar en el machine learning y no existen tantos lugares donde puedan hacerlo”, añadió el ejecutivo.

De hecho, la oficina argentina está en etapa de crecimiento: hoy son 40 personas y para fin de año se calcula que serán 100. “En otras grandes organizaciones, machine learning es solo un departamento. Acá es el core de lo que hacemos. Eso es un diferencial”, indica Victoria Charra, directora de Talent Acquisition de ASAPP.

Axel Sirota es licenciado en Matemática de la UBA, con especialización en probabilidad y estadística. Fue medalla dorada de las Olimpíadas Iberoamericanas de Biología ¿Qué lo atrae a la hora de decidirse por una empresa para trabajar? “En mi caso, que haya un fuerte núcleo de investigación. Otros lugares pueden hacer machine learning implementando modelos. A mí me gusta desarrollarlos”, destacó.

Cultura organizacional A contramano de la crisis, el sector del software registró un incremento del empleo (5,8% al tercer trimestre de 2018, de acuerdo con el último relevamiento del Observatorio Permanente de la Industria del Software y Servicios Informáticos - OPSSI- elaborado con datos del Ministerio de Trabajo). Es un mercado con demanda insatisfecha de talento, en el que a veces la solución pasa incluso por repatriar a los que se fueron.

La lista es larga: Iván Itzcovich es ingeniero informático del ITBA, donde obtuvo el mejor promedio de su camada y trabajó en Microsoft. Julián Eisenschlos, ganador de olimpíadas de matemática y finalista de un mundial de programación, se desempeñó en Facebook, también en EE.UU. Sebastián Prillo, otro finalista en un mundial de programación, fue empleado en ambas compañías e incluso migró a Francia en busca de un mejor ámbito para la investigación. Todos tenían ofertas para quedarse, pero hoy hacen chistes en la misma oficina de Buenos Aires. “No eran proyectos interesantes”, resume Julián con sencillez. “Nos gusta trabajar en este campo, en esta tecnología específica”, acota Iván.

También buscan aprender en un ámbito de cooperación y reciprocidad. “Tratamos de construir un espacio de colaboración donde las jerarquías tengan que ver con facilitar la operación y no con poner estructuras de control arbitrarias. Por ejemplo, hace un tiempo vi algo que no estaba bien y escribí un informe. El vicepresidente me respondió desde Estados Unidos en menos de 24 horas”, cuenta Joaquín Sorianello, uno de los líderes de equipo.

En otros ámbitos, una actitud semejante tuvo otro resultado. Programador autodidacta, en 2015 Sorianello alertó sobre una falla de seguridad en el sistema de votación por Boleta Única Electrónica de la Ciudad. Como respuesta, recibió un allanamiento de su casa y un proceso judicial por el que terminó sobreseído, al comprobarse que no había intentado dañar el sistema sino avisar a la empresa sobre sus debilidades. Hoy se preocupa en fomentar e incentivar la curiosidad. “La visión que se tiene de los investigadores argentinos es que resolvemos problemas con poco capital. Buscamos soluciones de ingeniería con costos bajos”, añade.

Otra característica distintiva es que el 30% del equipo local está compuesto por mujeres, superando la media para empresas de desarrollo de software, que es del 10%. Las chicas todavía son minoría en el mundo de la programación, incluso desde la etapa de formación. Antonella Schiavoni, egresada en Ciencias de la Computación de la Universidad Nacional del Noroeste de la Provincia de Buenos Aires, recuerda: “Allá en Junín, en la primera clase de primer año éramos 20 mujeres sobre 100 alumnos. Nos recibimos cinco, de los cuales dos éramos mujeres”. Hoy trabaja en el equipo de machine learning y cursa una maestría de Data Mining en la UBA.

Si bien no hay límites de edad a la hora de la contratación, la afinidad por las nuevas tecnologías y la búsqueda de espacios de investigación tiende a resultar en equipos muy jóvenes, con integrantes que se consideran pares, pese a las diferentes posiciones que ocupan. “La idea es buscar un trabajo colaborativo. La misma tarea hace que uno tenga que aceptar muy rápido las cosas que no sabe hacer y solicite ayuda a otros compañeros”, advierte Sorianello. “La verdad es que no sentimos que estamos haciendo rocket science. Es más bien un trabajo artesanal, que muchas veces se parece más al de un maestro mayor de obras”, completa.

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