Trump le tomó examen a Alberto con el incidente venezolano

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El hermetismo de los funcionarios del nuevo gobierno hace incomprensibles para el público incidentes como la negativa del enviado de Donald Trump a participar en la asunción de Alberto, diz que

enojado porque vio un venezolano inconveniente. ¿Tamaña calentura era el comienzo de una guerra o, como parece, una forma de los americanos de abrir una negociación con el método del policía bueno y el policía malo? Se supo a partir de las numerosas reuniones que mantuvieron los enviados de Washington con ministros —Ginés visitó al de Salud en la embajada de los Estrados Unidos— periodistas, consultores y formadores de opinión y académicos, con quienes cambiaron figuritas en las dos maratónicas jornadas que pasaron en Buenos Aires, con sede principal en el palacio Duhau de la calle Posadas. El policía malo fue Mauricio Claver-Carone, director de Asuntos del Hemisferio Occidental en el Consejo de Seguridad Nacional, es decir el ala que reporta de manera personal a Trump. Actuaron de buenos el ministro de Salud, Alex Azar, y el subsecretario de Estado para América Latina, Michael Kozak, también un halcón, pero que es diplomático y reporta a la burocracia de la casa, a cargo de Mike Pompeo. Estos dos fueron a la jura sin problema. Les preguntaron sobre la rabieta de Claver —un hard liner cubano americano— y respondieron: es un gesto. Ante la repregunta, “nuestro presidente nos pidió que ayudemos al gobierno de Fernández, y nos hacen este agravio de traer a un venezolano que tiene restricciones de circulación por disposición del Tiar” (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, un arma herrumbrada y en desuso que data de la Guerra Fría). Ilustran el argumento con el gesto del piquete de ojos, de Titanes en el Ring. ¿Rompen? No, es apenas un gesto, sigamos hablando. O sea, te estamos tomando examen. La pacífica transición entre los dos presidentes abundó en jugosos desajustes de agenda. Permitió abrir canales informativos cerrados por el hermetismo absurdo de los políticos, que aman más el secreto que al dulce de leche. Creen en la tontería de que el secreto es la clave de una buena táctica, cuando es una prueba de debilidad. Alimenta prejuicios, imaginaciones recalentadas, algo embromado cuando la confusión requiere narrativas claras y explicaciones racionales. El relato, como género, es la representación de la característica esencial del ser humano, la temporalidad. Busca exorcizar los efectos de la ignorancia, y disipar el miedo que genera la incertidumbre. Los grandes relatos exorcizan el miedo más grande de todos y que los explica a todos, que es el miedo a la muerte. Por eso el hombre ama los relatos y los pide desde la cuna hasta la extremaunción. Contar alivia.

La prueba final: logró que Maduro largue presos

El trasfondo fluye por las grietas de una trama de desencuentros. Los argentinos cuando hablan ahora con los americanos no saben con quién lo hacen, si con el NSC de Claver o con la cancillería de Kozak. Ellos tampoco saben si hay vocería unificada de este lado. Aparece un civil, hotelero, llamado Gustavo Cinosi, un argentino que se pone del lado americano de la mesa, que fue años atrás un alto entornista del renacido Carlos Zannini, cuando este era secretario presidencial. Tampoco saben los americanos si las relaciones con su país las maneja aquí Jorge Argüello, a quien llaman embajador desde antes de que lo confirmasen, o Gustavo Béliz, que aporta soluciones originales a la crisis venezolana, inspiradas en charlas con otros americanos. O si lo hace Felipe Solá, canciller presente en todas las reuniones, desde antes de las elecciones. Tampoco saben de las fricciones internas del Gobierno. No tienen acceso al universo de los afectos en la cúpula del poder. A Cristina le atribuyen poder —que lo tiene, pero sobre el que muchos exageran para sacar provecho—, pero deberían saber que no los tiene ni a Argüello ni a Béliz en su corazón. Los requiere porque manejan botoneras y agendas que el Gobierno necesita. A Solá no lo quiso de candidato a presidente, pero fue al primero que confirmó en el cargo que ahora tiene en el Gabinete. De lo que no dudan es de que Alberto Fernández maneja su Gabinete y produce cosas como nadie. Algunas seguramente Cristina no las conoce, ni las compartiría. Por ejemplo, cuando Elliot Abrams se reunió a solas con él en la primera semana de noviembre, el americano le pidió que interviniese ante Nicolás Maduro en favor de la liberación, a prisión domiciliaria, de cinco americanos detenidos por su gobierno. Abrams, que se desayuna con bulones de lo duro que es, lo sometía a una prueba de fuego y de autoridad. Fernández se tomó su tiempo, lo llamó a Maduro y le trasladó el pedido. Maduro respondió que eran presos comunes por delitos económicos, y que eran en realidad venezolanos, a quienes les habían dado la nacionalidad americana, cuando ya estaban presos. Nicolás, por favor, te lo estoy pidiendo. Los soltaron y se fueron a la casa. Después de todo, Alberto es un penalista, para algunos un sacapresos.

“¿No esperarás que le agradezca al FMI, no?”

Fernández creyó que ganaba un amigo, pese a que su ladero Jorge Argüello, que tiene largo recorrido como cónsul en Nueva York y embajador en Washington, le explica: “Alberto, nunca te van a agradecer nada”. Alberto vino de aquel viaje con el ánimo agridulce. No entendía qué hacía Cinosi organizando esas altas reuniones, cuando es sólo el asesor de Luis Almagro en la OEA. También estaba picado por otro cruce amargo con Claver, que apareció en aquellas reuniones mexicanas en jeans gastados. Alberto estaba de traje de juzgado Comodoro Py —riguroso dress code de abogado, nunca sin corbata—. Cuando se sentó le dijo que él había votado, cuando era director ejecutivo Interino de EE.UU. ante el Fondo Monetario Internacional, la aprobación del envío de US$40.000 millones a la Argentina. Alberto, que es un amargo porteño, respondió con un rictus: no esperará que yo le agradezca eso. Se fueron ya US$30.000 millones. En sus reflexiones posteriores, Alberto no sabía si era una broma o que Claver ignoraba sus críticas al acuerdo con el FMI. En esa charla, Fernández se comprometió a permanecer en el Grupo de Lima, pero le dijo que eso iba a fracasar. También los gozó un poco al recordarles que nada les funcionaba a ellos con el respaldo a Guaidó. En verdad, los había hecho fracasar.

La herencia recibida: un risotto recalentado

Más se enojó el miércoles ante Kozak, con el desplante de Claver de no asistir a la jura. Alberto reveló otra intervención discreta ante Maduro: lo llamé y le dije que era mejor que no viniera a mi jura, que me creaba problemas. Le respondió que le costaba aceptarlo, pero se rindió. Pero te voy a mandar a alguien. Mandá al que quieras. Chau. Y a quien mandó fue a Jorge Rodríguez, ministro para la Comunicación y la Información, que es como ser ministro de Marina en Bolivia, ministro de lo que no hay. Figuraba en la lista negra, lo podían haber frenado en Migraciones, pero ¿a quién frenan en Migraciones? ¿Justo a éste? Y menos si llega en un avión privado turco, y con una documentación gemela que disfraza su identidad. Si acá en las fronteras no frenan a nadie. El enredo se empasta porque ese ingreso ocurrió en las horas cuando Macri era aún presidente, o sea que entró cuando gobernaban los enemigos de Maduro. En esas charlas de Casa de Gobierno del miércoles, estaban Kozak —que practica un castellano tarzanesco— y el embajador Edward Prado, que sí tiene un rico uso del idioma, como hijo que es de una dinastía hispánica culta de Tejas. Pero no hubo intérprete simultáneo. El diálogo se empastó, pese a que del otro lado estaban Béliz, Argüello y Solá. Le quedó claro a Alberto otro pedido: que la Argentina negocie con los chinos lo que quiera, pero no en materia de telecomunicaciones y especialmente con la firma Huawei. El mismo mensaje que le había traído Sergio Massa de su viaje a Washington en octubre. Les pueden escuchar todas las llamadas en la base que ellos tienen en el sur, en Neuquén. Del otro lado de la mesa le respondieron: ¿y en la que ustedes tienen, también en Neuquén, no pueden hacer lo mismo? Ahí trastabillaba ya el castellano del visitante. Algún maligno agregó: y en Malargüe, donde hay una base de la Unión Europea, ¿no nos pueden pinchar ahí también los llamados? Naufragaba todo, y Alberto advirtió que les estaban sirviendo un risotto. El mismo menú que le había ofrecido Macri el día anterior a la mesa estratégica de Cambiemos. ¿Un sobrante? ¿Risotto recalentado? Alberto alzó el bigote y reclamó airado: ¿cómo les traen un risotto? Por favor, que marchen unos bifes.

Macri, la leyenda continúa en Olivos. Se opera y silencio hasta abril

Igualmente intensos son los movimientos de Mauricio Macri, que prolonga el envión de gestión como si siguiera gobernando. El mismo 10 de diciembre, cuando ocurrían estos sketches, ya despachaba en sus nuevas oficinas, a walking distance de la residencia de Olivos, unos 500 metros, sobre avenida del Libertador al 2700, esquina Alberdi. Recibió a amigos y a exfuncionarios en salones en donde sigue mandando Anita Moschini, secretaria de cabecera que acompañó a su padre y a él en todos los cargos que ha tenido. También Darío Nieto, secretario personal, y el que fue secretario general de la Presidencia, Fernando De Andreis. Sus inquietudes son el programa parlamentario del verano, la situación de las fuerzas de la nueva oposición, los detalles de la sucesión de Humberto Schiavoni por Patricia Bullrich en el Pro, los incidentes previos a la reunión este lunes de los radicales, para elegir nuevo presidente del Comité Nacional. Los tantos están a favor de Alfredo Cornejo, para reelegir con 2/3 de los votos, y se divierte con la puja entre Gerardo Morales y Enrique Nosiglia para la Secretaría General. A Macri lo inquieta el silencio de los radicales ante su pedido de que designen, en nombre del partido, a Miguel Pichetto. Es difícil que eso ocurra, porque no existe el radical que vote a uno que no es radical, para un cargo que es los radicales. Réplica: pero les cumplimos y les dimos la silla en el Consejo de la Magistratura que pedían, cuando le correspondía a Laura Rodríguez Machado. El martes se hace la primera reunión de la mesa estratégica de la nueva oposición. Será en la sede del Pro en la calle Balcarce, edificio que compró José Torello, apoderado, con fondos aportados por empresas. Ahí quedará pergeñada la estrategia en el Congreso: 1) sí darán quórum a las leyes que pide el Ejecutivo; 2) rechazar los superpoderes y sus eufemismos; 3) que no se desvíe la emergencia sanitaria para darles fondos a las obras sociales sindicales; 4) interceptar con violencia la campaña oficial de “tierra arrasada”. Sobre ninguno de esos temas Macri abrirá la boca. Silencio hasta abril próximo. Después, al quirófano. La semana que viene lo operan de una rodilla y de algo en la cadera. Antes de salir de vacaciones durante todo enero, a La Angostura.