El debate presidencial dejó en claro que hay grieta para rato

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El sociólogo Zygmunt Bauman acuñó el término "líquido" -Modernidad líquida- para predecir hacia dónde iría la sociedad actual; navegaría en un mar de cambios constantes, de transitoriedad, atada a factores educativos,

culturales y económicos. Decretó el fin de la era de la modernidad sólida, aquélla que conservaba sus formas, valores y que persistía en el tiempo. Podría decirse que la Argentina evolucionó a la par del resto del mundo, al ritmo previsto por Bauman, el líquido. Pero políticamente, se quedó detenida en el tiempo, en la fase sólida.

"Antinomia", "polarización" o "grieta", son términos que renacen, se retroalimentan, y siguen vigentes en la política argentina. La última versión tuvo origen hace algo más de 11 años, en el gobierno de Cristina Kirchner, con el conflicto con el campo.

Mauricio Macri. Foto: AP Photo/Natacha Pisarenko

Mauricio Macri. Foto: AP Photo/Natacha Pisarenko

"Terminemos con la grieta y empecemos a construir puentes", decía Mauricio Macri en octubre del 2015, tras la primera vuelta frente a Daniel Scioli, forzando un balotaje que lo conduciría a la Casa Rosada. Pero, contrariamente a lo que muchos pensaban, nunca llegó el fin de la confrontación, sino la utilización electoral del macrismo de esa rivalidad.

La historia se repitió cuatro años más tarde. Tras las PASO, Alberto Fernández hablaría de la necesidad de cerrar la grieta entre todos, porque él también había sido una víctima de la intolerancia y no podíamos seguir viviendo esa locura. Tal vez siga pensando lo mismo. Pero en el último mes de campaña, ni Fernández ni Macri dieron muestras de concluirla, sino que la reavivaron.

De hecho, en la multitudinaria convocatoria de Macri al Obelisco, aludió al kirchnerismo al asociarlo con el dedo acusador o las "canchereadas" de su candidato y presentarlo como algo que rechaza el votante de Cambiemos. El propio Alberto F. se ocupó, durante distintos pasajes de la campaña, de calificar de mentiroso y desvergonzado al Presidente; e incluso Cristina dio a entender que Macri va a tener que rendir cuentas, tal vez ante la Justicia, si el 10 de diciembre abandona el poder.

El debate de anoche confirma lo que parece ser una regla, la confrontación de dos sectores que sienten mutuo rechazo y que apenas conviven. Sólo se filtraron tibias propuestas. A diferencia del debate de Santa Fe, esta vez Macri y Fernández jugaron el rol esperado: el Presidente al ataque, para reducir la brecha, y el candidato opositor tratando de regular sus dichos y de contenerse -algo que había sido muy cuestionado en la semana-, para administrar la diferencia a su favor. Los dos intentaron capitalizar el "somos distintos", "no nos parecemos en nada".

La estrategia de Macri fue clara desde el arranque. La blanquearía con una frase en medio del debate: "El kirchnerismo y Alberto Fernández son lo mismo”. Así, buscó exponerlo como ex Jefe de Gabinete de Néstor y Cristina y ligarlo a la corrupción K.

Fernández hizo foco en la "operativo autocontención". Hablar tranquilo, pausado, con tono cordial. Pero esa fórmula no le sirvió para contrarrestar las frecuentes acusaciones de Macri. La consigna que utilizó en el minuto final del cruce, también denotó su táctica. "Que en la grieta se queden ellos. Vamos a abrazarnos todos". Aunque los adversarios no ahorraron epítetos. Alberto aseguró que Mauricio mintió. Y Macri dijo que no le creía nada a Fernández.

Bucear en el pasado de su oponente fue la constante del mandatario. Utilizó a otro candidato, Lavagna, al recordar que el ex ministro de Economía se fue del gobierno de Kirchner en 2005 denunciando la cartelización de la obra pública. Un escándalo, pese a lo cual Alberto F. permaneció en aquélla administración. Eso fue lo que le subrayó Macri.

La lista con esa prédica fue extensa. Habló de falta de lucha contra el narcotráfico, el encubrimiento del atentado a la AMIA, la Conadep para los periodistas, el decreto que intervino el Indec. Buscó comparar gestiones, compulsando el drama de las inundaciones en La Matanza con la solución a las anegaciones en la Ciudad.

De entrada Alberto F. se sacó de encima la polémica del dedo acusador, justificando que sólo lo usa para marcar. Rechazó las críticas pero casi no volvió a utilizarlo. Se presentó como alguien con formación académica. Abogado recibido en la UBA y a la vez docente de esa casa de estudios.

Haciendo gala de que la mejor defensa es el ataque -aunque no le alcanzó-, Alberto replicó las denuncias de corrupción. Primero dejó en claro que no tiene ninguna causa; luego desplegó un manto de sospecha sobre "el clan Macri", la familia, los "amigos" y le advirtió que si deja el poder lo esperan más de cien causas para ser investigado. Dio algunas pistas; la concesión de los parques eólicos, el Correo y el blanqueo que hizo su hermano Gianfranco Macri. ¿Será la próxima agenda de la justicia federal si Macri finaliza en diciembre?

Alberto Fernández. Foto:Juan Mabromata / AFP

Alberto Fernández. Foto:Juan Mabromata / AFP

No siempre se sintió cómodo. Como cuando intentó diferenciarse de la imagen del kirchnerismo en su relación con los medios. Dijo que venía dando entrevistas a todos, y afirmó: "Fui a mis principales opositores a que me pregunten". Poco feliz.

El debate fue amontonando tensión. El que mejor lo describiría fue José Luis Espert: "Cómo se tiran misiles entre el señor Presidente y el principal candidato de la oposición". Lo mismo Roberto Lavagna, quien habló de "los crujidos" de ambos.

La noche terminaría con la profundización de la grieta, que confirma que no hay atisbos de que vaya a quedar atrás en el próximo gobierno, sea del signo que fuere. La agresión verbal fuera de escena entre Macri y Fernández, porque éste último había aludido al padre del mandatario, fallecido en marzo de este año, lo ratifica.

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