Cristina Kirchner se dedica a la campaña permanente y Alberto Fernández a forjar su modelo

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El martes a las 7.30 de la mañana, cuando leía los diarios y repasaba el discurso que iba a brindar unas horas más tarde en el Congreso, Alberto Fernández desconocía que

en el despacho presidencial de la Casa Rosada se movían con sigilo nueve personas y dos perros. Cinco hombres del Servicio de Seguridad Informática de la Casa Militar hacían un barrido: rastreaban micrófonos en el escritorio que hasta el día anterior había utilizado Mauricio Macri, supervisaban el baño y pasaban los detectores por sillones y sillas, mientras los labradores usaban el olfato para descartar la presencia de artefactos explosivos. Cuatros granaderos -quietos, serios, aunque con la obligación de estar atentos-, registraban la escena. “Listo. No hay nada”, dijo un oficial después de 40 minutos de operativo.

Se trataba de la primera rutina protocolar de la nueva era. El Presidente no se lleva bien con este tipo de cuidados. Sus custodios anduvieron a los saltos los primeros días. Fernández los descolocó el mismo martes, cuando empezaron los recitales populares en Plaza de Mayo. Recibió un mensaje del cantante de la Bersuit Vergarabat, que quería saludarlo y no lo dejaban pasar, y salió apurado a buscarlo, intercambiando llamados desde su teléfono para coordinar un lugar de encuentro.

-¿A dónde va? ¿A dónde va? -le preguntaban los encargados de seguridad.

Al otro día les pasó lo mismo, cuando el primer mandatario salió de improviso a recorrer el Museo de la Rosada. O el miércoles a la noche, cuando Ceremonial tenía preparado el helicóptero para trasladarlo a la residencia de Olivos y Fernández optó por irse a dormir al departamento de Puerto Madero. Eran las 23.30.

“Alberto no se va a encerrar en una caja de cristal”, prometen en su entorno. Es un consejo que le dio Pepe Mujica. Cuanto más sencillos sea como jefe de Estado y menos ostentación del cargo haga, mejor. Es una de las primeras diferencias gestuales con respecto a Cristina Kirchner. Por eso eligió ir en su auto al Congreso el día de la jura. O no suspender el examen que tenía que tomar en la Facultad de Derecho de la UBA.

Está por verse si podrá mantener ese estilo al calor de la gestión. “Una cosa es cuando te aplauden y otra cuando te empiezan a putear por lo que hacés”, dice un peronista de mil batallas que ahora trabaja para él. Por lo pronto, a Fernández le gusta jugar con esos gestos: los empleados del salón comedor, donde almuerzan los empleados de carrera, se sorprendieron cuando lo vieron entrar a saludar, algo que alguna vez hizo Macri, pero que nunca realizó Cristina.

En las primeras 72 horas hubo largas y por momentos tediosas reuniones. “Estamos lejos de saber cuál es el estado del Estado”, decían los colaboradores presidenciales, parafraseando con ironía una muletilla macrista. El Presidente se instaló en un principio en el despacho de Santiago Cafiero, su jefe de Gabinete, porque en el suyo no funcionaba el aire acondicionado. Fue una de sus tantas quejas por el estado en el que dijo haber encontrado la Casa Rosada.

Por allí, y al otro día por el despacho principal -ya resuelta la cuestión del aire-, desfilaron casi todos los ministros. A varios de ellos los apuró con las medidas que luego se anunciaron y les adelantó que quiere hacer una reunión mensual de “Gabinete federal”, esto es, que los ministros se trasladen para interactuar con sus pares de todas las provincias. Por la Rosada también pasaron, el jueves, Sergio Massa y Carlos Zannini. Para todos sigue siendo un enigma qué hará el nuevo gobierno con la AFI, epicentro por estas horas de conjeturas, internas y temores.

Los anuncios concretos se reservaron para el viernes a la noche. En un abrir y cerrar de ojos se conoció que el dólar turista pegará un salto cercano al 20 por ciento, que se rebajarán los remedios, que habrá doble indemnización para los empleados privados y que se declaraba la emergencia ocupacional por 180 días. Si se cree en las casualidades habrá que apuntar que, a la misma hora en que los diarios cambiaban su edición por la agenda política, la Justicia ordenaba la liberación de Julio De Vido y Roberto Baratta.

Quizá haya que empezar a acostumbrarse al estilo que tenía Kirchner. Las medidas se pueden anuncian a deshoras y todas juntas.

A Alberto también le gusta el factor sorpresa”, asumen quienes lo conocen desde la época en que era jefe de Gabinete. Después de la batería de medidas de la noche del viernes, ayer se conoció muy temprano, a través del Boletín Oficial, que se retocaban las retenciones al campo.

¿Y Cristina? La vicepresidenta sigue en campaña permanente y acaparando flashes y cámaras. No parece la mejor ayuda para el discurso de unidad que baja de la Casa Rosada. El miércoles, a la misma hora en que los canales de noticias informaban sobre la conferencia de prensa que daría Martín Guzmán, el ministro de Economía, los productores de TV se veían obligados a dividir la pantalla porque Cristina hablaba en Quilmes, durante la asunción de la camporista Mayra Mendoza. Cristina golpeó duro a Horacio Rodríguez Larreta y lo puso en alerta: ¿Por qué el puede hacer plazas y romper una y otras vez veredas y en la Provincia hay tantas necesidades?

Las críticas continuaron el jueves en La Matanza, bastión del peronismo y refugio del kirchnerismo duro. En las elecciones de octubre la formula Fernández-Fernández sacó el 64,48%, contra el 23,52% que obtuvo el binomio Macri-Pichetto. También hubo dardos dirigidos a Macri y a Larreta, ayer, en Avellaneda, otro distrito clásico del peronismo. “Ahora, a resistir sin miedo”, sostiene Macri en la intimidad.

En el sector menos cristinista del Gobierno creen que Cristina, ahora sí, se refugiará en la provincia de Buenos Aires. “Ella va a contener y a amalgamar nuestra fuerza en el distrito que más sufre”, dicen. Lo dicen y tienen ganas de creerlo.