La madre: un vínculo para toda la vida

Salud
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con profunda emoción le pregunto si hoy dispone de unos minutos para preguntarse ¿qué tienen en común Silvia, Lorena, Mónica, María Inés, Gladys, Rosana y seguramente muchísimas más?

Silvia perdió a Horacio asesinado a balazos junto a Vicky, su novia; Lorena perdió a cuando fue aplastada por un árbol; Mónica perdió a Micaela víctima de grooming; María Inés perdió a Leandro como consecuencia de los golpes propinados por cuatro delincuentes cuando ingresaron a su vivienda para robar; Gladys perdió a Dante en un terrible accidente automovilístico; Rosana perdió a Bautista -ese era el nombre elegido- poco antes de nacer.

Para muchas es un día de alegría, de obsequios, de reuniones, de abrazos y palabras afectuosas; en cambio para estas grandiosas mujeres hoy es un día que seguramente quisieran saltear en el calendario porque una herida que tal vez nunca cicatriza se abre, duele y desgarra. Ellas tienen en común el dolor por la pérdida de un hijo, ellas seguramente hoy atraviesan esta fecha con el recuerdo más vivo que nunca y recordando una vez más un fatídico día y una injusto escenario; pues la muerte de un hijo, sea de la forma que sea es la crisis más severa que se puede atravesar, en la que se pone en jaque el pasado y el futuro, en la que las experiencias anteriores y los aprendizajes adquiridos se desmoronan, quedando desprovistos de recursos para enfrentar semejante dolor.

Así como el nacimiento de un hijo lo transforma todo, su partida, que siempre es injusta, también lo transfigura todo; y así como se pierde un hijo también se pierde el sentido de la vida y se abren múltiples interrogantes, acuciantes y desgarradores que a veces es imposible encontrarles respuestas, mucho menos atribuirles significados y sentidos.

Las palabras pierden su potencia enunciativa para describir y nombrar lo que implica la muerte de un hijo, y el vivir cada día se convierte en un desafío impuesto injustamente; en el que encontrar un nuevo sentido supera los tiempos de cualquier otro duelo. Pérdidas, partidas, ausencias que obligan a reflexionar más allá de lo imaginado, a transitar caminos y escenarios no previstos en ningún proyecto de vida.

Perder un hijo implica y exige un doloroso proceso de superación que en ocasiones deriva en pedidos incesantes de justicia, en enarbolar con entereza la bandera de alguna causa, en otros el dolor silencioso y anónimo en el que los días son eternos, tiempos en los que la resignación son una quimera.

Perder un hijo es un dolor arbitrario, impuesto, lacerante, que recuerda que ya nada será igual, pero con dignidad, templanza, compasión y el amor de los cercanos se atraviesa, intentando recordar a quien ya no está, evocando momentos compartidos, enseñanzas e inolvidables anécdotas, devenidas en rituales cotidianos con el fin de perpetuar una presencia ya desvanecida.

Hoy, quien es madre seguramente tendrá una flor, una tarjeta, un regalo, abrazos y agasajos; por ello la columna y el homenaje es para ellas, para quienes parieron con dolor un hijo que luego con un dolor inconmensurable tuvieron que sepultar, y son madres a pesar de las ausencias.

Esther, mi abuela, perdió a su hija y días pasados a su hijo; con el dolor reciclado en entereza, con sus erguidos 97 años y tomada de mi brazo, llevaremos flores: ella recordará a su hija y yo mi amada mamá.

Guillermina Rizzo. Dra. en Psicología. Columnista en medios de comunicación. Twitter @guillerizzo

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