Gordito no es sanito

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"Qué chico sanito, qué gordito”, decían 50 años atrás las abuelas. Habían crecido con el cercano fantasma de la hambruna europea, que las había traído, a ellas o a sus padres, a esta tierra de promesas y vacas. Entonces, flaco era sinónimo de enfermo.

Su parámetro tenía una lógica atávica. Cuando éramos poco más que monos y comíamos realmente salteado porque los mamuts no se dejaban cazar fácilmente, el cuerpo humano desarrolló una efectiva capacidad de almacenar grasa para las épocas de escaso alimento. Entonces, ser gordo era útil.

El hambre fue siempre uno de los problemas principales de la humanidad. Pero en un momento, cerca de la primera mitad del siglo XX, la comida dejó de prepararse y pasó a fabricarse. En gran medida, esto sucedió gracias a la industria que había alimentado al ejército estadounidense durante la Segunda Guerra, que al finalizar el conflicto debió buscar nuevos mercados para subsistir.

Gordito no es sanito

Obesidad infantil, un problema que comienza cada vez a más corta edad (Archivo).

Este proceso, magníficamente explicado en el documental Cooked, del crítico gastronómico estadounidense Michael Pollan (disponible en Netflix) hizo que la comida prefabricada y su pariente, la comida chatarra, estuvieran al alcance de todos a precios módicos.

Por el sabor, las empresas no debían preocuparse: el alimento multiprocesado está repleto de grasas, sales y azúcares, ingredientes que nos provocan extremo placer cerebral y les resultan ricos a japoneses o a argentinos. Y que engordan mucho.

La comida industrial, junto con un estilo de vida más sedentario, hizo de la obesidad una epidemia. Es decir, hoy en el mundo hay demasiadas personas con riesgo cierto de enfermedades cardíacas, diabetes, algunos tipos de cáncer, hipertensión y accidentes cerebrovasculares, sin contar los problemas psicosociales asociados.

Como suele suceder con los males sociales, la mayor parte de los afectados por el problema son los más pobres y los más chicos: comer sano es más caro. Según un trabajo de 2016 de Unicef y la Fundación Interamericana del Corazón (FIC), en la Argentina el sobrepeso es 31% más frecuente entre los chicos de nivel socioeconómico más bajo. No son pocos: el país figura primero en el ranking regional de obesidad infantil según la Organización Mundial de la Salud y la FAO. El 9,9% de los menores de cinco años la sufren.

Todo esto viene a cuento porque la mención del presidente Macri al problema de la obesidad infantil, el pasado jueves, en la inauguración de las sesiones ordinarias, quedó última en el ranking de las repercusiones, dominado por otros temas también sorpresivos pero tal vez con mejor prensa, como la igualdad salarial entre hombres y mujeres.

Parece que aún mandara la imagen que nos inculcaron nuestras abuelas: nos preocupa siempre la foto de un chico al que se le cuentan las costillas y nunca la de un nene obeso.

El problema, grave hoy y enorme en el futuro cercano, podría atacarse ya con medidas simples, como etiquetas más claras en los envases de alimentos. O límites en la publicidad: un estudio de la Defensoría del Público señala que el 30% de los avisos emitidos en canales infantiles o programas infantiles de tevé abierta son de comida chatarra.

En términos de salud pública, es como si se pudiera pasar publicidad de cigarrillos. La diferencia es que ya entendimos que fumar hace mal, y ahora falta terminar de comprender la importancia de comer bien.

 

 

fuente clarín

autor Pablo Vaca

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