Pepe Soriano: "Mi pelota era un bollo de papel en una media de mujer, atada con un piolín"

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La nota casi se frustra. “¿Fotos de mi infancia? No creo que tenga. En esa época, sólo los ricos podían acceder a alguna cámara”. Pero Pepe Soriano juega en

el equipo de los que la pelean hasta el final. La batalla que sea. Y entonces se tomó varios días para buscar, queriendo encontrar. Quizás allí radique la clave que lo llevó a rescatar del fondo de sus cajones -en medio de su sorpresa- imágenes que ni sabe quién le sacó.

“Se ve que las guardé todo este tiempo para dártelas solamente a vos”, regala poéticamente este caballero de 90 años recién cumplidos y una capacidad envidiable para manifestar el afecto. Y se entrega en cuerpo y alma -sobre todo alma- a encender la memoria y a ponerle palabras a los recuerdos. El viaje, que es muy largo en un sentido -casi un siglo-, es demasiado corto en el otro: porque Pepe habla ahora de su niñez, tal vez, sobre la misma baldosa en la que empezó a gatear.

Nacido el 25 de septiembre de 1929, este enorme actor argentino decidió -cuando regresó del exilio en España- volver a vivir en la vieja casona de los abuelos, en Colegiales. Un modo de no olvidar al que fue. Y ése que fue asoma desde estas fotos cargadas de historia y desde este puñado de frases que sólo un artista como él sabe hilvanar. El arte de saber recordar, en primera persona.

"Acá estábamos en Córdoba. Mi madre, mi hermana Margarita y yo. Fijate la bombacha campesina que me pusieron".

"Acá estábamos en Córdoba. Mi madre, mi hermana Margarita y yo. Fijate la bombacha campesina que me pusieron".

“Mi madre murió muy joven y mi abuela paterna, la abuela Isabel, me ayudó a crecer. Era una contradicción caminando. Porque la veías y era un sargento de Caballería. No sé si ella conocía el miedo. Siempre iba para adelante con una energía tremenda. Jamás le ibas a descubrir su debilidad. Pero yo sé que se privaba de comer para que a mi hermana y a mí no nos faltara nada. Era analfabeta, pero muy inteligente. La adoraba, con ese rodete tirante que daba miedo”.

“Mi infancia también fue la ausencia de mi madre. Su muerte, cuando yo era muy chico, me marcó tremendamente. Hoy tengo 90 años y sigue siendo un agujero para mí. La disfruté poco. No hay día que no la recuerde. Con los años analicé que quizá su partida terminó marcando mi camino de ser actor: porque, ¿qué espera un actor, siempre? El aplauso. Y el aplauso es amor y es gratitud. Cuando te aplauden es como que te dijeran ‘Te quiero mucho’.Y mamá no tuvo mucho tiempo para decírmelo”.

Imposible no conmoverse con Pepe Soriano. Sabe revisar, se zambulle en los pliegues -aún en los más dolorosos-, sabe compartir. Y es de los que le escapan a la grieta generacional. De hecho está evaluando la chance de hacer un espectáculo con los youtubers del grupo Hecatombe: “Yo ya recorrí todo el espinel de mi oficio, hice teatro, circo, cine, televisión. ¿Por qué no seguir investigando? Yo no me siento un viejo, para nada”.

"Esto fue en el patio de mi casa, seguramente para algún carnaval de los años' 30".

"Esto fue en el patio de mi casa, seguramente para algún carnaval de los años' 30".

“En esa foto del patio de esta casa está la raíz de lo que soy. Estoy disfrazado vaya a uno a saber de qué, pero claramente se ve el embrión de lo que quería ser”.

“Fui a un colegio del Estado, pero fue en el León XIII de la obra de Don Bosco, al que iba a hacer algunas actividades entre mis 5 y 15 años, donde conocí gente hermosa que me ayudó a formar mi escala de valores. Fui un niño explorador de Don Bosco. Ahí confirmé la importancia del afecto, aprendí de la solidaridad y de la amistad. Era como un grupo scout. A mí siempre me sedujo mucho lo colectivo, lo grupal, lo de una mano ayuda a la otra”.

“La escuela en la que cursé la primaria quedaba a cuatro cuadras de casa. La recuerdo como un galpón de madera, en el que hacía un frío… nos brotaban sabañones de lo congelados que estábamos”.

“La familia de mamá tenía mejor condición económica, pero tampoco les sobraba nada. Todos los días, sí o sí, mi hermana y yo íbamos a visitar a la abuela Emilia, que vivía a seis cuadras de casa. Era una mujer muy reposada, hablaba muy bien el latín y se dedicaba al tejido. ‘¿Por qué tejés tanto’', le preguntaba yo. ‘Porque en Europa hay guerra y la gente necesita ayuda’. De esas frases uno no debe olvidarse”.

“De las charlas con muchos referentes de mi niñez me quedó el concepto de ‘Te doy la mano y estoy asumiendo un compromiso. Mi apellido vale más que cualquier billete’. Eso lo traigo de pibe”.

"Esta foto es hermosa: estamos la abuela Isabel, su rodete, mi hermana y yo".

"Esta foto es hermosa: estamos la abuela Isabel, su rodete, mi hermana y yo".

“Tengo intactos los sonidos de la infancia… Cuando por la puerta de casa pasaba el lechero, que era vasco y venía con su carrito a vender la leche, o cuando pasaba Peri, el verdulero, que decía ‘Isabel, me sobraron dos cajones de tomates’, y la abuela le decía ‘Pero no tengo cómo pagarlos ahora’, ‘No te preocupes, te los dejo y me los pagas cuando puedas’. También pasaba Don Giorgio con su carro a vender longaniza y provolone, y el barquillero que te hacía girar una ruleta para ver cuántos barquillos te ganabas por la misma plata”.

“Y una vez al año aparecía el que ofrecía los pavos, que era lo que se comía en las fiestas. Y las fiestas, por favor, lo que eran las fiestas… Sacábamos las mesas a la calle, poníamos la vitrola y celebrábamos Navidad y Año Nuevo bajo las estrellas. Y a las doce se brindaba con sidra, ma' qué champagne. La calle era el patio de todos, un festival”.

“Y lo que eran los carnavales, ni te imaginás. Era empaparse de arriba a abajo con los tachos de agua. Cómo nos divertíamos. Era un pibe bastante travieso, pero me entretenía con cosas simples. Jugaba a las figuritas, a las bolitas. De lo único que me arrepiento un poco era de salir a cazar mariposas como fuera… Pobres, qué culpa tenían ellas”.

"Esto fue en la primaria. ¿Sabés cuál soy? El tercero de la primera fila... ese nene rubio de frente amplia".

"Esto fue en la primaria. ¿Sabés cuál soy? El tercero de la primera fila... ese nene rubio de frente amplia".

“Me encantaba jugar al fútbol… Mi pelota era un bollo de papel en una media de mujer, atada con un piolín. Y con eso me sentía un crack. En el Don Bosco había dos canchas pequeñas. Los domingos íbamos a misa y luego armábamos partido. Yo me paraba de half por izquierda o por derecha (en la defensa). No me volvía loco hacer goles”.

“Y la salida del domingo a la tarde era ir a cine con los chicos del barrio. Daban tres películas en continuado. Yo iba mucho al Regio, con mi chocolatín para los intervalos. Una de mis películas favoritas era El imperio de Mongo, un extraterrestre muy malo. Y también me gustaban las de Buck Jones, un salvador de las praderas, un cowboy fenomenal. Y nosotros decíamos ‘bucjones’, así como suena”.

Cuando Pepe habla de aquellos viejos tiempos asoma ese nene inquieto que se encendía con lo lúdico. No en vano, para homenajearlo, gente que lo admira inauguró un teatro con Benavidez con su nombre. “Es una sala bárbara para 300 personas en la que hay varias obras. Yo me presento una vez por mes con mi Charla ADN. ¿Sabés qué quiere decir? Actor Divagante Nacional. Finalmente, lo que me mueve es ser útil a partir de lo que aprendí todos estos años”, se sincera, con gratitud, el artífice de El Loro Calabrés -su mágica creación- y uno de los fundadores del -necesario- Teatro Abierto.

"Ni sabía que tenía este material hermoso. Qué bueno que me lo hicieron buscar", agradece Pepe, a lo Soriano, afecto puro.

"Ni sabía que tenía este material hermoso. Qué bueno que me lo hicieron buscar", agradece Pepe, a lo Soriano, afecto puro.

“A mí el arte me vino de muy pibe. A los 5 años me pusieron a rasguear una guitarra, Algunas noches venían a casa 20 ó 30 italianos a cantar y pasarla bien, eran amigos de mis abuelos. Me aprendí todas las 'canzonetas' que te puedas imaginar. Y, por otro lado, mi viejo amaba el teatro y llegó a escribir un par de sainetes. Él, de alguna manera, fijó en mí esto de la actuación. A los 8 ó 9 años ya me llevaba a ver de todo y me movilizaba mucho observar a los actores”.

“Repasando mi historia descubro, sin duda alguna, que yo siempre quise actuar. Pero mi abuelos paternos, con los que me crié, eran analfabetos y su sueño era que yo estudiara una carrera. Así fue que me anoté en Abogacía, pero largué en segundo año”.

“Ellos no eran dueños de esta casa, la alquilaban. Y, con los años, mi papá sacó un crédito hipotecario y la compró. Le costó, no me olvido, 29 mil pesos… Eso habrá sido en 1950. Se quedó viviendo acá, yo me fui a España y al año de estar allá él se murió. Mi hermana me dijo ‘Yo no la quiero, pero si vos querés te la conservo’. ‘Por supuesto’, le dije, y aquí estoy”.

“Jamás me voy a olvidar de los fideos que amasaba mi abuela. Empezaba a las 5 de la mañana, en la cocina de esta misma casa, y no paraba hasta las 10. Era cocina al carbón. Hacía una pasta enrulada cortada a cuchillo que era deliciosa”.

Mi golosina favorita era el gofio, que los pibes de ahora ni deben saber qué era. Era una pasta medio densa que se te pegaba al paladar, pero era riquísima”.

Soriano habla y, sin proponérselo, lo lleva a uno de la mano por un pasado en el que para jugar había que usar mucho la imaginación. Y el ingenio.

“Yo era muy, pero muy feliz con mis juguetes. Tenía un sable hecho con cajones de manzana y llegué a hacerme un carrito, como las patinetas de ahora, que era un autazo para mí: dos tablas con cuatro rulemanes que me había regalado el mecánico del barrio. Hacía 50 metros en bajaba y volaba”.

Pepe tiene una esposa, una hermana de 91 años (“Margarita es un ángel”) y tres hijos, dos de ellos en España. “Y tengo mucha vida por delante. Eso imagino. Por eso no paro”.

Ese “nene rubio de frente amplia”, como se describe, tal vez no soñaba con tanto. Y aquí está, a punto de armar las valijas para hacer temporada en Carlos Paz con Rotos de amor”. Y a punto de todo.

“Soy un nene grande que nunca va a dejar de jugar”.