El martillo

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Recién piso Buenos Aires, y aún merodean mi memoria los carteles de la fachada del Berlín Ensamble, el teatro que dirigió Bertolt Brecht, en Alemania Oriental, entre 1949 y su muerte

en 1956, a una cuadra de mi hotel, sobre la calle homónima del dramaturgo.

Brecht apoyó a la dictadura comunista alemana, pero mantuvo cierta ambigüedad al respecto. Por ejemplo, cuando los tanques soviéticos aplastaron cruentamente una rebelión civil de los germanos del Este -provocando más de cien muertos-, y la agrupación de escritores comunistas repartió folletos, nada menos que en el boulevard Stalinalee, donde había estallado la sublevación, argumentando que el pueblo había perdido la confianza del gobierno (no es un error de tipeo), y debería redoblar los esfuerzos para recuperarla, Brecht contestó con un poema irónico: sugiriendo que tal vez hiciera falta disolver el pueblo y elegir otro.

Pero ninguna situación era de fácil toma de postura en esa Alemania de 1953; hacía apenas 8 años, cientos de miles de alemanes, ya en su debacle militar, se habían enfrentado al Ejército Rojo en esas mismas calles, pero en ese caso defendiendo a Hitler, hasta la última gota de sangre, ajena.

Y ahora yo caminaba por esas mismas calles, como si Berlín hubiera retornado a sus años 20 del siglo 20, los posters de obras profanas, procaces, provocadoras; como si Hitler no hubiera sido votado varias veces por el 90 por ciento de los alemanes, como si Brecht no se hubiera exiliado en Hollywood, como si no hubiera vuelto, convencido comunista, invitado por la dictadura marxista, como si el muro nunca se hubiera levantado ni hubiera caído. Faltaba, apenas, la melodía que Kurt Weill compuso para la Ópera de los 3 centavos, Mack el cuchillero, para que toda esa historia pasara como un holograma delante de mis ojos, con el subtítulo: el pasado es una calesita.

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Me senté en el bar irlandés de enfrente, a probar whiskies imposibles y leer mi libro; ¿era casualidad que estuviera leyendo por tercera vez la biografía de Hitler, por John Toland? Por motivos que no vienen al caso, ese libro estaba dando vueltas por mi mesa de trabajo, para anotar tal o cuál dato, relacionado con la biografía de Churchill, Walking with Destiny, de Andrew Roberts. Fue anotar uno, dos datos, releer los párrafos que había subrayado años atrás, y decidir seguir leyéndolo, desde el principio, por tercera vez.

En esas me llegó la invitación del Ministerio de Exteriores de Alemania para visitar Berlín, en el 30 aniversario de la caída del Muro. De modo que cuando salí del Berlín Ensemble, sorbí mi trago y abrí mi libro, me encontré con una terrible historia narrada magistralmente, como la mayor parte del libro, por Toland. Resulta que en 1933, Hitler, ya canciller del Reich, inaugura un centro cultural nazi en Munich. El edificio había sido diseñado por un arquitecto a quien Hitler admiraba por sobre todos (a Speer lo usaba, no necesariamente lo admiraba), Paul Ludwig Troost. Toland hace mención a la joven esposa de Troost. Hitler utiliza un martillo de plata para dar el primer golpe sobre la piedra fundacional pero, con tan mala suerte, relata Toland, que el martillo de plata se rompe. Aunque Goebbels intenta mitigar el efecto del blooper: “Cuando el Führer golpea -dice-, golpea con todo su poder”; todos los presentes saben lo que un evento así significa según la superstición pagana alemana: el martillo roto es un pésimo pronóstico para el destino del arquitecto. Como si una adivina le mirara la palma de la mano, y girara la cabeza, hacia un lado y hacia el otro, sin animarse a concederle su futuro.

Parecería un cuento de Fontanarrosa, o de Ephraim Kishon, de no ser porque estamos hablando de Hitler, de Goebels, de los nazis.

A los pocos días Troost contrae una angina de pecho; unos meses después fallece de neumonía. Hasta aquí los hechos, me dije. Se había terminado mi breve copa de etiqueta azul. ¿Cuándo en mi vida podría volver a tomar otra? Me pedí una cerveza negra stout, especialmente seca y sin espuma.

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¿Pero cómo puede ser, me pregunté, cruzando el puente hacia la Friedrichstrasse, que se haya enfermado y muerto pocos meses después? Tenía apenas 56 años. Yo no creo en ninguna superstición: la vida en sí es mala suerte; los pocos momentos de solaz son milagros. Pero aún así, aunque a cualquiera le pueda pasar, no dejaba de intrigarme la coincidencia entre el martillo roto y la muerte del arquitecto, la perfecta concreción de una superstición, más certera que la ciencia.

Tuve que llegar a Buenos Aires, más precisamente a la esquina de Lavalle y Ecuador en el barrio de Once, para que una iluminación relampagueara en mi pensamiento: la esposa, me dije, la joven esposa del arquitecto Troost. Frau Troost. Gerdy hizo muy buenas migas con el Führer apenas se conocieron (junto a su marido), y continuó una concurrida relación posterior como viuda, curando muestras, asesorando a Adolf Hitler en el terreno artístico y arquitectónico. A diferencia de su marido, Gerdy se opuso a algunas decisiones de Hitler en este rubro. Le llevó la contra, muy decidida, respecto del color de tal o cual cuadro que expondrían en tal o cual galería.

¿Pero... y si esta mujer de carácter hubiera querido quedarse con el cargo, con la cercanía al Führer, de su marido? ¿Si ya no aguantara más al sumiso arquitecto, varias décadas mayor que ella, y se quisiera deshacer de Ludwig? ¿Qué mejor recurso que manipular el martillo de plata, hacerle una muesca invisible -por medio del contacto promiscuo con alguno de los auxiliares de su marido-, provocarle al martillo una falla imperceptible, de tal modo que al dar el primer golpe, la herramienta se quebrara? No por la fuerza de Hitler, que no era precisamente un atleta, sino porque el martillo había sido dañado adrede. Entonces sólo bastaría con envenenar exitosa y subrepticiamente a Ludwig: todos asignarían la culpa a la mala suerte. No habría investigación. Solo comprobación.

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Ciertos grupos humanos disfrutan ver confirmadas sus supersticiones: observan con una sonrisa las desgracias que acaecen luego del paso de un gato negro, o bajo una escalera, o tras la ruptura de un espejo. Todo debe quedar, no obstante, en el terreno de la ficción. Pero no puedo dejar de pensar que Toland también relata el caso de Ernst Hanfstaengl, de cuya esposa, Helene, Hitler estuvo severamente prendado. A Hanfstaengl, su fiel admirador, Hitler trató de asesinarlo en un “accidente” de avión.

WD

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