Con la banda más exitosa del mundo en una de las catástrofes naturales más terribles de la historia

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¡¡¡TROON, TROON, TROON, TROON, TROON!!! Sonaba como la típica alarma del más susceptible de los autos de vecinos de la cuadra, si es que algunos estos estuviera estacionado al lado de

mi cama. Es la mañana del 24 de agosto de 2005 y hace apenas un par de horas que el vuelo Buenos Aires-Miami corrió paralelo a un huracán, al menos a partir del Caribe, sin que tampoco lo supiera.

Ahora, en un hotel de Miami Beach, trato de dormir pese a lo insoportable del ruido. El despertador no es, eso ya lo chequeé. Por intervalos de treinta segundos, se llama a silencio. Y renueva. En un momento suena el teléfono de la habitación. Del otro lado, la voz de Gloria Guerrero, la otra periodista de la comitiva, que dispara tres preguntas y una certeza: “¿Estás despierto? ¿Bien despierto? ¿Podés poner la tele? ¡Estamos en el medio de un huracán!”.

Así las cosas, el potencial privilegio de viajar para entrevistar, para el Suplemento Joven de este diario, a lo que entonces era el grupo Nro 1 del planeta, Green Day, pasaba a tener un tinte dramático, insospechado. “¿Cómo será de bravo ésto?”, pensé mientras le corría el blackout a una ventana justo para ver como una reposera playera volaba los cien metros que separaban la playa del hotel para dejar una astilla en el vidrio que acababa de descubrir.

Portada del Suplemento Si! de Clarín, viernes 2 de septiembre de 2005.

Portada del Suplemento Si! de Clarín, viernes 2 de septiembre de 2005.

El huracán Katrina, sabríamos con el diario del lunes, se había formado el día anterior sobre las Bahamas, alcanzando al pasar por Florida el tono de huracán de categoría 1 moderado. Llegó a intensificarse al llegar a las cosas de Luisiana, prácticamente arrasando la ciudad de Nueva Orleans, en lo que está considerado el mayor desastre de ingeniería civil en la historia de los Estados Unidos. Un total de 1.836 personas perderían su vida durante la actividad del mismo (entre el 23 y el 31 de agosto de 2005) y también está sindicado como uno de los cinco más mortíferos de la historia.

Nota de tapa del Suplemento Sí! de Clarín, 2 de septiembre de 2005.

Nota de tapa del Suplemento Sí! de Clarín, 2 de septiembre de 2005.

Mientras tanto, un alma atenta de la compañía discográfica del grupo (Warner) iba en camino a rescatarnos y llevarnos a un hotel menos costero y más sólido, por algo más que un tema de simple precaución.

En esta nueva construcción, los silbidos del viento no se acallaban. Afuera, las palmeras hacían aquello que los fanáticos del heavy metal cuando una canción del género toma un crescendo de volumen y velocidad: headbanging. Ese sacudir de cabezas, que está en las antípodas del que suele solicitar Giordano a sus modelos, es la única analogía que todavía arribaba para describir esas cabezas/copas agitándose sobre la flexibilidad de los troncos/cuellos de los árboles tropicales en plena danza del viento desatado.

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Así la mañana, la tarde y la noche. Al día siguiente, aunque con insistentes rumores de suspensión, nos llevaron hacia la zona de Key Biscayne, donde en el lujoso Ritz nos esperaba la banda más rimbombante del momento. Con American Idiot (2004), los californianos Green Day estaban revalidando y doblando el éxito de su tercer álbum (Dookie, 1994), jugando en su título con el programa de talentos más popular de entonces (American Idol) y siendo todo menos indirectos con el presidente George W. Bush, que el mismo año de su publicación había vuelto a ganar las elecciones.

No obstante, esta suerte de ópera punk cortaba canciones cada vez más exitosas y su gira rompía récords de época. Esa misma semana, de hecho, estaban estrenando el costoso y épico clip de Wake me Up When September Ends, con la historia de un joven desocupado que se enlistaba en los marines para ir a pelear a Irak.

Una imagen de cuando el Huracán Katrina golpeó la costa de La Florida. Foto: AP

Una imagen de cuando el Huracán Katrina golpeó la costa de La Florida. Foto: AP

Las entrevistas, un mano a mano con el cantante y guitarrista Billie Joe Armstrong y el bajista Mike Dirnt, comenzaron a tiempo, hasta que...¡¡¡TROON; TROON; TROON; TROON; TROON!! Evacuación. Ejecutivos, asistentes, músicos y periodistas, todos utilizando la escalera, entre la extrañeza y el pánico. En un momento, el paso de Billie Joe se iguala al mío y coincidimos en bajar junto a un ventanal que da a la costa.

Las olas parecen montañas, y no se me ocurre cosa más puntual que hacer una broma de música, emitida por un periodista de música, para romper el hielo con una estrella de la música: “Está tocando Katrina & The Waves”, le dije señalando el cuadro y citando a vieja banda de los '80. Con una semi sonrisa en la boca, el cantante respondió al toque, nombrando el mayor hit de los aludidos (que alguna vez grabara Diego Torres en castellano): “Katrina don´t walk in sunshine”. Esto es, “Katrina no camina al rayo del sol”. Y adelantó el paso, matándose de la risa, apurando sus llamativas piernas cortas, esas que le dan una conformación física de personaje de dibujo animado.

Esa tarde, al regresar al hotel, los rastros a la vista de la península parecían recortes apocalípticos de esos cuentos de J.G. Ballard donde las catástrofes naturales cobran la entidad de manifiestos estéticos y mapas existenciales de mundos suprimidos. Los autos carísimos (conté unos tres Lamborghini Diablo arrastrados de garages al paso), los cables colgando, la vegetación desencajada, todo cabía en la misma panorámica.

El chofer era un cubano parco y ceremonial, una anomalía de origen, coherente al fin y al cabo con la situación, como una silueta inclinada en un cuadro inclinado, peguntó si podía encender la radio. “Claro”. Y lo primero que sonó entonces, propalado por una estación de radio clásica, pero acaso programado por un tal DJ Diablo, fue un clásico de Bob Dylan: A Hard Rain's Gonna Fall. Sí, una dura lluvia iba a caer.

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