Operativo Pékele (una cena con Mirtha Legrand)

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Lectura

Cuando el señor Yáñez se enteró de mi visita a la cena de Mirtha Legrand, me pidió un favor. Me ha ocurrido que luego de hacerle un favor a tal o

cual, desinteresadamente, su respuesta sea pedirme un nuevo favor, como si el hecho de haberlo beneficiado alguna vez me obligara a repetir mi buena acción. Por el contrario, Yáñez me había ayudado en muchos momentos muy distintos de mi vida, durante veinte años, solo por ser mi lector y sin esperar nunca nada a cambio. Pero en esta ocasión me comentó la historia de su anciana madre.

La señorita Tequendi, la ahora centenaria madre de Yáñez, había ejercido fugaz pero intensamente una carrera de actriz entre los años 30 y 40 del siglo XX. Trajinó escenarios, impostó roles secundarios y protagónicos, fue segunda página de la revista PBT. Pero en 1944 el señor Yáñez padre la descubrió, le propuso noviazgo, luego casamiento y, poniendo a su disposición una incalculable fortuna, la apartó para siempre de la actuación. “Yo estuve en la gala benéfica del Luna Park para los damnificados del terremoto de San Juan”, me dijo la señora Tequendi de Yáñez en el audio por WhatsApp que me hizo escuchar su hijo, como si me hablara desde el pasado. “Apenas por una casualidad no me senté al lado del coronel”.

-¿Qué coronel?- le pregunté al señor Yáñez.

-El coronel Perón- me aclaró- Mi madre porfía que ella pudo haber sido Evita. Mucho mejor actriz, según mi madre, claro. De todos modos, a lo largo de su vida en común con mi padre, el amor, las comodidades, los viajes, le permitieron resignarse pacíficamente a que no sería actriz ni primera dama. Pero nunca terminó de olvidar sus sueños de grandeza. Hay un anhelo que la acompaña incluso ahora, como un rezo pagano, en el que puede ser su último lecho: ser invitada a almorzar con Mirtha Legrand. Esa esperanza nunca la abandonó, de un modo dañino: porque no había ningún motivo para que fuera invitada, pero se resentía como si la ignoraran por algún designio oculto. Ya sé, ya sé: la señora ya no almuerza, ahora cena. Pero mi madre no distingue el día de la noche. Quiero, antes de su último suspiro, que al menos pruebe uno de esos platos. Poder decirle: mamá, esto es lo que se come en la mesa de Chiquita.

El señor Yáñez hizo un silencio significativo, y agregó: -Bien podría ser su última cena. ¿Qué me decis?.

-Un pékele- dije.

-No entiendo- replicó Yáñez.

-Un Tupper con algo de la cena, un atadito con un poquito de cada cosa.

-Con eso bastaría- respondió no muy convencido Yáñez.

-Incluso eso me parece casi imposible- argumenté- Pero lo voy a intentar. Si es necesario, guardo mi propia cena en los bolsillos.

-No, no- dijo con asco Yáñez- Tiene que estar bien emplatado. Mi madre ha sido siempre una mujer muy delicada.

Arribado el día de la cena, exactamente el pasado sábado, mis nervios se duplicaron: visitar a ese verdadero prodigio que es Mirtha, mi entrevistadora favorita, y conseguir la cena para la madre del señor Yáñez. Mis compañeros de mesa eran el genial Campanella, la exquisita Ginette Reynal, la talentosa Minerva Casero y el histórico Sergio- a vos no te va tan mal gordito- Valenzuela. Cuando dispusieron la mesa, inquieto, devoré sin pensar la entrada de berenjena y albahaca. Sé que había algo más, pero ni siquiera lo recuerdo. ¡Los nervios me jugaron una mala pasada!.

Mi plato estaba limpio. Debía quedarme con algo de la entrada del resto de los comensales. Mirtha estaba hablando con Campanella, y el director aún no había probado la hortaliza. Bastaba con hacer un rápido pase de manos y guardarla en mi bolsillo. Pese a las advertencias de Yáñez, yo había forrado mis bolsillos por dentro con celofán. Luego emplataría correspondientemente. Pero en el preciso instante en que iba a distraerle la entrada al director de El secreto de sus ojos, Mirtha giró hacia mí. Mientras le respondía, miré de reojo el plato de Ginette. Pero precisamente ella acotó que era vegetariana y me pareció una crueldad quitarle lo único que podía comer. Minerva estaba en diagonal, demasiado lejos como para poder intrusarle el plato; y no me atrevía a quedar en la historia informal argentina protagonizando un nuevo episodio con Valenzuela.

Sobrevino el corte, rebañé las demás vajillas con la mirada: nadie había dejado nada. Cuando regresamos al aire, Mirtha anunció que el segundo plato era cerdo. “Para mí, otra cosa”, manifesté. Tenía que aprovechar algún momento fuera de cámara para meterme el risotto en el bolsillo. Lo intenté, pero me quemé la palma de la mano izquierda y tuve que soltar. Por suerte logré poner cara de reflexión. Traté de entibiarlo soplando, pero cuando iba por el segundo intento volvieron a enfocarme. Sonreí mientras me limpiaba la mano en el pantalón. Sin darme cuenta, el programa había llegado a su fin. La diva se retiró primero. Tuve la decencia de no despedirme con apretones de mano con nadie. Pero entonces, quedé frente a frente, ya más tranquilo, con la amable señora que me había servido casi una botella de vino en esas elegantes copas a lo largo de dos horas y le confesé la verdad: -Ese cerdo que yo no comí, podría hacer feliz a la madre de un amigo.

¿Usted me podría hacer un paquetito con ese plato?.

La señora me respondió con una mirada piadosa y saqué de mi mochila el Tupper que había llevado por si todo salía bien. Me lo devolvió perfectamente emplatado. Le di al taxi la dirección del señor Yáñez y me llevó a toda velocidad: aún estábamos a tiempo de que llegara tibio.

Una alfombra roja y el ya de por sí lujoso salón del señor Yáñez me recibieron perfectamente ambientados como el living de Mirtha Legrand. Al extremo de la mesa, su madre, con una máscara de oxígeno y un tubo de suero, aguardaba con los ojos bien abiertos. El señor Yáñez tomó el Tupper y caminó solemnemente hasta su madre. Ella se quitó por un momento, dificultosamente, la máscara de oxígeno, recibió con una sonrisa exánime el Tupper y exclamó: -Un pékele.

El señor Yáñez abrió los ojos aún más que su madre.

En una verdadera epopeya, la centenaria dama ya había destapado el Tupper, cuando el señor Yáñez le preguntó perplejo: -Mamá, ¿de dónde sacaste esa palabra?.

Pero ella le respondió otra cosa: -Soy judía, no como cerdo.

Y exhaló. El señor Yáñez se quedó mirándome desarmado, estupefacto.

-No sabía nada- reprimió un sollozo.

-Quizá- sugerí- ,en algún sentido, sea tu primera cena.

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