“El futuro es totalmente incierto”

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noviembre en la Plaza Moreno, de La Plata, ciudad de donde es oriundo Iñaki Urlezaga y donde planea dar su última función. El es uno de los últimos grandes nombres vigentes de la danza argentina en escenarios locales –luego de la salida de Julio Bocca y Eleonora Cassano, y de adioses de primeras figuras del Colón, como Silvina Perillo y, más recientemente, Karina Olmedo y Alejandro Parente–. Después de haber cambiado geografías, proyectos y formatos artísticos, después de haber egresado del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, de haber brillado en el Royal Ballet de Londres y en el Het de Holanda, después de haber dirigido su propia compañía privada, el Ballet Concierto… algo parece haberse roto definitivamente cuando a comienzos de este año Pablo Avelluto, el ministro –ahora secretario– de Cultura de la Nación, cerró el Ballet Nacional al que, bajo la dirección de Urlezaga, el Ministerio de Acción Social había dado inicio cinco años atrás.

Ahora, a los 42 años, elige despedirse como bailarín de danza clásica, en una gira que pasa por el Teatro Colón el 19 y 23 de septiembre –haciendo Romeo y Julieta, junto al Ballet Estable–, por presentaciones en San Juan, Paraguay y Paysandú, y el final, en la capital de la provincia de Buenos Aires, al aire libre. El porqué, el cómo, y la pregunta por el después qué, responde, no sin un dejo de melancolía, quien, con perfil bajo, sin hacer alharaca, pero con trabajo constante, se ganó, entre los amantes de la danza, ser reconocido simplemente con su nombre de pila: Iñaki.

—¿Cómo te planteás estas funciones en el Teatro Colón?

—Vuelvo al Colón –la anterior había sido antes de la reforma del teatro [iniciada en 2006]– para bailar por última vez, para decirle adiós al público, a la gente que me acompañó toda la vida, y a la gente con la que nunca había bailado. Estoy cerrando una etapa. El Iñaki que el público conoció hasta ahora, el artista que iba a trabajar todos los días, está terminado. Es una etapa que no creo que vaya a revivir. Te vas despidiendo de los compañeros, de tus partenaires, de los lugares: la despedida comienza cuando se toma la decisión.

—¿La de La Plata será tu verdadera última función?

—Puede ser…

—Ah… ¿puede ser…?

—Yo soy artista, no soy un ejecutivo que tiene una jubilación por oficio, según me lo indique un estatuto gubernamental. Después [de esa función], no tengo planeadas futuras presentaciones, no tengo nada ni soñado, ni esbozado ni nada. Eso no quita que el día de mañana surja algo interesante (un proyecto propio o un ofrecimiento de alguien para hacer algo) en el que yo quiera participar. El futuro es totalmente incierto desde todo punto de vista para mí: humano, existencial, artístico, personal. La vida dirá.

—¿Qué te hizo tomar la decisión de dejar los escenarios?

—Muchas cosas: llegar a esta edad y transitar toda esta carrera; por ahí, también verme imposibilitado de tener una continuidad concreta con el cierre del Ballet Nacional con el que yo tenía una estructura, una actividad diaria focalizada en un trabajo específico. También, una necesidad mía de investigar en la coreografía y la dirección, algo por fuera de estar arriba de los escenarios. Y lógicamente, el agotamiento de toda una vida, un nivel de exigencia que se empieza a sentir y a resentir en el cuerpo; la satisfacción no es tan plena como el desgaste que implica mantenerlo.

—¿Estás triste?

—No, no. Es una etapa de absoluta liberación, de una enorme felicidad, por poder retirarme antes de que ni siquiera yo mismo pueda vislumbrar mi propio ocaso, y porque la gente pueda recibir el último acto de entrega consciente que le puedo dar.

—¿Por qué un bailarín se retira?

—Por el ciclo natural de la vida. Uno no puede seguir domando a la naturaleza. Uno no tiene la precisión del cuerpo de cuando era más joven, de cuando tenía menos lesiones y menos desgaste. Poder expresar con el cuerpo la melodía… cuando esa parte empieza a fallar es mucho más saludable que me dé cuenta yo, y no el público.

Hacia atrás y hacia adelante

—¿Qué aprendiste en la Argentina y qué aprendiste en el exterior?

—El Colón, la escuela, era como un templo. A veces me escapaba para ver los ensayos de las estrellas que venían a la Argentina, en vez de asistir a la clase rutinaria con un maestro. Que el lugar más prestigioso de la Argentina sea [una educación] pública y gratuita para toda la nación es algo inigualable. El mundo me dio la formación profesional, la previsibilidad de ver que no existen los milagros ni la magia, sino que la carrera se construye día a día y que la entrega al arte está por encima de las instituciones.

—¿Qué balance hacés del Ballet Nacional?

—Fue una experiencia enorme. En cinco años se formó esa compañía a partir de algo que no había existido nunca antes, con una amplitud [que incluyó] a mucha gente que no tenía acceso. Días antes de lo que les haya pasado por la mente a los dirigentes, se veía una compañía unificada, profesionalizada, con un repertorio amplio, haciendo El lago de los cisnes, uno de los clásicos más exigentes. Es mucho el dolor, porque lo cerraron sin ninguna previsibilidad ni conceptos claros. Desde el cierre, oficialmente tampoco hubo convocatorias para ningún [otro] lugar; para la gente es muy difícil reinsertarse laboralmente.

—¿Te irías a vivir fuera de nuestro país?

—Toda la vida hice una carrera internacional y no tengo por qué achicarla ahora. Yo iré detrás de los sueños y a donde me permitan desarrollarme. El arte no tiene fronteras.

—¿Te involucrarías en un espectáculo comercial?

—Lo comercial no me asusta, no me genera ningún prurito. Quisiera ver la calidad del producto.

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