La nueva historia de Marcelo Birmajer: un lugar en el mar

Espectaculos
Lectura

Muchos años después, ya de adulto, cuando vio la película sobre el tsunami, pudo explicarse a sí mismo lo que sentía cuando ella se acercaba. En la película, un segundo antes

del tsunami, una brisa sobrenatural apenas levanta las hojas de los árboles, un papel del suelo, despeina cabelleras. No un viento hostil, ni inusualmente violento: es un cambio a la vez leve y total de la atmósfera, una brecha inmediata e irremediable en el curso de los acontecimientos, pero que sucede como un suspiro fresco y fragante, tenue, no por ello menos decisivo.

Es un día que cambia de nombre, sin esperar las 24 horas, ni siquiera una, y el día que lo sucede no pertenece a ninguno de los que se repiten semana a semana. Es la esquela hecha del susurro de las cosas, la llegada de una era sin que los acontecimientos la provoquen ni la anticipen; cambian el perfume, el color, el tono y la sensación. Pero el alma del hombre que experimenta todas esas transformaciones únicas e ilógicas es la misma: por eso puede distinguir lo cotidiano de lo excepcional. De modo que solo 45 años después, en el cine, pudo entender en imágenes, más que en conceptos, lo que sentía. Se conocían desde niños y la primera ocasión en que Matías reconoció el impacto fue a los diez.

Quizá porque nunca antes ella había pasado sola, cerca de él, a metros de la orilla. ¿Podía ser que hasta esa edad siempre hubieran llegado al mar acompañados de algún adulto? No podía aseverarlo, pero sí que sintió su perfume, sin verla, como de sal, algas, yodo y sirena. Y ya nunca más el mar fue el mismo, cuando ella se acercaba. Eran muy distintos.

Berenice se rodeaba de gente que, como ella, sabía caminar, respirar, hablar; el sol los bronceaba e iban al ritmo del mundo. Mientras que Matías se quedaba observando, rojo como un tomate y con cara de perdido, el transcurrir de las olas. Fue a los 12 cuando ella le preguntó qué era lo que miraba. Y Matías, que había estado esperando dos años ese diálogo, le detalló: sospechaba que el mar era un ser vivo. Un animal. Además, había descubierto que una ola se repetía. Cada relieve del mar tenía una vida propia y finita: las elevaciones ínfimas que no llegaban a ser olas, las que llegaban pero no rompían, y las que comenzaban y finalizaban todo el proceso, como un cuento bien contado, con su remate en espuma contra la arena. Pero había una ola, a la que Matías había llamado Berenice, que se repetía, una vez por semana, en el mismo lugar del mar, todos los años, en el mismo mes.

Matías estaba seguro de que si volvían todos los meses, esa ola, Berenice, se alzaría y rompería exactamente con idéntica cadencia, energía y extinción, igual a sí misma, como el giro sobre sí mismo de un astro sólo conocido por Matías, y ahora por los dos.

Berenice se rió y le preguntó si en serio había llamado a la ola con ese nombre. Matías asintió y ella se fue a jugar al voley con los amigos y amigas que la llamaban, espigados, sonrientes, y serenos. Matías mantenía una posición corporal que era lo contrario de la elegancia, una ansiedad sin causas y una picazón en el cuero cabelludo que no sabía cómo apagar. Apenas si giró para verla alejarse, y notó que Berenice se estaba convirtiendo en algo muy distinto de lo que era hasta ese mismo instante; se estaba alejando, no solo de él ni de la orilla, sino de una época.

Siguieron veraneando incidentalmente juntos, aunque a los padres de Berenice comenzó a irles cada vez mejor, y volvían al balneario más por tradición que por elección. Pasaban los inviernos en Europa y pronto también parte del verano en Miami.

Matías la sentía llegar, fuera de quincena, con esa levedad que lo cambiaba todo, intercambiaban unas palabras, y ella se llevaba lo que había traído, sin bolsas, ni dimensiones, ni peso ni espacio. Hasta que cuando cumplieron 18, de noche, sin que el sol lo atontara ni quemara, ni la luz mostrara su torpeza, Berenice le pidió que le enseñara cuál era la ola con su nombre. Matías respondió que no era a esa hora, ni ese día. Pero que la podían buscar, por las dudas. Bajo la luz de la luna, acostumbrados sus ojos a la penumbra, se vieron con una nitidez como no habían visto nada nunca antes; el cuerpo de ella perfecto y glorioso, y Matías en ese tramo exclusivo de noche podía serlo también.

Cuando Berenice lo abrazó desnuda dentro del mar, Matías la detuvo y le aclaró: no era agradable con la sal, la arena, la incomodidad de estar parados, eso era para malabaristas, no para ellos dos. No la besó: la tomó de la mano y caminaron hasta las duchas, se ducharon largamente, se secaron y encontraron un lugar cómodo, para explayarse, nunca mejor utilizado el término, y repetir la antigua ceremonia, nueva y deslumbrante. Fue la última vez de su juventud que Berenice pasó el verano allí. Luego siguieron existencias completamente distintas y distantes. Ella entre, literalmente, integrantes de la nobleza y la monarquía, las altas alcurnias en todos los sentidos, quizás una racha pasajera de celebridad. Matías permaneció toda su vida en la clase media: de un kiosko a una profesión, y una juguetería y la fabricación de juegos de mesa.

Despuntando el momento irreversible en que la madurez comienza a perder su consistencia, solo frente al mar, la percibió acercarse, con los mismos signos de su alrededor de cuando tenía diez años, ahora ya sabiendo que eran las señales del tsunami, y se preguntó en voz alta si había estado bien así, toda esa vida separados, para siempre, o tendría que haber sido de otra manera, se contestaron que habían seguido el destino de una sola ola del mar, por una vez y para nunca, porque nadie se bañaba dos veces en el mismo recuerdo, pero nadie salía seco del lugar del mar donde había estado.