Chile un mes bajo fuego: qué cambio y qué puede cambiar

Internacionales
Lectura

Una estudiante saltó el primer molinete del metro y eso alcanzó para sacar a un país del letargo. Después vino el fuego, en estaciones y supermercados. El presidente estaba en una

pizzería y la ciudad se sumergía en el caos. Reuniones, llamados, videos, noticias. Todo confluyó en un punto de prensa. Estado de Emergencia, militares a la calle, Chile desbordado. Cacerolas, toques de queda, análisis y analistas, prensa y carabineros. Lacrimógenas, pañuelos y tanquetas.

Marchas masivas, violencia aislada, o quizás no tanto, represión y agenda social. Políticos desfilando por matinales, redes sociales, mensajes de odio, de dignidad, de justicia. La marcha más grande de Chile, cambio de gabinete, derechos humanos y rallados de calle. Demandas políticas, demandas sociales, demandas de todos, o casi todos. Chalecos amarillos, privilegios protegidos, civiles contra civiles, gobierno desaprobado. Marchas y marchas, perros y guanacos y zorrillos y banderas. Violaciones a los derechos humanos y ojos que no volverán a ver. Ceguera política y visiones cerradas. Perdigones, corridas, piedras voladoras y agenda de seguridad pública.

Orden y desorden, caos y ambiente revolucionario. ¿Nueva Constitución? Pedida y anunciada. Discusión de la forma, huelgas y paro nacional. Camiones, colapso, pintura y esperanza. Pueblo unido en su lucha por la dignidad y la justicia anhelada. Chile se cansó de imaginar un futuro mejor y decidió salir a buscarlo a las calles. Dejó de soñar y despertó.

“Chile despertó”: Susana Hidalgo, la famosa actriz que tomó la imagen más icónica de las protestas. La imagen de un manifestante ondeando la bandera mapuche en la cima de una estatua militar, en Santiago, se convirtió en un símbolo de las protestas en Chile. / Susana Hidalgo

“Chile despertó”: Susana Hidalgo, la famosa actriz que tomó la imagen más icónica de las protestas.La imagen de un manifestante ondeando la bandera mapuche en la cima de una estatua militar, en Santiago, se convirtió en un símbolo de las protestas en Chile. / Susana Hidalgo

Chile bajo fuego

20.15 horas, viernes 18 de octubre. Sebastián Piñera se sienta en la pizzería Romaría ubicada en la comuna de Vitacura, el sector de mayor valor por metro cuadrado de Sudamérica. Había monitoreado durante toda la jornada las innumerables evasiones al subte que protagonizaban escolares en decenas de estaciones dispersas a lo largo y ancho de la ciudad. La falta de seguridad, que se había traducido en que el día anterior la estación San Joaquín fuese escenario de la primera imagen de destrucción de la crisis, con molinetes rotos, hacía al tren metropolitano terminar antes su funcionamiento. Millones debían caminar a sus casas. La Alameda, principal arteria de la ciudad, se transformaba en un extenso paseo peatonal. Piñera hizo un alto al monitoreo y se fue a celebrar el cumpleaños de su nieto.

No se ha logrado calcular con exactitud cuantos minutos fueron. Lo que está claro es que, de la suspensión de las operaciones del subterráneo a la quema de una docena de sus estaciones, parece que hubiesen pasado escasos minutos. O al menos así lo percibió la ciudadanía. El principal medio de transporte de Santiago, orgullo nacional y principal ente de democratización en una ciudad altamente segregada, era mutilado. Hasta hoy se desconoce quién estuvo tras la coordinación de los actos, pero ya hay algunos autores materiales acusados en la justicia.

Manifestantes se enfrentan a las fuerzas de seguridad durante una protesta exigiendo una mayor reforma social al presidente chileno Sebastián Piñera. / AFP Claudio Reyes

Manifestantes se enfrentan a las fuerzas de seguridad durante una protesta exigiendo una mayor reforma social al presidente chileno Sebastián Piñera. / AFP Claudio Reyes

El presidente debió pararse abruptamente de la mesa. Una llamada del ministro del Interior, Andrés Chadwick, lo notificaba de la situación de la ciudad. A la escena se le sumaban centenas de barricadas en todo Santiago y la impactante imagen del edificio de Enel ardiendo en su parte exterior. A esa hora, su presencia en la pizzería se había vuelto viral y poco se entendía qué estaba pensando cuando tomó la decisión de asistir a la celebración. “Él también es ser humano”, intentó explicar la entonces vocera de Gobierno, Cecilia Pérez.

Desde la azotea de un edificio ubicado en Providencia, la imagen era dantesca. El intenso rojo de fogatas, incendios y enfrentamientos se reflejaba en el cielo de la capital. Santiago de Chile, mundialmente conocida por su contaminación, cambiaba el smog por una anaranjada contaminación lumínica. La ciudad estaba bajo fuego, totalmente desbordada.

Perfil Sebastián Piñera

En el camino de regreso a La Moneda, el mandatario ya había decidido decretar el estado de excepción. Los informes que le llegaban eran desoladores. Instruyó la redacción de decreto, pero sólo lo pudo comunicar a las 00.25 del sábado, una vez que se había realizado la toma de razón. “Haciendo uso de las facultades que me otorga la Constitución y la ley, he decretado estado de emergencia en las provincias de Santiago y Chacabuco, y en las comunas de Puente Alto y San Bernardo, en la Región Metropolitana”, declaró al país. Ya era tarde.

Supermercados saqueados y quemados se multiplicaron durante la noche. El Ejército debió movilizar contingentes de otras ciudades, lo que solo se concretó durante el día siguiente. No hubo cómo reestablecer el orden. La decisión de decretar el Toque de Queda fue anunciada por el General de Zona a cargo de la Emergencia. Esa noche, a las 22 horas, todos debían estar en casa. El ejército tardó 3 horas en lograr hacer la medida efectiva. A la 1 AM del domingo 20, el panorama en Santiago era desolador.

Los bomberos chilenos apagan un autobús en llamas durante los enfrentamientos entre los manifestantes y la policía antidisturbios en Santiago. / AFP Martín Bernetti

Los bomberos chilenos apagan un autobús en llamas durante los enfrentamientos entre los manifestantes y la policía antidisturbios en Santiago. / AFP Martín Bernetti

Primero fue Concepción, luego Valparaíso y así, consecutivamente, se sumaron las grandes ciudades del país. Como si fueran hermanos gemelos, el libreto se repitió en cada una de ellas. El país completo vivía una conmoción sin precedentes. A las 6 de la tarde de ese domingo, un mensaje de texto alertó a la prensa. Primero la incredulidad, luego la ratificación, era ella. La Primera Dama del país, Cecilia Morel, expresaba en una frase la más profunda de las razones del estallido social del país: “Vamos a tener que disminuir nuestros privilegios y compartir con los demás".