La odisea de llegar desde Madrid a una Barcelona tomada por las protestas independentistas

Internacionales
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El vuelo llegó de Madrid a horario. Dos días en Barcelona eran el plan para sumar unas minis vacaciones luego de una cobertura en la capital española. “El aerobus no está

llegando a Plaza Cataluña, así que mejor tomar el metro”, me explica atenta la empleada de informes de turismo de la terminal 1 de El Prat.

Pero al bajar a la estación de metro, es zona militarizada. Se escuchan gritos, cantos que no se entienden. Un Mosso D’Esquadra explica que la protesta de los independentistas no se sabe cuándo terminará. En ese preciso momento, un grupo de policías baja corriendo las escaleras, poniéndose los cascos en movimiento.

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Calculo que con una represión ahí abajo y cargando valijas, la voy a pasar mal. Subo las escaleras como puedo. Los policías no me dejan volver a entrar para tomar un taxi. Logro convencer a uno de que aterricé hace media hora. Pero los taxis no entran, tampoco Uber y Cabify. Me pongo al final de la fila del bus, que me deje donde me deje pero que me saque de ahí. Después de una hora y media, el bus no aparece y los manifestantes llegan a donde estamos. La mayoría jóvenes, banderas de Cataluña sobre la espalda, muchos con los rostros cubiertos. Uno intenta desenroscar del piso uno de los caños que ordenan la fila, pero por suerte no lo logra. Cinco policías rodean a un chico en el piso a tres metros de donde estoy y se lo llevan. El bus suspende el servicio y quedamos varados a decenas de kilómetros de todo.

AFP

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Intento aplicar el entrenamiento que me han dado Buenos Aires y sus piquetes. Pero esto tiene otra lógica. Intento indagar en una pareja de españoles que está delante mío: ¿Qué hacen habitualmente en estas protestas los manifestantes? ¿Se quedan o se desplazan? “Pues que no lo sabemos. Son radicales”, me dice él. Y ahí mi interlocutor la registra, a un costado: una chica llorando con un pequeñísimo bebé colgado. El muchacho se ofrece a ayudar, pero la chica no habla español. En el medio de los cánticos en catalán, le digo en inglés que venga con nosotros, que la vamos a ayudar. Viene con su amiga, que tampoco habla español. Una es de Estados Unidos, la otra de Francia y también vinieron dos días de vacaciones a Barcelona.

Pedimos ayuda a un policía, que saquen a este bebé de cuatro meses. El levanta los brazos: “No puedo hacer nada”. Lo mismo, un paramédico. “No puedo sacar la ambulancia de aquí, me han golpeado, me quisieron dar vuelta la ambulancia”.

Reuters

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En ese momento, sacar de ahí a Charles y a su mamá se convierte en la obsesión de este pequeño grupo que se armó. Revisamos Twitter, llamamos a familiares y amigos, yo empiezo a seguir el Minuto a Minuto de La Vanguardia: la ciudad es un caos y miles de personas vienen desde Plaza Cataluña y distintos puntos hasta el aeropuerto para protestar contra la sentencia del “proces”, como llama el diario a la masiva convocatoria de desobediencia civil. El colapso también está ocurriendo en otros puntos de Barcelona.

La única alternativa es salir caminando, hasta que encontremos un taxi o podamos subirnos al tren en la Terminal 2, que al parecer volvió a funcionar. Google Maps no nos indica cómo hacerlo: claro, nadie hace ese camino a pie. Empezamos a seguir el recorrido que marca para los autos: son más de cuatro kilómetros, que arrastrando valijas y cargando mochilas parece que se multiplicaran por cinco.

Compacto, el grupo se organiza y empieza la caminata por la autopista. Nos vamos conociendo: Iván es escultor, hijo de gallegos y catalanes, de izquierdas y que, cuando era más joven, simpatizaba con el independentismo pero que luego reflexionó mucho y que entendió que no es la manera. Que está orgulloso de ser catalán y de ser español. Y que de concretarse la independencia catalana, afirma, sería Cataluña la que más perdería. Yo hablo del sinsentido de las grietas y Liz dice bajito que es estadounidense porque su presidente la avergüenza. Charles y su mamá van en un mundo paralelo, ella amamantando al bebé mientras camina e Isa, la novia de Iván y librera, filma con el celular para demostrarle a su jefa por qué hoy no podrá llegar a trabajar.

Reuters

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En sentido contrario a nosotros, son miles y miles los que avanzan hacia el aeropuerto. Hay mayoría de jóvenes y ya son contados los que vienen con el pañuelo sobre el rostro. A cara descubierta, ellos también filman, cantan y festejan cuando uno de los pocos aviones -las cancelaciones se cuentan por decenas- pasan bajito sobre nuestras cabezas para aterrizar. Hay también gente más grande, y muchos con los carteles que reclaman libertad a los presos políticos. Eso cantan también, y cantan por la independencia, y anticipan que no habrá “ni un paso atrás” y también un gráfico “puta España”.

Los turistas extranjeros que arrastran sus valijas entienden poco y nada; entre los españoles, hay fastidio, pero también algunos pocos, especialmente adolescentes, que celebran la manifestación. Entre el medio de los manifestantes, otro grupo de turistas intenta avanzar hacia el aeropuerto para tomar su avión o, mejor dicho, hacia la incertidumbre de saber si podrán o no viajar. “Nuestro avión sale en 15 minutos”, nos dicen en un alto a los 35 minutos de caminata unas chicas que parecen indias. Claramente, no van a llegar.

reuters

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El tiempo no nos acompaña y ahí, poco antes de llegar a la mitad del camino, se larga una lluvia persistente. Ya a esta altura, lo tomamos con humor: nos sacamos una selfie e Iván hasta canta una de David Bisbal mientras Isa lo filma. Finalmente, se nos aparece a lo lejos el edificio de la T2, pero nos cruzamos con un piloto que nos dice que el metro tampoco ahí funciona. No nos queda otra: tenemos que seguir y ver con qué nos encontramos.

Ya en la terminal, Iván propone tomar el tren de cercanías que al parecer sí está funcionando y nos paga a todas los pasajes. Las chicas americanas retribuyen compartiendo un snack saludable. Charles que, que casi no lloró en toda la odisea, nos sonríe cuando nos despedimos en la estación de Gracia, después de siete horas de “odisea”. Nos intercambiamos teléfonos y redes sociales. Perdí un día de mis minivacaciones en Barcelona y me duele cada músculo de mi cuerpo, pero quizás gané nuevos amigos.

PB

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