Y mientras tanto, en la Venezuela chavista...

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Era el atardecer del lunes 24 de octubre de 2016 cuando el autócrata venezolano Nicolás Maduro apareció en el Vaticano interrumpiendo una gira por países de la OPEP. La visita sorprendió

a los periodistas y al cuerpo diplomático. Seguramente no a la curia, pero el papa Francisco se cuidó de no recibirlo en público y evitó las fotografías. Fue un “encuentro privado”, dijo por entonces el informe oficial de la Iglesia. No fue un episodio casual. Coronaba una maniobra central del régimen para su sobrevivencia colocando al Vaticano como ariete de unas negociaciones ficticias con la oposición que servirían para alargar los tiempos y diluir la redoblada presión para derribarlo.

Maduro venía de una derrota aplastante el 5 de diciembre del año anterior cuando la oposición ganó las legislativas y pasó a controlar el Parlamento, por primera vez desde la instauración de chavismo. Apenas meses después de aquel impacto vencía la mitad de su mandato que, según la Constitución pergeñada por el intocable Hugo Chávez, lo obligaba a un referendo revocatorio en abril que validara su continuación en el poder.

La disidencia, fortalecida por aquella victoria parlamentaria, removía ese garrote reuniendo las firmas necesarias para darle curso con la seguridad que el aluvión de votos de diciembre se repetiría concluyendo finalmente con el régimen. Maduro estaba operando sobre esas amenazas con la Corte Suprema y el Consejo Nacional Electoral que tenía bajo control. Pero no era suficiente. Acabó aceptando que el revocatorio se efectuara en el primer trimestre de 2017. Fue una salida fabulada para escapar del encierro. Entonces fue a Roma.

Nicolas Maduro, el juego del voto AFP

Nicolas Maduro, el juego del voto AFP

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El Vaticano entró en el juego, sin poder evitarlo. Llamó al diálogo y designó como representante de la Iglesia en las negociaciones a monseñor Claudio María Pecelli. La primera reunión se efectuó el 31 de octubre de aquel año con la participación de una oposición desconcertada. Allí, con los oropeles del caso, se crearon cuatro espacios de debate con otros tantos coordinadores. La disidencia reunida en la Mesa de Unidad Democrática se había desayunado de pronto, y sin aviso previo, ni siquiera del Vaticano, de que tenía que bajarse de sus demandas, y acabar en un dialogo del que sospechaba con razón. Pero cómo desairar al Vaticano se preguntaba irritado ante este cronista el entonces líder opositor, el socialdemócrata Henrique Capriles.

Maduro aprovechó esa farsa, que involucró además a tres ex presidentes iberoamericanos, entre ellos el español Rodríguez Zapatero, para revolear promesas y dejar correr por debajo de la mesa su propio proyecto. No hubo revocatorio, por cierto y la negociación sin resultados acabó por erosionar a la oposición. Los partidos antichavistas pagaban de este modo la factura de sus indecisiones frente al régimen en las épocas de auge y luego, cuando se generalizó la crisis, por empeñarse en encapsular y dispersar las protestas para evitar el costo propio de un levantamiento popular.

Era claro para todos que el régimen quería desprenderse del referendo revocatorio pero, además, construir el camino a la reelección del delfín de Chávez. En ese plan ni siquiera tuvieron piedad con sus propios aliados. En diciembre, cuando ya no había dudas de que nada sucedería con el diálogo, la curia comenzó a pedir explicaciones.

Juan Guaidó. Se niega a participar de nuevas elecciones adelantadas. EFE

Juan Guaidó. Se niega a participar de nuevas elecciones adelantadas. EFE

Diosdado Cabello, el segundo hombre al mando de ese barco a la deriva, cortó esas demandas con los tonos que le gustan, advirtiéndole al secretario de Estado del Papa, el cardenal Pietro Parolin: “Oiga! no se meta en los asuntos de Venezuela que nosotros no nos metemos con los curas pedófilos”. El pontífice habrá advertido entonces que Venezuela no era como Cuba donde había logrado cierto respeto y apenas pudo desquitarse levemente poco después en una famosa carta que dejó filtrar, en la que evitó llamar presidente a Maduro.

Gestos menores en cualquier caso. Hacia abril de 2017, cuando el diálogo era cenizas, la nomenclatura impulsó la elección de una Asamblea Constituyente, un poder supranacional solo integrado por chavistas, que en ningún momento redactó una nueva Constitución. Ese organismo operó como un Parlamento paralelo y fue el puente junto con la Corte para proscribir a la casi totalidad de la dirigencia opositora y habilitar las elecciones presidenciales adelantadas del 20 de mayo de 2018 que Maduro ganó por un “histórico” 68%. Toda la agenda se había cumplido.

Conviene observar esa historia para intentar comprender el movimiento de este presente que genera cierta confusión. No se trata esta vez del Vaticano. Ahora, la arquitectura es con un diálogo con EE.UU. que, según cuentan con tono conspirador voceros de la Casa Blanca, se realiza con laderos de Maduro para construir el final del régimen. ¿Con quién entre ellos? Cabello sería el interlocutor. El dato interesante es que fue el propio gobierno chavista el que reconoció públicamente la existencia de esas negociaciones...secretas.

Se ha llegado a estos extremos, en gran parte debido a los errores de Washington y la oposición que han simplificado con exageración el escenario. Una de las víctimas fue Juan Guaidó quien surgió como un relevo consistente de la desvencijada alianza MUD. Pero su estrella comenzó a apagarse al no poder cumplir con expectativas que había colocado muy cercanas frente a un pueblo agotado. El fallido mayor fue la rebelión inexistente del último día de abril, a la cual Donald Trump y su equipo de halcones publicitaron como el capítulo final del régimen. Pero no hubo levantamiento militar, ni aviones rusos para trasladar a Maduro al exilio, como propalaba la propia Casa Blanca y repetía Guaidó.

El resultado de esa derrota innecesaria ha sido una gran inyección de frustración entre las bases y el retroceso de la oposición, obligada a regresar a un diálogo que el régimen exigía apostando a su perpetua estrategia.

Al igual que en la etapa anterior, el eje sigue siendo el llamado a elecciones. El chavismo estaría de acuerdo, pero ahora se siente más fuerte para que la discusión se establezca sobre las legislativas y dejar para más adelante las presidenciales. El Parlamento en manos opositoras debería renovarse a finales del año próximo y la nueva conducción asumir en enero de 2021.

John Bolton, el asesor de seguridad nacional de Trump y responsable del fallido venezolano. AFP

John Bolton, el asesor de seguridad nacional de Trump y responsable del fallido venezolano. AFP

Maduro  quiere adelantar esos comicios quizá al primer trimestre de 2020. Apuesta a que la oposición desanimada se dividirá, no participará y de ese modo lograría cambiar la correlación de fuerzas en el recinto unicameral y maniobrar para resolver su asfixia económica antes de que sea determinante en el destino de la autocracia. No es una idea descabellada. Ya hay analistas independientes que razonan que la única salida pasa por esos comicios y eventualmente condicionar la existencia de presidenciales si la oposición gana las parlamentarias.

En Venezuela la historia se repite siempre como tragedia. Esta maniobra vuelve a encerrar a la disidencia en una trampa. ¿Cómo promover la participación después de haber condenado al régimen como ilegítimo y usurpador? En cambio, si llama a abstenerse pavimenta el camino del chavismo al control total del recinto. Es lo que está planteando Guaidó al sostener que no participará de “ninguna farsa”.

En una investigación del excelente portal elestímulo.com el politólogo Ricardo Sucre Heredia contempla una consecuencia aún más grave. La posibilidad de que la jugada del chavismo “desmotive a parte de la comunidad internacional que actualmente considera ilegítimo al gobierno de Maduro”. Ese es precisamente el objetivo del régimen para intentar aliviar el aislamiento actual con un acting democrático. Sería un desenlace de terror para una película de espanto. Pero nada improbable.
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