Un caso de violación y una boda desatan la tensión entre un pueblo árabe y uno judío

Internacionales
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Por David M. Halbfinger

Cuando la boda de una joven pareja palestina llegaba a su fin en un pueblo montañoso deCisjordania hace dos semanas, hombres árabes bailaban con judíos ultraortodoxos de

la extensa colonia israelí vecina. Algunos incluso llevaban en hombros a los colonos con kipá y tirabuzones en las patillas.

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Si esa afabilidad no se hubiese grabado, si el video no hubiese sido publicado online, bien podría haber quedado en la memoria local como otra de las innumerables intimidades amistosas que comparten en silencio los árabes de Deir Qaddis y los judíos de Modiin Illit.

Pero la publicidad no lo permitió.

Otros palestinos se abalanzaron a los medios sociales: ¿Cómo se atreven a festejar con los colonos, los judíos que ocupan ilegalmente nuestra tierra?

Rápidamente, al padre del novio se le pidió que renunciara a su cargo de presidente del concejo municipal, se lo amenazó con despedirlo de su puesto en el Ministerio de Educación y se lo sometió a investigación. Temiendo por su vida, vive escondido, dijo uno de sus hijos.

Cuatro días después, otro incidente aún más traumático abrió una nueva grieta entre los dos pueblos.

La policía israelí anunció el 16 de junio que un palestino había sido acusado de violar a una niña ultraortodoxa de 7 años que estudiaba en una escuela primaria religiosa de Modiin Illit, donde él trabajaba como empleado de limpieza.

El caso tuvo trascendencia nacional, y esta vez fueron los judíos los que sacaron conclusiones apresuradas. Los políticos de derecha calificaron el ataque como anti-israelí.

“Esto no es pedofilia sino puro terrorismo”, dijo el ex ministro de Defensa Avigdor Lieberman, que pidió la pena de muerte.

“La justicia debe aplicar toda la fuerza de la ley a quien sea responsable de este hecho terrible”, tuiteó el primer ministro Benjamin Netanyahu.

Se dice que a la niña la arrastraron a 800 metros de su escuela, a plena luz del día, mientras pataleaba y gritaba, a un departamento sin terminar, donde dos cómplices la sujetaron y se reían mientras el hombre la violaba.

Pero rápidamente surgieron dudas respecto de la culpabilidad del sospechoso, Mahmoud Qattousa, de 46 años, jefe de servicios de limpieza. Se dijo que la violación había ocurrido hacía varios meses pero que no se la había denunciado de inmediato y tampoco se hicieron pruebas forenses. Y tampoco había habido informes anteriores de que la niña hubiese faltado a la escuela.

En cuestión de días, la policía se retractó de su propia investigación y anunció que debía seguir otras pistas. El martes, Qattousa fue liberado, aunque sigue siendo sospechoso.

“No le hice nada a esa niña”, le dijo a la prensa. “Quien haya hecho algo así no debería ir a la cárcel… debería ser ejecutado”.

Colonos israelíes en un taller de autos de un palestino, en Deir Qaddis./ Samar Hazboun. The New York Times

Colonos israelíes en un taller de autos de un palestino, en Deir Qaddis./ Samar Hazboun. The New York Times

Estos escándalos sucesivos en Deir Qaddis y Modiin Illit dieron lugar a una ola de desconfianza y vergüenza que conmocionó a los habitantes de ambas comunidades.

Estos pueblos, unidos en lo económico y sólo separados por un puesto de control y un cerco de acero, han convivido pacíficamente durante casi un cuarto de siglo, desde que se fundó Modiin Illit en tierras confiscadas a Deir Qaddis y otros cuatro pueblos palestinos.

Hoy, decenas de talleres mecánicos árabes funcionan gracias a clientes de Modiin Illit, quienes pasan por alto los letreros que advierten a los judíos que no entren porque los precios son inigualables. Y decenas de habitantes de Deir Qaddis se congregan todas las mañanas en la puerta de entrada a Modiin Illit para trabajar en escuelas, comercios, sinagogas y obras en construcción.

A través del tiempo, las vidas de estos árabes y judíos han quedado íntimamente ligadas. Pero el caso de violación y la boda mostraron los límites de esa convivencia y lo rápido que la encarnizada disputa política que tiñe todo en la Cisjordania ocupada puede acabar con los pequeños brotes de humanidad que echan raíces por debajo de ella.

El sospechoso

Después once años como maestro de escuela para mantener a su esposa y cuatro hijos en un departamento de dos ambientes con un alquiler de 1.100 dólares mensuales, Mahmoud Qattousa casi cuadruplicó su salario, dijeron sus familiares, al ir a trabajar para un israelí que tenía una empresa de mantenimiento de edificios en Modiin Illit. Qattousa dirigía a unos 80 trabajadores palestinos.

Desde la izq. el hijo de Mahmoud Qattousa, Qusai y sus hermanos, Abed y Anwar./ Samar Hazboun. The New York Times

Desde la izq. el hijo de Mahmoud Qattousa, Qusai y sus hermanos, Abed y Anwar./ Samar Hazboun. The New York Times

No sólo era supervisor. También limpiaba una escuela todas las mañanas, “tanto para ganar más como para dar el ejemplo”, dijo su hermano Abed, de 51 años. Iba a trabajar a las 8 y volvía a casa a las 19 y pasaba varias horas cada noche asignando tareas para el día siguiente.

En dos años, había ahorrado dinero suficiente para transformar su casa en un palacio espacioso de tres pisos, pisos de mármol, puertas con arcada y una terraza desde donde podía ver Tel Aviv en un día despejado.

Era estricto con sus empleados y les advertía que los edificios que limpiaban tenían cámaras de seguridad por todas partes, dijo su esposa, que pidió que no se revelara su nombre para proteger la privacidad de sus hijos.

La familia de Mahmoud Qattousa, acusado de violación, en su casa en Deir Qaddis, en Cisjordania./ Samar Hazboun. The New York Times

La familia de Mahmoud Qattousa, acusado de violación, en su casa en Deir Qaddis, en Cisjordania./ Samar Hazboun. The New York Times

“Una vez vieron en un video que un trabajador había tomado un pedazo de chocolate que estaba tirado”, dijo la mujer. “Él le dijo al hombre que no volviera. Les dijo a los trabajadores que, si encontraran oro o dinero o helado, que no lo tocaran”.

El 1° de mayo, la policía se presentó en la escuela donde trabajaba Mahmoud Qattousa y lo detuvo.

Qattousa tiene tres hijas. La menor, Rafif, tiene 7 años. A su padre le permitieron hacer una llamada a su casa para hablar con ella desde la cárcel.

“No pudo soportarlo”, contó su madre. “Sólo dijo: ‘Sí, sí, sí’, y después arrojó el teléfono al piso, corrió a su cama y se puso a llorar.

Pero las acusaciones no tenían sentido, dijo la familia de Qattousa. El día que supuestamente había ocurrido la violación, en abril, Qattousa estaba remodelando la casa de una maestra, y esta lo corroboró. La policía entonces modificó los cargos para que reflejaran una fecha incierta.

Después estaba la cuestión de la marcha por la calle a plena luz del día. A los trabajadores palestinos no se les permite caminar libremente en los asentamientos judíos. Se los lleva en micros a sus lugares de trabajo a la mañana y a los portones de entrada a la tarde. Todo trabajador no acompañado puede perder su permiso de trabajo en el acto.

“Si te ven en la calle, llaman a la policía”, dijo Abed Qattousa.

Para quienes mejor conocen a Mahmoud Qattousa, la señal reveladora fue cuando la policía dijo que el atacante de la niña primero se había hecho amigo de ella dándole caramelos.

“Todos sabíamos que eso no era posible”, dijo un hombre llamado Zvika, hermano del empleador judío de Qattousa, que no quiso dar su apellido. “Puedo aportar un número infinito de maestros y empleados de la escuela que declararán en su defensa”.

La boda

En el casamiento de Asaad Nasser la noche del 12 de junio, cientos de habitantes de Deir Qaddis llenaron una plaza cercana a la cima de la principal colina del pueblo. La fiesta empezó a las 20 y seguía a pleno pasada la medianoche.

Nasser, de 25 años, arregla motores, y la mayoría de sus clientes son judíos de Modiin Illit.

Su padre, Radi Nasser, presidente del concejo municipal y activista de Fatah, la facción palestina que controla Cisjordania, le había advertido a Asaad que sus amigos colonos podían meterlo en problemas si asistían, dijo el hermano de Asaad, Issa, de 32 años.

Pero alrededor de las 0.30, cuando se servía hummus y pita a los invitados más resistentes antes de mandarlos a su casa, llegaron a la fiesta cuatro colonos.

Mientras en los altoparlantes sonaba una canción tradicional de despedida y los judíos y los palestinos bailaban, algunos árabes cargaron al novio sobre los hombros y otros hicieron lo mismo con los hombres ultraortodoxos. Una hilera de banderines con la bandera palestina ondeaba en lo alto.

En una breve entrevista telefónica durante su luna de miel, Asaad Nasser dijo que había posteado la fecha y el lugar de la boda en Facebook pero que no había invitado a nadie de Modiin Illit. “A los cuatro que se presentaron no los conozco”, señaló.

Su hermano Issa dijo sospechar que los colonos eran parte de un ardid de rivales políticos que querían abochornar al padre del novio. O quizá era sólo un acto de intimidación.

“Los colonos conocen la cultura árabe”, dijo. “Pueden difamar a alguien con sólo venir”.

Los invitados

Nachshon Schutz se permite disentir. Él era uno de los cuatro judíos ultraortodoxos, o jaredíes, que fueron a la boda.

Asaad Nasser lo invitó personalmente, aseguró. Y el video da claramente a entender que los hombres eran amigos. Se puede ver a uno de los judíos estampando un beso en la mejilla del novio.

“Lo conozco desde hace seis años”, dijo Schutz en una entrevista. “Arregla autos. Le llevo autos para que los arregle”.

Los jaredíes de Modiin Illit no son colonos ideológicos como los sionistas religiosos que viven en el interior de Cisjordania y quieren anexar todo lo que denominan el “gran Israel”. Los primeros habitantes de Modiin Illit, que ahora llegan a más de 70.000, se mudaron allí buscando una vida mejordespués que sus antiguos vecindarios en Jerusalén y Bnei Brak se superpoblaron. Están entre los judíos más pobres de Israel y dependen de la ayuda social para mantener a sus grandes familias.

Schutz, de 23 años, vive en un ómnibus estacionado en un terreno vacío de 2.000 metros cuadrados ubicado contra el cerco de seguridad. Él y un amigo comparten el lote con perros, gallinas y caballos.

Desde allí puede ver una de las mezquitas situadas en lo más alto de Deir Qaddis.

La noche del 12 de junio había asistido a otro casamiento, este en Jerusalén, razón por la cual llegó tan tarde al de Nasser, señaló.

El padre del novio le dio la bienvenida, agregó, y el festejo fue sincero. Dijo que sólo después este fue distorsionado para presentarlo como otra cosa.

“Me siento mal al ver que tratan de crear problemas con algo bueno”, dijo Schutz. “Los de arriba de ese lugar causan todos los problemas. Porque para los que quieren vivir juntos está todo bien”.

Las consecuencias

Los dos episodios parecen haber paralizado a ambos pueblos.

En Modiin Illit, los padres jaredíes ahora advierten a sus hijos de los peligros de los depredadores sexuales. “Dios debería protegernos”, dijo Yisrael Goldberg, “pero creo que la mayoría de los padres ahora van a tener más cuidado”.

A otros les preocupa que la acusación contra Qattousa haya sido un error deliberado y que el verdadero culpable sea uno de los suyos.

“Los trabajadores árabes vienen acá a trabajar”, dijo Miriam, una mujer jaredí nacida en Polonia que no dio su apellido. “Tienen que hacerlo. ¿Por qué correrían semejante riesgo?” En Deir Qaddis, Shahar Teram, un hombre jaredí, seguía tratando como siempre con Hamouda Ayash, el dueño de un garaje, tal cual lo había hecho durante años.

Ayash habló de Qattousa. “En un 99 por ciento, creemos que es inocente”, dijo. “Pero, si es culpable, que lo castiguen, porque condenamos ese comportamiento”.

Teram se preguntaba por las consecuencias de la boda de Nasser.

“Esto creará distancia en las relaciones entre los pueblos”, señaló. “Ahora, si alguien me invita a un casamiento, no iré. Si pudiéramos dejar la política de lado, viviríamos en el paraíso”.

Traducción: Elisa Carnelli