España: Pedro Sánchez se presentará a la investidura, pero sabe que fracasará

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Pedro Sánchez está dispuesto a saltearse el guión de la escena parlamentaria española en la que un candidato a presidente da su discurso y, sabiendo casi siempre de antemano quién lo

apoyará, quién le dará la espalda y quién se quedará callado, aguarda con emoción contenida ser investido jefe del gobierno de España.

Sánchez parece decidido a presentarse ante el Congreso aún sin haber cerrado acuerdos con los otros partidos políticos que le garanticen su permanencia en La Moncloa.

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El martes 2 de julio el socialista se reunirá con la presidenta del Congreso para fijar fecha al primer debate al que piensa presentarse, si no logra cerrar negociaciones de último minuto, a improvisar. No en su discurso como candidato a la investidura pero sí en el desenlace que ese debate podría tener ante los 350 diputados que estrenan la XIII Legislatura de las Cortes formadas en mayo, a partir de los resultados electorales del 28 de abril.

El presidente en funciones -lo es hasta que se forme un nuevo gobierno- pretende así poner fecha y meter presión.

“En función de esa conversación, acabaré de decidir cuándo se convoca el pleno", dijo la presidenta del Congreso, la socialista Meritxell Batet. "Todavía no sabemos si tendrá o no apoyos. Tendremos que verlo. Sería bueno para el país que hubiera investidura, un gobierno a pleno rendimiento lo más rápidamente posible porque es lo que necesita la ciudadanía y es lo que está esperando”.

Por ahora, el PSOE de Pedro Sánchez cuenta con los 123 diputados que obtuvo en las últimas elecciones más el apoyo del representante del Partido Regionalista de Cantabria (PRC). Para ser investido en el primer debate, es preciso que logre 176 escaños (la mitad más uno de los diputados que integran la Cámara) a su favor.

“Gobierno de coalición”, pide el principal socio de Sánchez, Pablo Iglesias, de Unidas Podemos, quien podría sumarle sus 42 bancas. “Gobierno de cooperación”, ofrece el PSOE.

“El plan A del Partido Socialista es un acuerdo con la derecha”, protestó este miércoles Iglesias, quien luego de la reunión del martes por la tarde con Sánchez en La Moncloa -la cuarta sin acuerdo- amenazó con votar en contra del socialista.

“Un acuerdo con la derecha que doble el brazo de Albert Rivera (líder del partido de centro-derecha Ciudadanos, quien ya confirmó su “no”) para que facilite la investidura de Pedro Sánchez. Esa es una posibilidad que va a estar hasta el final. Pero sospecho que Rivera va en serio y que sus focus group le dicen que es más rentable que se ubique en posiciones de extrema derecha que ponerse de acuerdo, como hizo hace tres años, con Pedro Sánchez”, ironizó Iglesias.

“La segunda posibilidad es que haya un gobierno de coalición con nosotros. Ese acuerdo de gobierno está mucho más cerca de lo que podría parecer. Si no le doblan el brazo a Rivera, tendrán que negociar un gobierno de coalición con nosotros. Aunque haya que esperar dos meses y medio para que ello ocurra”, agregó.

Si la primera sesión de investidura fracasa, se convocará a una segunda, 48 horas después de la primera. Esta vez, rige la mayoría simple: cuentas votos a favor y en contra.

Sánchez se reunirá con la presidenta del Congreso a su regreso de Japón, donde asistirá este fin de semana a la reunión del G-20, y de pasar por Bruselas, donde el domingo participará de la reunión del Consejo Europeo para elegir los cargos institucionales de la Unión Europea.

En su cuenta de Twitter, Pedro Sánchez esquiva el tema investidura. Estuvo casi 24 horas sin tuitear y sus últimas reflexiones en las redes sociales apuntan a la emergencia climática y a la reciente inauguración del tren rápido entre Madrid y Granada.

La ansiedad de la dirigencia política en torno a la cita para fijar la fecha del debate por la investidura no es infundada: a partir de esa primera sesión inicia una cuenta regresiva. Contrarreloj, España tiene 60 días para nombrar un presidente. De lo contrario, se disuelven las Cortes y, 47 días después, se vuelven a convocar elecciones.

A la tensión política que se respira estos días en España se suman las declaraciones del ex presidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero sobre el conflicto catalán que arrojaron sal sobre la piel en carne viva de la clase dirigente española.

Zapatero confesó haber llamado por teléfono al ex vicepresidente catalán en prisión, Oriol Junqueras, quien, junto a otros once líderes independentistas aguarda la sentencia del Tribunal Supremo español que los juzgó por haber organizado un referéndum ilegal por la autodeterminación de Cataluña.

Rodríguez Zapatero dijo que considera que “tenemos un problema político y tiene que tener una respuesta política. La democracia tiene una gama amplia de posibilidades para resolver esta situación y no debemos hacer caer ni en un tribunal ni en las fuerzas de seguridad del Estado las soluciones porque no serán políticas y, por lo tanto, no serán perdurables", dijo el ex presidente socialista.

"No voy a entrar en el debate de si son presos políticos. Tengo mi propia opinión", “agregó. "Tenemos que racionalizar la sentencia. El nacionalismo o el independentismo tiene que saber que la sentencia es del Tribunal Supremo y no disponible por ningún poder político”, señaló.

Y subrayó: “Nunca les voy a pedir a los independentistas que dejen de serlo. Respeto la pluralidad ideológica, pero sí creo que se les puede pedir, porque va con las reglas del juego, que no implementen un plan de acción independentista si hay un acuerdo por el que abogo, un diálogo de reformas y de una relación renovada de lo que es Cataluña en el conjunto de este proyecto de la democracia española”.

Respecto de la sentencia, que se espera para el otoño europeo, dijo Rodríguez Zapatero: “Somos conscientes de que hay una sentencia pendiente que va a ser muy decisiva, ojalá sea una sentencia que no comprometa ese diálogo. Una sentencia que nos permita recuperar la necesaria, deseable y saludable convivencia”.

Las palabras del ex presidente -“No diría que son golpistas para definir la situación”- fueron leídas con segundas intenciones en ambas orillas del conflicto: mientras los nacionalistas divulgaban que Rodríguez Zapatero se postulaba como mediador y hasta que vería con buenos ojos un indulto, la derecha volvió a acusar a Pedro Sánchez y a su entorno de seguir flirteando con el independentismo catalán para lograr su apoyo.

PB