Horror, miedo y desesperación: la capital petrolera de Venezuela, destruida por un "tsunami" de saqueos violentos

Internacionales
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Por Tom Phillips, Maracaibo. Algunos asemejan el daño hecho a la segunda ciudad de Venezuela con un desastre natural. Otros, sospechan de una intervención satánica.

 

 

“El demonio”, dice Betty Méndez, comerciante local, a modo de explicación por la ola de saqueos y convulsión que sacudió a Maracaibo a comienzos de este mes.

Sin embargo, la mayoría describe el caos en términos psiquiátricos: un colapso colectivo que conmocionó a esta ciudad lacustre en sus entrañas y le ofreció una visión aterradora del posible futuro de Venezuela, mientras se hunde más profundamente en una decadencia económica, política y social.

 

“Horror, miedo, desesperación”, dijo María Villalobos, periodista de 35 años, llorando mientras revivía los tres días de violencia que muchos aquí denominan “la locura”.

“Pensé que era el comienzo de una guerra civil”.

Su esposo, Luis González, asintió con tristeza para mostrar su acuerdo, mientras los dos rememoraron la imagen de cientos de saqueadores, algunos de ellos con hachas, mazas, machetes e incluso armas de fuego, moverse en los depósitos y comercios cercanos, e incluso en una iglesia, para comenzar su frenesí de saqueo y robo. “Fue como si estuvieran poseídos”, recordó el chofer de 39 años.

Un supermercado devastado tras los saqueos en Maracaibo. / AFP

Un supermercado devastado tras los saqueos en Maracaibo. / AFP

La "locura" de Maracaibo comenzó en la noche del 10 de marzo, tres días después del apagón catastrófico que sumió a casi todo el país en la oscuridad. Pero se estaba preparando desde hace tiempo, gracias a los años de dejadez económica y política.

La Houston de Latinoamérica

Los 1.600.000 residentes de Maracaibo, que alguna vez fue la capital del petróleo, considerada como la réplica latinoamericana de Houston, se quejaban de la escasez de agua, electricidad y combustible y el desmejoramiento del sistema de transporte público, incluso desde antes de que la crisis venezolana comenzara a acelerarse en 2016, con el inicio de la hiperinflación.

“Hay comunidades aquí que pasan días, semanas y hasta meses sin agua”, dijo Juan Pablo Guanipa, político local de la oposición. “Es una ciudad destruida”.

Las protestas, al igual que los cortes de electricidad, son un cronograma diario para los maracuchos (los pobladores locales N del E.). A los 90 minutos de llegar, la semana pasada, The Guardian se encontró con una manifestación; los residentes de un barrio en el interior de la ciudad, que habían montado barricadas en una de las arterias principales de Maracaibo con neumáticos, ladrillos y troncos para protestar en contra de la falta de agua.

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“Es como si viviéramos en una guerra constante. Todos los días es una lucha”, se quejaba una de los manifestantes, Yelenia Barrera, de 31 años y madre de una hija de cuatro.

Cuando se cortó la luz el 7 de marzo, esa lucha diaria se hizo más difícil. El sexto apagón, por el cual Nicolás Maduro culpa a los “saboteadores terroristas”, aunque se cree ampliamente que fue causado por un incendio de arbustos que paralizó una sección clave de la red venezolana, provocó una tragedia nacional y un escándalo internacional: uno de los productores de energía más grandes del mundo era incapaz de proveer energía a su pueblo.

Una empleada limpia el desastre, tras u saqueos a un tienda en Maracaibo. / Reuters

Una empleada limpia el desastre, tras u saqueos a un tienda en Maracaibo. / Reuters

El lunes, Venezuela sufrió otra falla eléctrica masiva que aparentemente afectaba al menos 16 estados, y nuevamente los funcionarios responsabilizaban a los opositores políticos de Maduro y sus “señores imperiales” en Washington.

Cuando el primer apagón golpeó a la capital, Caracas, a comienzos de este mes, los ricos se fueron a buscar refugio en los hoteles lujosos que todavía tenían luz, mientras lo menos afortunados, fueron abandonados y tuvieron que recoger agua de las vertientes o de los ríos tóxicos.

En Barquisimeto, otra ciudad seriamente afectada, algunos incluso se bañaban en las alcantarillas mientras el apagón se prolongaba en el tiempo.

Pero el impacto fue más dramático en Maracaibo, donde la falta de electricidad, información y policía desató el desorden, ya que las fuerzas de seguridad parecían ser incapaces o no tener la voluntad de controlarlo. Cientos de comercios fueron saqueados o incendiados, mientras los residentes estaban en sus hogares sin agua y a oscuras, esperando una explicación para los días venideros.

Una tienda incendiada en Maracaibo./ AFP

Una tienda incendiada en Maracaibo./ AFP

“Era una olla hirviendo y entonces, explotó”, recordó Juan Carlos Koch, gerente de un centro comercial que vio cómo 106 de sus 270 comercios eran saqueados.

Un golpe más duro fue el del hotel Brisas del Norte, un hotel de cinco pisos destruido por una banda de aproximadamente 100 personas.

Ni siquiera dejaron un azulejo con la imagen de la Virgen del Carmen a la entrada del hotel, cuando el lugar fue atacado alrededor de las 9 de la mañana el 12 de marzo; 72 horas de saqueo y comenzó la demolición.

“Un tsunami,” murmuró su gerente de ventas, Simaray Cardozo, mientras se movía entre la recepción destruida, las fotocopias de los pasaportes de los pasajeros y los vidrios rotos por el piso.

Hasta los enchufes

Adentro, la destrucción fue total. Los cielorrasos de yeso fueron abiertos para sacar los cables de cobre y los caños. Los inodoros, lavatorios y duchas sistemáticamente robados de sus 120 baños. Hasta los enchufes habían desaparecido. Afuera, una sombrilla hecha de hoja de palmera había sido arrojada a la pileta de natación, vacía a medias, como insulto final a los propietarios.

Mientras recorría la pizzería del hotel, la gerente Margelis Romero dijo que temía que la descomposición económica de Venezuela estuviera causando una descomposición moral, poniendo a los ciudadanos comunes unos en contra de otros en una lucha darwiniana para sobrevivir. “Pienso que es el daño social. Ellos nos han dañado tanto, tanto, tanto, que nosotros empezamos a ir unos contra otros”, dijo. “La sociedad está tan perturbada”.

Un hombre mira el interior de un local incendiado. / AFP

Un hombre mira el interior de un local incendiado. / AFP

Romero se preguntaba si ella también algún día no se encontraría entre los saqueadores, si la crisis venezolana no se resolviera: “¿Cómo sobreviviré? ¿También tendré que robar? También tengo hijos que alimentar. ¿Qué sucederá cuando no pueda hacerlo? ¿Cómo reaccionará en esa situación?”.

Leonardo Pinzón, otro empleado, fue menos comprensivo. “Son terroristas, no saqueadores, terroristas”, afirmó.

Los políticos y empresarios locales afirman que muchos de los saqueadores son bandas organizadas que se aprovechan del tumulto.

Pero otros fueron anteriormente madres y padres que cumplían con la ley, que afirman que salieron en búsqueda de los alimentos básicos porque, en ausencia total de información o explicación oficial, no tenían idea de cuándo volverían a tener electricidad, y temían que sus hijos murieran de hambre.

María Villalobos dijo que había detectado una familia de testigos de Jehovah entre los saqueadores.

En un barrio de clase media en el oeste de Maracaibo, un comerciante afable y que asiste a la iglesia, admitió que también había participado en el saqueo de tres comercios cercanos junto con un tercio de sus vecinos aproximadamente.

Un supermercado totalmente vacío tras lo saqueos. / AFP

Un supermercado totalmente vacío tras lo saqueos. / AFP

“Robar es pecado. Tan simple como eso”, reflexiona, antes de señalar a su hija bebé y agregar: “Pero… no había información. El gobierno no decía nada. No sabíamos si duraría tres días o un mes”.

Media cebolla y algo de ketchup

Su esposa acompañó a los visitantes a la cocina de su casa modesta y sin agua, para mostrarle la privación que explicaba muchos de los robos. Sobre la heladera había una papa y media cebolla. En el interior de la heladera, siete botellas de leche, seis de agua, y un frasco de ketchup casi vacío y 10 cajas pequeñas de jugo de manzana que su esposo robó de un supermercado.

“No hay comida”, explicó. Tampoco había Internet, porque se robaron los cables de la comunidad hace un año. Abajo, a seis pañales descartables les habían quitado el gel y los habían limpiado por enésima vez y colgaban de una soga de ropa.

“Lo más triste de todo esto es que no se termina acá”, predijo su marido. “Podría haber otro apagón en cualquier momento y lo mismo volverá a suceder, o incluso peor”.

Una tienda saqueada durante el apagón de principios de marzo en Maracaibo. / AFP

Una tienda saqueada durante el apagón de principios de marzo en Maracaibo. / AFP

Mientras se pone el sol en Maracaibo, María Corina Machado, líder opositora importante, llegó hasta la entrada de una cancha de básquetbol al aire libre para una “asamblea de ciudadanos” organizada para activar la campaña para derrocar a Maduro.

“Literalmente, estamos viviendo nuestras horas más oscuras. Pero también son las más luminosas”, les dijo a sus seguidores, algunos de ellos portando carteles con la leyenda estampada "Buscado" y el rostro de Maduro. “Nos han hecho de todo. Pero seguimos en pie”.

Mientras Machado hablaba, la luz se cortó nuevamente, lo que obligó a la asamblea y al resto de la ciudad a quedar en las sombras.

Cuando terminó de hablar, iluminada por las luces del teléfono celular, los seguidores corearon “¡Libertad!” y volvieron por sus calles oscuras a sus hogares iluminados con velas.

Las carteleras de propaganda desaparecieron en la niebla que los rodeaba, con sus eslóganes optimistas oscurecidos por el último apagón: '¡Maracaibo renace!', '¡Gobernar significa cumplir!', '¡Un futuro seguro!'.