El mundo y todos sus extremismo, los ridículos y los sangrientos

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Quienes excavaron en 2016 el precipicio del Brexit lo hicieron encandilados con la irrupción del nuevo nacionalismo y la xenofobia que traía Donald Trump camino a convertirse en presidente, y confirmando

el proceso extremista que se venía extendiendo por Europa. La pesadilla patética que envuelve hoy al Reino Unido tiene esa intolerancia en sus entrañas. Pero ese mismo comportamiento llevado al fanatismo produce efectos de espanto como exhibe la sangrienta masacre supremacista de estas horas en las mezquitas de Nueva Zelanda.

Aquella gente que fomentó la barrera nacionalista británica tenía un plan sencillo y precario. Sostenía que la ruptura seguiría a una alianza con Washington que desintegraría a la Unión Europea. “La UE dejará de existir cuando se marche Gran Bretaña”, proclamó con su reconocida ligereza el ultranacionalista Nigel Farage, una de las voces británicas de la islamofobia, y la insularidad. De modo que para Londres la aventura sería de pura ganancia. Se libraba de Bruselas, mantenía su lugar de polo económico y se reconstruía como poder global abrazada a la mayor potencia del planeta. Aquella idea original la acaba de refrescar Trump en medio de las batallas legislativas en la capital británica, prometiendo un acuerdo comercial ilimitado con el reino si se verifica la ruptura y su consecuencia continental. Para el magnate norteamericano la UE “es un enemigo peor que China o Rusia”, según postuló el año pasado al lanzar la guerra comercial del acero y el aluminio, y por eso mismo ha sido un gran militante del Brexit.

Banderas para repudiar la batalla del divorcio y en demanda de la unión. afp

Banderas para repudiar la batalla del divorcio y en demanda de la unión. afp

Hace casi tres años el éxito de la iniciativa sorprendió a sus propios propulsores. David Cameron, el premier conservador había convocado al referéndum porque nada le hacia dudar que el remain, el mantenimiento del lazo entre Londres y Bruselas, ganaría de modo apabullante, victoria que se adjudicaría. Tenía el seguro del antecedente de la consulta de 1975 que se saldó con 67% de los electores partidarios de permanecer en la Unión. Por la tarde de aquella jornada, los brexiters más fanáticos, Farage entre ellos, hicieron una pequeña rueda de prensa para agradecer el apoyo y se marcharon convencidos que habían perdido. Después se supo que por apenas dos puntos, Gran Bretaña se desbarrancaría en este proceso que se convertiría en una de las peores pesadillas de su historia.

La campaña del Brexit, que contó con la voz de Trump en un video que comparaba la inmigración con una serpiente, hizo eje en el miedo a una invasión casi bíblica. Es la noción ultraderechista del “gran reemplazo” que, por cierto, citó el asesino de Nueva Zelanda, y que es una deformación de una vieja teoría antisemita aplicada esta vez a alertar sobre la desaparición de los pueblos europeos “arrasados por una nueva oleada bárbara”. Una exageración que se combinó con técnicas publicitarias y de marketing político que trabajaron la noción falsa de que una multitud acompañaba esos temores.

Ahí sucedió de todo. El fallo de los electores reflejó ese estimulo nacionalista pero también el enojo con la austeridad impuesta por Bruselas que encogió desde la crisis de 2008 en más de 1,3 billones de dólares la economía del continente. Ese empobrecimiento y cancelación de oportunidades es el alimento de la oleada neofascista y filo nazi que se esparce por el continente y también en el Reino. Sus auspiciantes, entre ellos el ex asesor de Trump, el supremacista Steve Bannon, colocan al extranjero, al otro, como el peligro a vencer. Son los nuevos bárbaros.

El asesino supremacista que atacó las mezquitas. La peor forma del nacionalismo y la xenofobia. AP

El asesino supremacista que atacó las mezquitas. La peor forma del nacionalismo y la xenofobia. AP

La campaña del Brexit, además de ese trasfondo, constituyó la coronación del fake news. Christopher Wylie, recordemos, el ex funcionario de Cambridge Analytica, la compañía que uso ilegalmente información personal de 50 millones de usuarios de Facebook, reconoció en marzo pasado que el resultado del referéndum hubiera sido otro “sin las trampas” que pergeñó su empresa. AggregateIQ, la oscura filial canadiense de Cambridge Analytica, contratada por los promotores del Brexit, envió mensajes a entre 5 y 7 millones de usuarios concentrándose en los indecisos y los que podrían ser persuadidos con el miedo al extranjero y creando la sensación falsa de una mayoría detrás de esas ideas. El resultado del referéndum se saldó con una diferencia mínima del 2%, o unos 600.000 votos. Cambridge Analytica, por cierto, es la misma empresa contratada para las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 que ganó Trump, también por un mínimo de votos. Wylie recordó que Bannon fue quien propuso el nombre ya que sugería una conexión con la academia.

Como se repite en otros escenarios, donde determinados factores extremistas dictan la narrativa, con el caso de Brexit no sucedió nada de lo que esperaban sus creadores. La UE no se ha atomizado, por el contrario aprovechó la oportunidad para consolidarse, exhibir una saludable unidad ejecutiva y fulminar otras aventuras de ruptura. Gran Bretaña, en cambio, entró en una crisis que en el peor escenario causaría una reducción de su economía cercana al 10%, según pronósticos del Banco de Inglaterra. Como ya ha señalado esta columna son numerosas las empresas que se marchan al continente para evitarse el entuerto de renegociar acuerdos que han determinado ese lazo los últimos 46 años.

El establishment, con razón, reclama que se detenga este proceso suicida. Pero la dirección política, como define la etapa alrededor del mundo, no esta a la altura de la circunstancias y solo emite confusión. El único acuerdo de salida que evite un costo catastrófico es el que pergeñó Theresa May con la UE que es un divorcio a medias, convenientemente pasteurizado. Fue escrito más por Bruselas que por Londres, y dispone que el país continuará unido al continente con un sistema especial que preserva la porosidad de la frontera de las dos irlandas. El costo es que Gran Bretaña continuará determinada por las reglas que fije Bruselas pero sin poder intervenir en ellas.

Es por eso que el acuerdo fue rechazado dos veces en enero y el pasado martes. Aunque quizá pase su tercer intento la semana entrante. La desesperación, se sabe, es hereje. Los legisladores lo repudiaron, pero votaron que no es posible salir sin un pacto, y al mismo tiempo prohibieron otro referéndum encerrando en una jaula virtual a la crisis. Quien no crea en la certeza de la frase de Bioy Casares sobre la importancia de la anchura de la estupidez humana en cualquier análisis tiene aquí un ejemplo concluyente.

En medio de tanto desorden hay algunas certezas. La superestructura económica europea no está dispuesta a permitir este descalabro y hay señales de que postergara el divorcio al menos un año. Es para apostar a un cambio de gobierno en el Reino Unido que no sería necesariamente con el laborismo y la eventual realización de otro referéndum, justificado en la contaminación que envolvió al primero. Así, este hecho quedaría para entretenimiento de los historiadores.

El Brexit, sin embargo, no debería ser observado solo en su dimensión inmediata. Ha sido el emergente más concluyente de la grieta que el nacionalismo esta abriendo en el mundo y que no se cerrará aunque este intento continúe hundiéndose en el fracaso. Y expresa como ningún otro fenómeno la desintegración del orden europeo de la posguerra. El nacionalismo crece no por la aparición de determinados sujetos. Sucede, en cambio, por las condiciones que hacen posible esos liderazgos que son consecuencia, entre otras razones, de la crisis de distribución del ingreso cuya concentración registra niveles históricos. No existen casualidades en la historia. Ese escenario de frustración, repudio a las ideologías y a la política en su conjunto, es tanto usina de fanatismos como razón de la actual anarquía. La gran pregunta es cómo se regresa de este desconcertante berenjenal.
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​MC

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