Una mirada al mundo secreto de la KGB

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"Este es un paraguas búlgaro; ¿había oído hablar de esto?", preguntó Agne Urbaityte, señalando un paraguas azul detrás de la vitrina. De la punta del paraguas, asomaba una aguja.

“Es

un arma”, dijo. “Uno aprieta este botón, la aguja sale y dispara una pequeña cantidad de veneno de ricina. Todavía sigue siendo el veneno más potente del mundo”.

El frente del Museo de Espionaje de la KGB en Nueva York./ Karsten Moran/ The New York Times

El frente del Museo de Espionaje de la KGB en Nueva York./ Karsten Moran/ The New York Times

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Gracias a dios no era una pieza auténtica. Fue el tipo de herramienta que usaron para asesinar al autor Georgi Markov, disidente búlgaro, en el Puente de Waterloo en 1978, más o menos una década después de que se mudara a Occidente. Muchos han especulado desde entonces sobre la participación de la KGB en el hecho.

Urbaityte, de 29 años, estaba el miércoles contra la pared en el museo de la KGB que abrió hace poco en Chelsea, un espacio que se asemeja a un depósito y que alberga, según Urbaityte, miles de artefactos que documentan el ascenso del Komitet Gosudarstvenov Bezopasnosti, o en castellano, el Comité de Seguridad del Estado. O más familiarmente: la KGB, la agencia de inteligencia y policía secreta de la Unión Soviética.

Cámaras con cinturones en el Museo de la KGB. / Karsten Moran/ The New York Times

Cámaras con cinturones en el Museo de la KGB. / Karsten Moran/ The New York Times

El museo abre en un momento en que los servicios de inteligencia rusos han estado en primer plano tanto en la cultura popular como en los acontecimientos actuales. “The Americans”, la serie de FX sobre un matrimonio de espías de la Unión Soviética en Washington, se ha transformado en un fenómeno cultural. Ganó un Globo de Oro este año por mejor drama de televisión. (Otra serie de televisión muy popular, “Homeland”, ha tenido antagonistas rusos).

En una noticia que parecía sacada directamente de “The Americans”, en diciembre, María Butina, una rusa de 30 años, se declaró culpable del cargo de conspirar para actuar como agente extranjera. Como parte de un acuerdo con los fiscales, reconoció que hubo funcionarios rusos detrás de sus esfuerzos. El año pasado un ex espía ruso fue envenenado en Salisbury, Inglaterra, provocando la indignación internacional. La primera ministra Theresa May dijo que era “altamente probable” que Rusia estuviera detrás del ataque.

Pero este museo, explicó Urbaityte, es apolítico.

Padre e hija. Julius Urbaitis y Agne Urbaityte, curadores del Museo de Espionaje de la KGB./ Karsten Moran/ The New York Times

Padre e hija. Julius Urbaitis y Agne Urbaityte, curadores del Museo de Espionaje de la KGB./ Karsten Moran/ The New York Times

“Es histórico y se ocupa del progreso tecnológico; no se pueden borrar los hechos de la historia”, dijo en una entrevista, sentada junto a su padre, Julios Urbaitis, de 55 años. Ambos son los dos curadores de esta nueva institución.

El Museo de Espionaje es la culminación de tres décadas de trabajo de colección, llevado a cabo por Urbaitis, explicó. Al principio se había interesado en artefactos de la Segunda Guerra Mundial, pero cuando adquirió un artefacto de audición que había pertenecido a Hitler empezó a sentirse fascinado por el espionaje, comentó.

Un reproductor de cassettes de la KGB con una grabadora de audio y cámara, usada para espiar a la gente a corta distancia./ Karsten Moran/ The New York Times

Un reproductor de cassettes de la KGB con una grabadora de audio y cámara, usada para espiar a la gente a corta distancia./ Karsten Moran/ The New York Times

La familia proviene de Lituania, donde fundaron un museo en 2014 llamado Refugio Atómico —que de hecho está localizado en un viejo refugio nuclear.

“Mi padre tiene espíritu de coleccionista”, dijo Urbaityte.

Una pistola con forma de lápiz labial en el Museo de la KGB./ Karsten Moran/ The New York Times

Una pistola con forma de lápiz labial en el Museo de la KGB./ Karsten Moran/ The New York Times

Algunos de los objetos del Refugio Atómico han migrado a Chelsea. Casi la mitad de los ítems de la colección, una combinación de artefactos originales y copias, son propiedad del dúo padre-hija. La otra mitad fue adquirida de manera separada por los curadores. Urbaityte y Urbaitis no son los dueños del museo, que es privado y sin fines de lucro. Los dueños han decidido permanecer anónimos.

El museo no tiene pudor al describir las duras tácticas de la KGB. Lejos de eso: hay muestras interactivas, como el modelo de una silla empleada en los interrogatorios.

“Si alguien lo desea, podemos atarlo”, dijo Urbaityte simulando seriedad.

Una recreación de un escritorio de un oficial jefe de la KGB./ Karsten Moran/ The New York Times

Una recreación de un escritorio de un oficial jefe de la KGB./ Karsten Moran/ The New York Times

El tour empieza en un lugar que recrea el espacio de trabajo de un jefe de la KGB. Un muñeco que viste el uniforme de oficial de la KGB se sienta junto a un escritorio con una bandera de la Unión Soviética detrás. A la izquierda del muñeco está ubicada una lámpara de bronce que según los curadores estaba en una finca que perteneciente al ex dictador soviético Joseph Stalin.

Afiches de propaganda soviética en el Museo de la KGB./ Karsten Moran/ The New York Times

Afiches de propaganda soviética en el Museo de la KGB./ Karsten Moran/ The New York Times

Hay láminas de propaganda rusa que cubren la pared. Uno de los ítems más antiguos en este espacio es un panel operador telefónico de 1928. Su operador casi siempre era reclutado por la NKVD, la policía secreta rusa precursora de la KGB., como se explica en la descripción del ítem.

Una colección de sellos de madera para la KGB y el NKVD, la policía secreta rusa./ Karsten Moran/ The New York Times

Una colección de sellos de madera para la KGB y el NKVD, la policía secreta rusa./ Karsten Moran/ The New York Times

También hay puertas originales de una cárcel de la KGB. en la parte de atrás del museo. La información explicativa dice: “Las personas que no podían soportar psicológicamente el proceso de interrogatorio eran ubicados en celdas insonorizadas. Luego se les suministraba distintos medicamentos para convertir una persona de ideales políticos en un vegetal”.

Muchos de los elementos exhibidos tienen como propósito mostrar cómo actuaba la KGB., sobre todo en materia de vigilancia. Varias vitrinas muestran dónde colocaban los agentes de la KGB sus lentes y artefactos auditivos: en anillos, relojes, cinturones, gemelos, platos, entre otros sitios.

Un panel de control en Tallinn, en la Estonia soviética en 1928, también se la puede ver en el museo de la KGB./ Karsten Moran/ The New York Times

Un panel de control en Tallinn, en la Estonia soviética en 1928, también se la puede ver en el museo de la KGB./ Karsten Moran/ The New York Times

No es el único museo de espionaje en los Estados Unidos, por supuesto. Está Spyscape, que abrió a principios del año pasado en la Octava Avenida y la Calle 55. Y Washington tiene el International Spy Museum. El National Museum of Intelligence and Special Operations está en desarrollo y tiene programado abrir el año que viene en Ashburn, Virginia.

Cuando terminamos el tour, no pude evitar la pregunta: ¿los curadores habían visto “The Americans”?

“Es exacta y muy buena y nos encantó”, dijo Urbaityte.

Una "foto-robot" usada para reemplazar a los dibujantes de retratos, en el Museo de la KGB./ Karsten Moran/ The New York Times

Una "foto-robot" usada para reemplazar a los dibujantes de retratos, en el Museo de la KGB./ Karsten Moran/ The New York Times

La señorita Urbaityte agrego que Vitali Baganov, que interpreta el papel de Stepan en cuatro episodios de “The Americans”, había pasado hace poco por el museo para ofrecer su apoyo. El señor Baganov también participó en “Los Soprano” como Valery, el ruso que desaparece en uno de los episodios más famosos de la serie “Pine Barrens”. Filmó un video de un minuto para apoyar a la naciente institución, diciendo que era “fantástica”.

“Recrea una atmósfera realmente única del pasado de la KGB” dice Baganov.

Un busto de Felix Edmundovich Dzerzhinksy, padre de la KGB./ Karsten Moran/ The New York Times

Un busto de Felix Edmundovich Dzerzhinksy, padre de la KGB./ Karsten Moran/ The New York Times

El museo ha contratado guías —una visita guiada cuesta $43.99. Pero si uno quiere pasear por su cuenta, el costo es de $25 para adultos y de $20 para estudiantes y personas de más de 65 años. Los menores de 6 años entran gratis. Los curadores quieren que los gente quede satisfecha con la visita: Urbaitis dijo que él y su hija pretenden que el museo “les vuele la cabeza”.

Botones falsos que ocultan lentes de cámara en abrigos, en el Museo de la KGB./ Karsten Moran/ The New York Times

Botones falsos que ocultan lentes de cámara en abrigos, en el Museo de la KGB./ Karsten Moran/ The New York Times

Por Sopan Deb c.2019 New York Times News Service

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