El complejo panorama que espera a Brasil en las elección presidencial

Internacionales
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Hay dos tipos de “bolsonaristas” entre los electores brasileños. Los de la primera hora, que suscriben 100% las posiciones del candidato de la ultraderecha, inclusive aquellas más ofensivas y discriminadoras. Y

los de último momento que ven al diputado Jair Bolsonaro como el único capaz de “salvar a Brasil” de un nuevo gobierno del PT. Fueron todos estos ciudadanos, de clase media y media alta, quienes entre 2014 y 2016 protagonizaron grandes movilizaciones en San Pablo y otras capitales del país.

¿Se podría decir que Bolsonaro es una derecha nueva? No totalmente. En 1989, los brasileños eligieron a Fernando Collor de Mello, un político del estado nordestino de Alagoas que ni bien asumió puso en práctica una suerte de corralito a los ahorros. Su ministra de Hacienda era Zelia Cardoso, una economista que entonces tenía 37 años y no vaciló en aplicar el llamado Plan Collor (a la sazón, el presidente que además era su primo).

Fernando Haddad en Curitiba, con una representante de pueblos indígenas. Reuters

Fernando Haddad en Curitiba, con una representante de pueblos indígenas. Reuters

Fue un proyecto de “estabilización” que de la noche para la mañana “confiscó” las cajas de ahorro de millones de brasileños. Bajo su corto mandato, ya que renunciaría pocos meses después, el cruzeiro real se devaluó en forma acelerada. Comenzó con 11 cruzeiros por dólar en enero de 1990 y terminó en 170 por divisa norteamericana en diciembre de ese año. No habría de pasar muchos tiempo hasta el impeachment contra el jefe de Estado que lo obligó a renunciar en 1992 y que le costó 8 años de veda política. Hoy es senador.

¿Será lo mismo con Bolsonaro? Si uno se fija en el proyecto que anuncia su economista Paulo Guedes, las diferencias son pocas desde el punto de vista conceptual. En su visión es preciso privatizar todo lo privatizable y realizar un ajuste fenomenal sobre los gastos del Estado. Los momentos, sin embargo, son diferentes y las condiciones de partida también. Brasil tiene poquísima deuda externa y conserva en el Banco Central nada menos que US$ 370.000 millones. Tiene sí un alto endeudamiento público en reales, sobre lo que debe pagar voluminosos intereses que se llevan gran parte de la torta.

El Brasil que heredará el próximo gobierno es el que transferirá el actual jefe de Estado Michel Temer, un país con un gigantesco déficit fiscal acumulado desde que asumió el 12 de mayo de 2016 (primero interinamente hasta el 31 de agosto, cuando fue reconfirmado en el cargo). Para tener una idea: ese año el país tuvo un déficit primario de 2,47% del PBI, cuando en 2015 había sido de 1,88%. En 2017 volvió a registrar un rojo fiscal de 1,9%. Además, la previsión para este año de la deuda bruta (total de endeudamiento) es de 78% del PBI.

El actual gobierno no sólo deja un país con deuda, con dos años y medio de despilfarro de recursos originados en un deseo de Temer de ver un aliado suyo en el próximo período. Entre esos gastos se cuentan los millones de reales destinados a “pagos” de beneficios “legales” a diputados, las dos veces que el mandatario necesitó de votos en la Cámara de Diputados para detener un eventual impeachment (en agosto y octubre del año pasado).

Lo cierto es que, al comienzo de su gestión después de la salida de Dilma Rousseff, lo primero que hizo el ex vicepresidente fue hacer votar la llamada “Ley del techo del gasto público”. Por esa medida, se obliga a no aumentar el presupuesto, por los próximos 20 años, más allá de la inflación del año anterior. Esto le pone un límite estricto al primer año de ejercicio del Poder de quien gane en octubre. Lo obligaría a buscar la aprobación de la nueva ley de previsión que no pudo conseguir Temer. No logró ese objetivo porque ya se había entrado en el año electoral y ningún parlamentario estaba dispuesto a consagrar una medida claramente impopular.

Ahora le toca al que viene y ¿será Bolsonaro el mejor candidato para cumplir con esos deberes? No hay ninguna claridad sobre el personaje en el mundo de las finanzas. Su asesor económico Paulo Guedes fue calificado por un economista tan o más famoso que él, Persio Arida –uno de los creadores del Plan Real en 1994— de “mitómano” y “farsesco”. La razón para el embate es una evaluación política. En la visión de Arida, que asesora a Geraldo Alckmin del PSDB, Guedes jamás tendría autonomía para imponer las medidas de ajuste que exige el poder económico.

Señaló que el propio Bolsonaro estaría condicionado por sus ex compañeros de arma, los generales del Ejército que lo secundan. Al parecer, estos pondrían “peros” a las políticas privatizadoras que anunció el diputado de ultraderecha, para quien en su momento era preciso vender inclusive Petrobras, un símbolo de la soberanía brasileña. Ya no defiende esa alternativa.

Alckmin, el ex gobernador de San Pablo fue, para el poder económico, el candidato ideal tanto por su moderación como por su decisión de “aplicar sí o sí un plan ajustador”. Contó con una alianza de 8 partidos de centroderecha que le habría garantizado la aprobación de cualquier ley en el Congreso. Pero el ex gobernador de San Pablo no prosperó y, por estos días, cuando falta muy poco para los comicios del 7 de octubre, buena parte de sus electores comenzaron a migrar hacia Bolsonaro.

La evaluación que hacen dentro del Partido Socialdemócrata de Brasil es que el ex mandatario estadual paga el precio de la impopularidad del gobierno de Temer, en el cuál participó y participa esa agrupación (todavía cuenta en sus filas con el canciller Aloysio Nunes Ferreira). Pero también procede de un desgaste en que los socialdemócratas no son vistos como “luchadores contra la corrupción”. Varios de sus miembros más conspicuos fueron acusados de haber cometido ilegalidades, entre ellos el ex ministro José Serra y el propio Alckmin.

Quien ahora entró en escena es Fernando Haddad, sustituto del ex presidente Luiz Inacio Lula da Silva, al que la justicia le prohibió participar de los comicios. En agosto tenía tan solo el 3% y, en apenas dos semanas, luego de que fuera oficializado como cabeza de la fórmula, logró colocarse en segundo lugar lejos del pelotón de candidatos que viene a continuación. Al haber alcanzado el “estrellato”, el hombre que representa a la “izquierda” comenzó a “moderar” su discurso de forma notable. Habló, inclusive, de la posibilidad de un diálogo con el PSDB de Fernando Henrique Cardoso, algo que el propio ex presidente no desestima.

Dicho sea de paso, entre ambos hay mucho en común. Por empezar, se graduaron en la Universidad de San Pablo y fueron profesores en esta institución, una de las mayores de América Latina. Pero Haddad dio otra señal mucho más fuerte. Descartó públicamente que su ministro de Hacienda pudiera ser Marcio Pochman, un economista que trabajó arduamente en el plan de gobierno del PT para los próximos 4 años. Si por las dudas había alguna confusión sobre el interés de mostrar una figura atemperada, el intelectual Haddad descartó de plano cualquier indulto al ex jefe de Estado preso en Curitiba desde el 7 de abril.

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