El episodio más surrealista de la Guerra Fría: la frustada visita de Nikita Kruschev a Disneylandia

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Seamos francos: si vas a declarar la tercera guerra mundial, que sea por algo que valga la pena. Tenés que invadir un país, una gran potencia o uno de esos paisitos

emergentes que las grandes potencias no quieren ver invadidos; tenés que tirar una bomba nuclear en algún sitio, poblado o no, da igual; se te tiene que escapar un misil con ojiva nuclear para que provoque una catástrofe de esas gordas, con miles de muertos… En fin, si la vas a armar, que sea por algo grande. Ahora, si amenazás con la tercera guerra porque no te dejan conocer Disneylandia, la cosa suena bastante chiquilina y amateur.

Disneylandia en los años 50.

Disneylandia en los años 50.

Sin embargo eso fue lo que pasó hace casi seis décadas, en 1959, cuando a Nikita Kruschev, primer ministro de la URSS que estaba de visita en Estados Unidos, le “aconsejaron” no visitar Disneylandia con la excusa de que no podían garantizar su seguridad, lo que en el sutil lenguaje diplomático significaba “no te queremos allí, Nikita”.

Fue uno de los episodios más surrealistas, más grotescos y más peligrosos de la Guerra Fría, que ni fue guerra ni fue fría, pero que empezó a calentarse con hechos como éste. Tres años después, en 1962, el mundo sí iba a estar al borde de un estallido nuclear, cuando la URSS instaló misiles nucleares en Cuba, misiles que apuntaban todos a Estados Unidos.

Kruschev era un halcón del comunismo. En los años 30 del siglo pasado, tiempos de José Stalin, de sus purgas y del afianzamiento comunista a sangre y fuego, y fiel al mandamás soviético, Kruschev se había encargado de domesticar al rebelde campesinado ucraniano que se negaba a colectivizar la tierra y compartir su producción, tal como mandaba el ideal socialista. El resultado del accionar de Kruschev en Ucrania, conocido como Holodomor o Golodomor y también como Genocidio ucraniano, derivó en una hambruna brutal que provocó una cantidad nunca revelada de muertes, pero que se calcula entre tres y siete millones de personas. En plena Segunda Guerra, Kruschev asumió como comisario político en la decisiva batalla de Stalingrado contra los nazis, e impulsó y sostuvo el asesinato, por parte de los oficiales soviéticos, de todos aquellos que intentaban huir de la batalla o esquivar su violencia.

Afiches conmemorativos de la hambruna en Ucrania.

Afiches conmemorativos de la hambruna en Ucrania.

Era un tipo duro, seco, de modales toscos y mal llevados, gordo, pelado como una bola de billar que sabía ser simpático cuando quería, pero quería poco. Se había desembarazado de todas sus pesadas cargas estalinistas y de todos los males que aquejaban a la URSS echándole la culpa a Stalin, a quien había sucedido tras su muerte. También había intentado con éxito modernizar a la Unión Soviética y a su ejército y había puesto los cimientos de una carrera espacial y de un nuevo concepto de la guerra que ya no sería más de trincheras, sino de misiles.

Medalla que da cuenta de la hambruna en Ucrania.

Medalla que da cuenta de la hambruna en Ucrania.

Aquel trueno tenía, sin embargo, un alma de niño: estaba deslumbrado por la capitalista y lujosa Disneylandia y quería conocerla. Disneylandia, en aquellos años, no era lo que es hoy Disneyworld, en Miami. Por el contrario era un parque de diversiones casi modesto, pero deslumbrante para la época, con atracciones extraordinarias que se había inaugurado en 1955 y que remitía al mundo de Disney y a sus submundos: el de la fantasía, el de la ciencia, el de la aventura. Estaba, lo está todavía, en Anaheim, California y es hoy casi una reliquia.

Disneylandia en los años 50.

Disneylandia en los años 50.

Kruschev llegó a Estados Unidos el 13 de septiembre de 1959 para una cumbre con el el presidente Dwight Eisenhower. Ambos habían sido aliados en la Segunda Guerra: Eisenhower desde el oeste de Europa, al mando de los ejércitos que invadieron Normandía en 1944, y Kruschev en el este, mientras el Ejército Rojo empujaba a los nazis hacia Berlín. A 14 años del fin de la guerra, los antiguos aliados eran ahora enemigos irreconciliables. El soviético devolvía una visita que el vice de Eisenhower, Richard Nixon, había hecho meses antes a Moscú. Nixon y Kruschev habían mantenido entonces, entre los stands de una exposición industrial soviética, la célebre “discusión de la cocina”, sobre las ventajas y desventajas de los dos sistemas en pugna, capitalismo y comunismo. Kruschev, fiel a su estilo, había cerrado la discusión con un pronóstico disfrazado de certeza: “El comunismo va a enterrar al capitalismo”.

Con los años, el augurio resultó no sólo demasiado optimista sino por completo equivocado. Pero por entonces era imposible imaginarlo y el líder soviético alardeaba de los adelantos técnicos, agrícolas y armamentistas de la URSS, a sabiendas de que exageraba: por ejemplo, el poder nuclear de la Unión Soviética era en aquellos años tres o cuatro veces inferior al de Estados Unidos. Khruschev lo sabía, lo supo siempre, y como un jugador de póker dejó entrever que tenía cartas que no tenía.

Como había hecho saber que quería conocer Hollywood, y a nadie en la URSS se le ocurrió que el primer ministro caía en un “desviacionismo burgués”, Kruschev y su esposa Nina llegaron a Los Ángeles el 19, después de visitar New York y de asistir a la asamblea anual de las Naciones Unidas, fueron a parar de lleno a los estudios de la 20th Century Fox, un portento de la industria cinematográfica de la época.

Por coincidencia o por cuidadosa preparación, el primer ministro de la URSS y su mujer llegaron al estudio donde se filmaba “Can Can”, una película que dirigía Walter Lang, sobre un musical de Cole Porter. Y estaban en el set todas sus estrellas: Shirley MacLaine, Frank Sinatra, Maurice Chevalier y Louis Jourdan. Todos rodearon a Kruschev, incluidas las numerosas bailarinas que con minúsculos shorts, una audacia para la época, participaban de los números musicales.

Foto de Life Khruschev en los estudios de la 20th Century Fox. A su lado Shirley Maclaine, Nina, esposa del soviético, y Frank Sinatra.

Foto de Life Khruschev en los estudios de la 20th Century Fox. A su lado Shirley Maclaine, Nina, esposa del soviético, y Frank Sinatra.

MacLaine, que tenía entonces inquietudes de izquierda y era una activista en el gremio antes de pasar a creer, como hoy, en la nueva era, la espiritualidad y la reencarnación, le habló a Kruschev en un ruso enrevesado y lo invitó a bailar uno de los números del film, invitación que Kruschev declinó con una broma y eligió mirar de pie el numerito musical que montaron en su honor.

Foto de Life. Shirley Maclaine intenta convencer a Khruschev para que baile con ella. El líder soviético declinó la invitación. En la solapa de Khruschev la medalla Lenin de la paz que Henry Cabot Lodge le iba a devolver antes de su viaje a San Francisco.

Foto de Life. Shirley Maclaine intenta convencer a Khruschev para que baile con ella. El líder soviético declinó la invitación. En la solapa de Khruschev la medalla Lenin de la paz que Henry Cabot Lodge le iba a devolver antes de su viaje a San Francisco.

El maestro de ceremonias fue Sinatra, insospechado de veleidades de izquierda pero consciente del instante histórico. Todos compartieron un almuerzo con un Khruschev encantado y encantador y todo quedó reflejado no sólo en las crónicas de la época, sino en un libro hoy inhallable, “Khruschev Remembers – The Last Testament”, las memorias del líder ruso, en la que dedica varias páginas a aquella visita a Estados Unidos y cuatro o cinco de ellas a su estada en Los Ángeles. Porque la cordialidad que Kruschev halló en MacLaine y Sinatra iba a quedar muy atrás minutos después, en el almuerzo que le ofreció el presidente de los estudios, Spyros Skouras, un griego anticomunista fervoroso que empezó su discurso muy simpático pero que le recordó a Kruschev su frase que presagiaba un “entierro” del capitalismo por parte de la URSS: “En Los Ángeles no estamos particularmente interesados en enterrar a nadie –dijo Skouras– Pero enfrentaríamos ese desafío, si es que se da”.

El hoy casi inhallable libro de memorias de Khruschev, donde da relevancia a su viaje de 1959 a Estados Unidos.

El hoy casi inhallable libro de memorias de Khruschev, donde da relevancia a su viaje de 1959 a Estados Unidos.

Kruschev le contestó. “Si usted quiere ir adelante con la carrera armamentista, muy bien, aceptamos el desafío. En cuanto al poderío de nuestros cohetes y los de ustedes, están todos ensamblados y en línea. Pero hay una pregunta más seria que hacerse. Y es una pregunta de vida o muerte. Y es si queremos la paz o queremos la guerra.

Adiós cordialidad. Sin embargo, Kruschev fue piadoso en sus memorias con ese almuerzo en la 20th Century Fox: “El lunch fue amable e informal. La flor de Hollywood estaba allí, todos actores y actrices de grandes películas, y nada sugirió un ambiente anticomunista”.

Pero a la noche todo cambió. En realidad, la delegación soviética estaba más que preparada para demostraciones hostiles. La caravana que llevó al líder soviético a recorrer Los Ángeles fue insultada por centenares de americanos que portaban carteles hostiles a la URSS y a su primer ministro. Khruschev, que era un polemista hábil y apasionado, que podía ser sutil y amenazante, estaba encantado con la resistencia que despertaba su figura y, sobre todo, con la posibilidad de rebatir todos y cada uno de los argumentos en su contra y en contra de la URSS. El tipo también era un pícaro publicista.

Foto de Life. Carteles hostiles a la visita de Khruschev a Los Angeles en septiembre de 1959.

Foto de Life. Carteles hostiles a la visita de Khruschev a Los Angeles en septiembre de 1959.

La noche de aquel 19 de setiembre, el alcalde de Los Ángeles, el republicano Norris Poulson, ofreció una cena a Kruschev y a sus acompañantes. “El salón estaba lleno de gente –reveló en sus memorias el líder soviético–. Había más de quinientas personas y todas habían pagado mucho dinero por esa cena”. Poulson se descargó con un discurso muy virulento y Khruschev le contestó. Cuenta en sus memorias: “Fue el suyo un discurso breve pero ofensivo para nosotros. Clavó todo tipo de dardos sobre la URSS y nuestro sistema, la mayor parte en comparación con los Estados Unidos. Lo hizo de manera camuflada, tal vez mucha gente se perdió lo que Poulson decía, pero yo no. Por cierto, pude haberlo dejado pasar, pero estaba furioso y decidí contestarle en ese momento y en público. Señor alcalde –le dije– Estoy aquí como invitado de vuestro Presidente. No vine a esta ciudad a escucharlo a usted denigrar a mi gran país y a su gran gente, Si mi presencia no es bienvenida, mi avión siempre está listo para llevarme de regreso a la Unión Soviética”. En mi indignación, tal vez estuve un poco rudo. Pero provoqué una gran impresión”.

Con semejante panorama, la cosa no estaba para Disneylandia. Por el contrario, la furia de Kruschev siguió en su hotel. Estaba decidido a cancelar su visita a Los Ángeles de la que le quedaba pendiente una visita a San Francisco. Y a Disneylandia. Le dijo a su canciller Andrei Gromyko: “Decíle a Lodge que no voy a ir mañana a San Francisco”. Gromyko era un tipo tan simpático que lo apodaban “Mr. Niet” y al que era imposible arrancarle una leve sonrisa. Iba a tener un papel decisivo en la crisis de los misiles de octubre de 1962: le iba a mentir en la cara al presidente Kennedy sobre el alcance, y las intenciones, de esos emplazamientos en Cuba. Lodge era Henry Cabot Lodge, un gigante de dos metros que en ese momento representaba a Eisenhower ante Kruschev y su delegación; en 1962 iba a ser nombrado por Kennedy embajador en Vietnam e impulsaría de alguna forma el golpe de Estado contra Nguyen Dinh Diem, que aceleró el desarrollo de la guerra.

Lodge le rogó a Kruschev que no suspendiera su viaje. Lo acompañó en persona a la estación de tren que lo llevaría a San Francisco y pidió disculpar por la conducta de Poulson. Un diplomático en ejercicio. “Le dije a Poulson que no podía dar ese discurso –dice Khruschev en sus memorias que le dijo Lodge–. Pero lo dijo igual. No le haga caso. Es un tonto”. Lodge hizo algo más que derritió a Khruschev. Subió corriendo al tren antes de que arrancara con algo en la mano: “Esta es su medalla Lenín de la paz, ¿verdad? Se le había caído en el auto…”.

De regreso de San Francisco, Kruschev pidió cumplir su sueño: visitar Disneylandia. Le dijeron que presentían manifestaciones en su contra, que no podían garantizar su seguridad, que mejor no. El primer ministro de la URSS olió prohibición. En su viaje a Los Ángeles y San Francisco había pasado por todo: hostilidad y cordialidad; había visitado granjas californianas en las que lo vivaron y aplaudieron, había visto leyendas en su contra y había escuchado insultos; en Santa Bárbara se había casi tirado del auto para mezclarse con una multitud que si bien lo miraba como a una rareza, no le era hostil: “Por primera vez en seis días de arresto domiciliario, respiré aire americano”, les dijo. De todo esto, y de su enojo cuando vio que Disneylandia iba a quedar como un sueño, sabemos gracias a Alexei Adzhubei, un cronista del diario soviético Izvestia que también, oh las coincidencias, era el yerno de Kruschev: se había casado con Rada, la hija menor del líder soviético.

Disneylandia en los años 50.

Disneylandia en los años 50.

Furioso o resignado, más bien lo primero que lo segundo, y en una última queja por la frustración de no poder conocer Disneylandia, intentó ofender a quienes le habían complicado tanto la vida en Los Ángeles. “Les dije, ¿qué pasa en Disneylandia? ¿Hay una epidemia de cólera o algo parecido? ¿Los gangsters tomaron la ciudad y quieren matarme?”No hubo caso. Por fin, amenazó otra vez con volverse a Washington, de hecho tenía que hacerlo, pero para regresar de inmediato a Moscú y dar al traste con la cumbre con Eisenhower. Ni visitó Disneylandia, ni volvió a Moscú. Sí regresó a Washington y se entrevistó con Eisenhower.

De izquierda a derecha: Richard Nixon, Dwight Eisenhower (vice y presidente de Estados Unidos) y Khruschev.

De izquierda a derecha: Richard Nixon, Dwight Eisenhower (vice y presidente de Estados Unidos) y Khruschev.

Kruschev fue barrido del poder en 1964, después de haber convertido a la URSS de Stalin en una superpotencia. Leonid Brezhnev, que lo sucedió, lo acusó de fracasar en su política exterior y en el desarrollo de la agricultura. Lo destituyeron el 14 de octubre de ese año. Murió, sin conocer Disneylandia, el 11 de setiembre de 1971, a los 77 años. No está enterrado en el Kremlin, como los líderes de la URSS, sino en el cementerio de Novodévichi, en Moscú.

Khruschev en los últimso años de su vida, ya destituido. La foto es la contratapa de su libro "Khruschev Remembers".

Khruschev en los últimso años de su vida, ya destituido. La foto es la contratapa de su libro "Khruschev Remembers".

Dwight Eisenhower legó la presidencia de Estados Unidos en enero de 1961 a John Kennedy. Murió como lo que fue, un héroe de la guerra, en marzo de 1969 y a los 78 años Richard Nixon, aquel de la discusión de la cocina con Kruschev, fue electo presidente en 1968 y reelecto en 1972. Renunció en 1974 por el escándalo de Watergate. Murió en abril de 1994 en nueva York. Tenía 81 años.

Spyros Skoura, el mandamás de la 20th Century Fox siguió por varios años al frente de los estudios de Hollywood. También manejó su propia compañía de barcos, Prudentian Lines. Murió a los 78 años en New York.

Henry Cabot Lodge, el hombre que salvó la gira de Kruschev, fue senador republicano por el estado de Massachusetts y embajador de Estados Unidos en la ONU, Vietnam y la Santa Sede. Fue candidato a vicepresidente de Richard Nixon en las elecciones en las que triunfó John Kennedy, en noviembre de 1960. Murió en febrero de 1985 en Massachusetts, a los 82 años.

Frank Sinatra, maestro de ceremonias en la visita de Khruschev a los estudios de la 20th. Century Fox siguió en lo suyo: cantar como los dioses y beber hectolitros del bourbon Jack Daniels. En agosto de 1981 estuvo en la Argentina, contratado por Palito Ortega, y cantó en el Luna Park. Murió en Los Ángeles a los 82 años en mayo de 1998.

Shirley MacLaine, que invitó a bailar a Khruschev, también siguió con su carrera de actriz. Tiene 84 años. En 1983 ganó un Oscar por su actuación en “La fuerza del cariño”, junto a Debra Winger y Jack Nicholson, todos dirigidos por James Brooks.

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