Una semana en el infierno de Haití: destrucción, olor a muerte y el rugido de un millón de gargantas

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El 12 de enero de 2010 a las 16.53, el país más pobre de América sufrió un terremoto de 7° en la escala Richter. Lo que en Japón no despeinaría a

un otaku, en Haití provocó la destrucción de tres ciudades, entre ellas su capital, Puerto Príncipe. Imposible saber la cifra real de muertos. El primer ministro Jean-Max Bellerive al cumplirse el primer aniversario de la tragedia afirmó que fueron 316.000. Eso la transformaría en la catástrofe natural más fatídica de la que se tenga registro.

Dos días después, pasó un jefe por enfrente de mi computadora y me dijo: “¿Querés ir a Haití?”. No debí ser su primera opción, pero era verano y había muchos de vacaciones. Acepté sin dudar. “En tres horas sale un avión de El Palomar (en aquel entonces un aeropuerto exclusivamente militar). Pedite un auto que no llegás”,  Llegué a armar una mochila, comprar repelente de mosquitos y le mentí al suboficial antes de subir al avión: no, no me había dado la vacuna de la fiebre amarilla.

Viajar en un Hércules C-130 no es amable. El estruendo ensordecedor fue solucionado a poco de despegar con servilletas de papel en las orejas de periodistas y médicos, dándonos un aspecto ridículo. El objetivo principal del viaje era llevar una planta potabilizadora de agua al hospital argentino en Puerto Príncipe. Como había espacio, también se aprovechó a llevar a un comando del ejército uruguayo especializado en la búsqueda de gente atrapada entre los escombros. La mitad eran soldados, la otra, los perros más extraordinarios que conocí. El avión debió parar incontables veces porque no está preparado para viajes tan largos (la primera escala fue en Chaco).

El periodista de Clarín Francisco Rabini, en Haití los días posteriores al terremoto de 2010.

El periodista de Clarín Francisco Rabini, en Haití los días posteriores al terremoto de 2010.

Cuando finalmente llegamos, los militares nos comunicaron que debían descargar todo en tres horas y regresar. La mayoría de los periodistas tuvo que volverse, quedamos solo dos. Mientras nos alistábamos vimos como subían al Hércules el féretro de metal en el que iba el cuerpo del gendarme Gustavo Gómez, única víctima argentina. Iba cubierto por la bandera albiceleste.

El aeropuerto estaba en ruinas y lo había copado EE.UU. para dirigir la campaña humanitaria. Una multitud se agolpaba afuera intentando conseguir lugar en algún avión que los sacara de ahí. Vivimos la extraña sensación de entrar en un lugar del que todos querían escapar.

Más allá del calor aplastante, lo primero que nos impactó fue una bruma gris de un olor ácido y pestilente. Aún humeaban muchos puntos de la ciudad. Luego supimos: la cantidad de muertos fue tal que no hubo manera de enterrarlos. Cuando las temperaturas tropicales empezaron a descomponer los cuerpos, los sobrevivientes los pusieron unos arriba de otros en piras gigantescas, los rodearon con bolsas de basura y los prendieron fuego. El hedor era eso: plástico y carne humana.

De todos modos, quedaron miles y miles de cuerpos, aplastados por losas. Un ingeniero que entrevisté habló de fallas en la construcción: no se ponían la cantidad suficiente de esas barras de hierro que son las que le aportan flexibilidad a las columnas de hormigón armado. Las losas cayeron, prensando a quienes estuvieran dentro, como sánguches de miga. Piernas y brazos salían de entre los escombros. Se necesitaron años y el uso de maquinaria pesada para poder retirar las toneladas de concreto en ruinas. Y los cuerpos.

Los dormitorios improvisados en al aire libre en el jardín de lo que había sido la Embajada Argentina, destruida por el terremoto.

Los dormitorios improvisados en al aire libre en el jardín de lo que había sido la Embajada Argentina, destruida por el terremoto.

Los haitianos lidiaban con la situación embutiéndose hojas de cítricos en los orificios nasales. Tardamos muy poco en copiarlos.

No había hoteles ni lugar alguno donde hospedarse. Por fortuna fuimos alojados por el embajador argentino de aquel entonces, José María Vázquez Ocampo. Ni la embajada ni su residencia habían soportado el terremoto, así que dormíamos en el jardín de la casa, tirados debajo de los árboles, protegidos por una custodia de Gendarmería. Tres árboles más allá dormía el embajador y el cónsul César Faes. También recibieron al personal haitiano y a sus familias que habían perdido sus casas. Conformamos un grupo variopinto que generó vínculos fuertes, lidiando con la situación lo mejor que podíamos.

El jardín quedaba sobre una ladera que miraba hacia ese inmenso tazón que es Puerto Príncipe. Al llegar la noche, era la noche primigenia. Aquella que no conocía del alumbrado público ni ninguna otra luz eléctrica. Apenas se notaban las fogatas, puntos de luz desperdigados aquí y allá. Arriba, las estrellas recuperaban su importancia estelar. Para completar, al llegar la penumbra comenzaban los cantos lejanos, de aquellos que reunidos contemplaban el fuego. No sé el sentido, pero los interpretamos como cantos de pesar y esperanza. Era como teletransportarse a la sabana africana. Haití es un país muy rico culturalmente. Hay un dicho que dice que el mejor arte africano, está en Haití.

La cobertura de Clarín del terremoto de Haití en 2010.

La cobertura de Clarín del terremoto de Haití en 2010.

El embajador se iba temprano y volvía tarde, visitando lugares y ayudando en lo que podía. Nosotros hacíamos lo propio. Recorriendo hospitales, orfanatos, campos de refugiados. Presenciamos algunos rescates milagrosos. Pero más que nada, búsquedas infructuosas, luto y operaciones que continúan a pesar de que hace días que se acabó la anestesia. Capas de dolor, una sobre otra. Uno cree que el rol del periodismo tiene un sentido: relatar los hechos y problemas ayuda a crear conciencia y, en definitiva, a su resolución. Pero es difícil lidiar con la impotencia. Ser testigo del sufrimiento y no saber nada de medicina. Nuestro aporte es indirecto y parece insignificante.

Para peor, la conexión satelital que llevé no funcionaba bien y con suerte había electricidad una hora al día como para cargar equipos y cámaras. Creaba material y a veces no tenía como enviarlo.

Los primeros días no teníamos qué comer. El agua estaba solucionada porque había sobrevivido la piscina. Un día buscando un cable en mi mochila di con un alfajor Tita. Alguien me lo había regalado vaya a saber cuándo y no lo vi cuando hice la mochila a las apuradas. En otro momento lo hubiese despreciado por no ser de dulce de leche. Pues debo decir que el alfajor Tita tiene sabor a amor, a las primeras vacaciones, al abrazo de una madre. Al menos así lo sentí en aquel momento.

Hospitales improvisados en plena calle de la capital Puerto Príncipe. (Foto Francisco Rabini)

Hospitales improvisados en plena calle de la capital Puerto Príncipe. (Foto Francisco Rabini)

Luego de unos días llegaron las camionetas de la delegación argentina que volvían de Santo Domingo, capital de la vecina República Dominicana, con provisiones y carpas. Habían ido para allá para sacar a las familias de los gendarmes y del cónsul que, como eran vacaciones de verano en Argentina, habían ido a visitar a sus familiares a Haití justo en el peor momento. 

El mayor temor lo tuvimos una mañana en la que hubo una réplica fuerte, de 6 grados. Muchas estructuras terminaron de derrumbarse. Quien haya escuchado el festejo de un gol en un estadio repleto sabe de ese rugido que viene tronando como una ola. Imagínense ahora que ese estadio es una ciudad con un millón de personas. Quienes han perdido padres, hijos, amigos. Y que a los pocos días, vuelven a sentir bajo sus pies la tierra estremecerse. La pesadilla que regresa. El pavor en un millón de gargantas.

La fachada de un hotel arrasado por el terremoto, aún con cuerpos entre los escombros. (Foto Francisco Rabini)

La fachada de un hotel arrasado por el terremoto, aún con cuerpos entre los escombros. (Foto Francisco Rabini)

Finalmente recibí la orden de volverme y me sacó un avioneta de la ONU a Santo Domingo. Viajé con un cirujano experto en situaciones de conflicto y fundador de una ONG. Desde Vietnam a la fecha había estado en todo conflicto armado o catástrofe natural. Le pregunté qué tipo de operaciones había realizado. Fue claro y descarnado. Amputar. De la mañana a la noche. Amputar. Única manera de salvar vidas de la gangrena. Cincuenta por día.

Saqué habitación en un hotel de Santo Domingo, llené la bañadera y me di el primer baño en una semana. También me tomé todas las mini botellitas que había en la habitación. Pero los fantasmas no se fueron. Ni esa noche ni en las que siguieron. Algunos todavía me acompañan, 10 años después. Y pasé apenas una semana en el infierno. Otros viven en él.