El sueño de un gol en la larga noche

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Acostumbrado al encierro más miserable, a las celdas de un metro por dos, a las catacumbas sin oxígeno y sin luz a las que lo había confinado la dictadura uruguaya durante años, Eleuterio Fernández Huidobro, ya en el final de su cautiverio, se emocionó al salir al recreo en una cárcel común: disfrutó de ver el cielo y el sol, de pisar el pasto, de caminar sin chocarse contra una pared. Se dio cuenta de que el calvario empezaba a terminarse, y dio un saltito, dos, tres, mientras los demás presos, que lo veían desde los pisos de arriba, lo reconocían y le gritaban “Ñato”. Fernández Huidobro estaba pisando pasto después de mucho tiempo, y fue ahí que agarró una pelota imaginaria –producto de su locura, pero también de su felicidad por sentirse un poco más libre– y dibujó una gambeta. Y siguió. Y empezó a hacer jueguito. Y pateó a un arco que solo veía él, pero que los presos –los “comunes” y los políticos– percibieron. Todos gritaron la palabra mágica: goooool. Los milicos, que poco sabían de imaginar y de soñar, se pusieron en guardia. Pero no había nada de qué temer.

La escena está magistralmente lograda en La noche de 12 años, la película de Alvaro Brechner que retrata el calvario que sufrieron José “Pepe” Mujica, Mauricio Rosencof y Fernández Huidobro entre 1973 y 1985. Sirve, acaso como un relato onírico y real, para contar por qué el fútbol –que en definitiva no deja de ser el recuerdo de nuestra infancia, una genuina manera de ser felices– también está presente en medio de los horrores. “Nos habían enterrado vivos. En aljibes. Estuvimos meses sentados, con alambre, encapuchados. Se tomaron una buena revancha de 13 años. Contábamos el tiempo por los campeonatos del mundo de fútbol. Me enteré del golpe de Estado del 73, en Chile, recién en 1980 y de casualidad”, contó hace mucho Fernández Huidobro, quien murió en 2016, cuando era ministro de Defensa de la República Oriental. “El fútbol siempre fue un anhelo. No podíamos escuchar los partidos ni nada, pero cuando había alboroto, entonces nos dábamos cuenta de que se jugaba un Mundial”, cuenta ahora Rosencof, quien estuvo en Buenos Aires junto al Pepe Mujica y a los actores protagónicos para presentar el film.

Durante más de una década –algunos estuvieron 12 años, otros 15–, para los nueve tupamaros que descendieron al infierno de la dictadura, que se había propuesta tomarlos como rehenes y “volverlos locos”, el fútbol, o los mundiales de fútbol, fue una manera de medir el paso del tiempo. En Memorias del calabozo, el libro de Fernández Huidobro y Rosencof en el que se inspiró la película de Brechner, hay un capítulo –“Nuestro calendario: latas, mundiales y presidentes”– donde lo describen:

—Poco después de llegar a Laguna del Sauce, el tema que va y viene noche y día en las charlas del soldado son las eliminatorias para el Mundial de España –recordó Huidobro.

—Contábamos el tiempo de a cuatro años. Nos acercábamos a otro Mundial en cana –siguió Rosencof.

—Yo siempre decía, en broma, que el próximo lo vería en libertad. La vida se encargaba de llevarme la contra.

–Uno pensaba: “¡Quién sabe cuántos Mundiales nos quedan!”.

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