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Crece el consumo de drogas de diseño:Éxtasis hasta que reviente el sol Imprimir E-mail
lunes, 24 de marzo de 2008
La movida de las drogas sintéticas viene creciendo con entusiasmo, sin que el debate sobre la despenalización las diferencie de las otras, ni que se controlen los circuitos que van desde las “cocinas” clandestinas a las discos, las raves o la policía.critica-totalnews

La Argentina ya no es un país de tránsito sino de comercio activo y consumo. Según datos oficiales, un 24,6% toma éxtasis una vez por mes.

Alejandra Folgarait*

El ministro de Justicia y Seguridad Aníbal Fernández se tomó la molestia de viajar hasta Austria recientemente para explicar en el marco internacional por qué la Argentina planea despenalizar el consumo individual de drogas, tal como lo hicieron desde Brasil hasta Dinamarca.

Didáctico, explicó que los jueces no dan abasto con las causas por tenencia de pequeñas cantidades de hierba para uso personal, mientras los narcotraficantes siguen haciendo su negocio. Se dijo, incluso, que sería ridículo preguntarle a un hijo que estudia Medicina si probó un porro alguna vez. Tiene razón Fernández, da alguna risa hacer ciertas preguntas y mantener esta situación, sobre todo cuando basta mirar alrededor para notar que la marihuana es lo más livianito que consumen las clases medias argentinas, y más especialmente las altas. El hombre de los bigotes locuaces no dio demasiadas explicaciones acerca de por qué no se desmantelan las redes del narcotráfico, no se requisan las discos donde los dealers hacen su negocio, no se avanza en la relación boliche-policía-aduana, ni se precisa qué drogas se consumen en el país.

Según la última encuesta de la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar), el 0,5% de los argentinos –unas 81 mil personas de 12 a 65 años– probó éxtasis durante el año anterior a la muestra (2006). Entre los consumidores, el 0,4% son varones y el 0,5% son mujeres. Un 24,6 % toma éxtasis mensualmente y un 4,9% semanalmente. Todas las cifras están muy por debajo de la realidad, según los expertos en drogas. La socióloga Graciela Ahumada, a cargo de las investigaciones de la Sedronar, confirma que la tendencia de consumo de éxtasis y otras drogas de diseño está en alza.

El jueves de Semana Santa una de las discos más famosas de la Costanera porteña vivió un ritual que se repite también todos los sábados non sanctos en muchos boliches cuando toca un DJ famoso. A los miles que peregrinan habitualmente al santuario sobre el Río de la Plata en busca de música electrónica, luces impactantes y alcohol, se sumaron otros centenares que siguen al DJ Aldo Haydar.

Una multitud de más de 2.000 personas, en su mayoría munida de anteojos negros –tipo Ray Ban, preferentemente– y botellitas de agua mineral, baila en cada centímetro cuadrado de la pista, en los VIP y en los sitios al aire libre que forman parte de la disco. Cerca de una de las barras se congregan tipos grandotes, algunos conocidos jefes de barras bravas de fútbol con frondosas billeteras y cadenas de oro. Cerca de la otra barra, se reúnen los gays. Por todas partes, jóvenes de todos los sexos y de entre 18 y 35 años bailan solos. Muchos pagaron 100 pesos la entrada (el precio depende del acceso a las diferentes pistas, terrazas y VIP).

Los tragos de moda son el vodka con speed y el licor de melón, también con speed. En los lugares más selectos, donde una mesa puede costar 1.500 pesos, el champagne corre como el agua que otros beben mientras se mueven concentrados, adrenalínicos, sudorosos. A las cuatro de la mañana, cuando el DJ famoso toma a su cargo la cabina, el lugar literalmente explota. El sacerdote electrónico cambia la onda: de la música ambiente se pasa al dance y al house, y el punchi punchi se escucha en decibeles que hacen retumbar las puertas y ponen al corazón en sintonía. Chicas y pibes se suben a los parlantes y bailan, como poseídos, su pasito robótico. Algunos se tocan, se abrazan, se besan. Otros bailan ensimismados y a la vez sonrientes. “Todos están bajo situación de consumo”, dice un profesional médico que se encuentra en el lugar. Casi no se puede caminar. Un olor como a bosta invade un sector: es el popper, un líquido que se aspira como si fuera perfume o se inhala en aerosol, que produce mareo y dilatación de esfínteres. Por eso lo usan mucho los gays, cuenta alguien que pide anonimato.

Pero la mayoría de las drogas que se consumen son inoloras. Pastillas de éxtasis, cristales de metanfetamina, “éxtasis líquido” (en verdad, se trata de GHB, un líquido que no tiene nada que ver con el éxtasis), LSD bajo la lengua, polvitos que pueden ser cocaína o ketamina (un anestésico que produce disociación entre la mente y el cuerpo, y la sensación de estar mirándose desde arriba). Mucho chupetín para evitar que la contracción de las mandíbulas y el rechinar de los dientes rompan la boca. Cada tanto, los patovicas (“la seguridad”, en el código de la disco) llevan a alguien a la enfermería. Desmayos, ataques de pánico, cortes con vidrios, alguno con el labio partido por un golpe, otra con chichones por haber quedado en el medio de una rosca. A las cinco de la mañana todavía no se han visto comas ni convulsiones. Es que los que vienen hoy a bailar son consumidores pesaditos. Están muy acostumbrados, se han vuelto tolerantes y pueden consumir mucho sin alcanzar el punto donde el cuerpo dice basta. “Pueden clavarse cinco pastillas en una noche y siguen bailando”, desliza un médico del lugar. “A las ocho, cuando el boliche cierra, la siguen en otro boliche, porque están tan excitados que no pueden irse a dormir”, explica un psiquiatra.

MUCHO MÉDICO AHÍ. Desde la tragedia de Cromañón, los boliches habilitados para más de mil personas deben contar con un médico permanente. Cuanto más top el boliche, más seguridad y personal sanitario dentro y ambulancias afuera. Sin embargo, la mayoría de los médicos que trabajan en los boliches no tienen experiencia en emergencias por sobredosis. Ni siquiera en las guardias de los hospitales –salvo en el Fernández, donde hay un Servicio de Toxicología y a donde se interna a los más graves– hay médicos capacitados para atender las consecuencias del consumo abusivo de las nuevas drogas de síntesis.

Además de las “drogas de club”, cada vez hay mayor consumo conjunto de sildenafil (el popular Viagra). Como el éxtasis aumenta las sensaciones erógenas pero disminuye las erecciones, los varones lo mezclan con la pastillita azul para tener sexo: es el séxtasis. Las drogas de diseño son sintetizadas directa y exclusivamente en laboratorios clandestinos. Aunque todas –desde el LSD hasta el popular éxtasis–, fueron originalmente diseñadas por compañías farmacéuticas o científicos respetables con propósitos terapéuticos, lo cierto es que fueron discontinuadas por sus “efectos adversos” y más tarde eliminadas de la vista, camino a a la clandestinidad. Una tras otra, el éxtasis (sigla química: MDMA), el GHB (el gamaxhidroxibutirato, mal llamado “éxtasis bebible”, ya que es una droga que no tiene nada que ver con la euforia ni la empatía y sí produce desinhibición, además de vómitos, dolores de cabeza y pérdida de reflejos y hasta coma y muerte), la ketamina, la metanfetamina (cristal) fueron prohibidas para el consumo humano en los Estados Unidos y, más temprano que tarde, también en la Argentina.

El consumo de las drogas de síntesis, que hicieron furor en los 80 en Estados Unidos, Inglaterra y otros países centrales, llegó a estas costas a fines de los 90, de la mano de las multitudinarias fiestas de música electrónica al aire libre, las raves, y de ciertas discos copiadas de sus casas matrices, fundamentalmente ubicadas en la isla de Ibiza.

Creamfields se transformó en el ícono de estos encuentros donde se baten récords de horas de baile, consumo de drogas sintéticas, botellas de agua (que impiden la peligrosa deshidratación generada por el éxtasis o “bicho”) y chupetines, chicles y caramelos (para impedir que se rompan los dientes). Pero Creamfields es sólo la punta del iceberg, que se extiende cada fin de semana por las discos más caras y en fiestas privadas, como las AET (“Ahora Entiendo Todo”). Allí es más fácil conseguir pastillas (que contienen éxtasis, dicen, pero que la mayoría de las veces están mezcladas con anfetaminas, talcos y hasta vidrio molido), ketamina, GHB (en frasquitos como de perfume), LSD y popper.

En una noche de música electrónica, en una disco multitudinaria, se pueden presentar entre 10 y 15 casos de emergencia, de los cuales algunos podrán terminar en una guardia de hospital o –si la cosa se pone fea y el médico o enfermero interviniente se asusta– tirados en la calle.

Hasta los especialistas en drogas reconocen que muy pocos médicos están preparados para reconocer y tratar a estos pibes. El código secreto de la noche obliga a no pronunciar nombres reales ni ver las transas que, de hecho, existen.

Argentina ya no es un país de tránsito, sino de activo comercio y consumo. Así como se procesa la coca aquí para luego exportarla a Europa, se importan pastillas, especialmente, metanfetaminas llamadas “cristal” o ice y LSD. La ketamina es un anestésico muy usado en veterinaria, por lo cual los hipódromos y los haras son fuente de provisión de la sustancia que consumen muchos jóvenes.

La existencia de una muy desarrollada industria química y farmacéutica, así como de técnicos que manejan bien la “cocina”, ha hecho de la Argentina un país de “cocineros químicos”. Las recetas circulan por internet o se obtienen en libros de farmacología. Los ingredientes (precursores químicos) están vigilados por una dependencia gubernamental, pero también pueden conseguirse en sitios legales, ya que forman parte de la industria cosmética, alimentaria y química. “Es bastante fácil producir MDMA a partir de compuestos que ya existen en el mercado y que se venden para resfríos y la gripe, como los derivados de la efedrina”, dice el reconocido científico Marcelo Rubinstein, quien investiga el mecanismo de las adicciones con ratas en el Instituto de Biología y Medicina Experimental (Ingebi).

El incremento en el consumo se nota especialmente en los jóvenes de clase alta. La mayoría son universitarios o tienen un trabajo –o familia con plata– que les permite pagar una entrada de 150 pesos más los consumos internos. No consumen para entrar en un viaje espiritual, como lo hacían los beatniks y hippies. Toman drogas de síntesis porque se aburren.

RULETA RUSA. Se discute si las drogas de síntesis producen verdadera adicción, como la cocaína o las benzodiacepinas (como el Valium y el clonazepam). Para Marcelo Rubinstein, investigador superior del Conicet, es posible que los usuarios de drogas de síntesis puedan manejar el consumo o no sufrir un síndrome de abstinencia si dejan de tomar drogas de síntesis. Pero existe alrededor de un 10% de personas que son genéticamente más propensas a convertirse en adictos. “Es como jugar a la ruleta rusa: te podés salvar, pero también te podés morir o quedar tetrapléjico por la contaminación que tienen estas sustancias. La cuestión es que nadie puede saber de antemano si es biológicamente propenso a quedar pegado a estas drogas hasta morir”, dice Rubinstein.

“Yo no estoy de acuerdo con las prohibiciones, aunque he visto de todo en los seis años que trabajo en emergencias nocturnas. Si no lo hacen en un boliche se alquilan una quinta o usan la casa de un amigo. Lo que me sigue sorprendiendo es la falta de conciencia del riesgo que corren. Por ahí saco del coma a uno un fin de semana, y vuelve a bailar y a consumir la semana siguiente. También me preocupa la poca comunicación con los padres. A veces los llamo por teléfono para avisarles que estoy atendiendo a su hijo y me preguntan si es necesario que los vengan a buscar o pueden seguir durmiendo”, dice la médica psiquiatra Geraldine Peronace.

El fenómeno que pocos quieren ver es el de los “adictos de fin de semana”, que pueden empezar el miércoles a la noche después de salir de la oficina y terminar los domingos a la noche, con uso de diversas drogas. “Por ahora es más el bien que el mal que me hacen”, alega Peter Parker, otro usuario frecuente que, en la elección de su nombre de Hombre Araña, revela tanto su omnipotencia como su edad.

Cambio de estrategia y alguna interna entre el ministro y la Sedronar

La Argentina ha intentado en los últimos 15 años seguir a pie juntillas los dictados de la poderosa DEA, la agencia contra el narcotráfico de los Estados Unidos. La ley 23.737, que penaliza desde la tenencia personal hasta el comercio minorista (a través de dealers) y el narcotráfico, es del año 1989. Desde entonces se sostiene que no podría ser modificada sin contradecir las convenciones internacionales que firmó el país. ¿A qué se debe el cambio en la estrategia del Gobierno, que propuso en la ONU despenalizar el consumo individual de marihuana, entre otras drogas?

Aparentemente, la idea es apoyar la estrategia de “reducción de daños”, es decir, no poner como objetivo que los adictos dejen de consumir sino apuntalar su salud y sus posibilidades de inserción social antes de castigarlos por tener una pequeña cantidad de droga. Según el ministro Aníbal Fernández, el propósito es destinar el sistema penal a perseguir redes de narcotraficantes y proveedores de precursores químicos (desde el clorhidrato de cocaína hasta las “drogas de club”). No se sabe bien qué opina el responsable de la Sedronar, Raúl Granero, quien venía defendiendo a capa y espada la política de criminalización de la tenencia de droga para uso personal. Las comunidades terapéuticas para adictos por ahora dijeron que está bien no criminalizar pero hicieron un llamamiento para tener cuidado con “la libertad de elección”. Un “ni” que no se esfuerza en distinguir la particularidad del consumo de las drogas de síntesis.

*Publicará en junio próximo el libro En trance sobre drogas de diseño

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