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ROSARIO EXPRESS - JUAN MARTINI - A tres años de la aparición de su última novela, "Colonia", el escritor Juan Martini vuelve a las librerías con los cuentos agrupados bajo el título "Rosario Express", que incluyen un relato homónimo en homenaje al humorista rosarino recientemente fallecido Roberto "Negro" Fontanarrosa. SINTESIS ARGUMENTAL: Los cuentos .... TNA
reunidos en este libro despliegan su trama a partir de una foto, una carta, una llamada, un hilo suelto del recuerdo que repentinamente dibuja o construye el momento actual. Con audiacia y precisión, Juan Martini hace presente el pasado, pone en evidencia las redes que la memoria tiende como un conjuro o una fatalidad. SOBRE EL AUTOR: Juan Martini nació en Rosario, provincia de Santa Fe, en 1944. Ha sido librero, periodista y editor. Su obra, que incluye novelas y relatos, fue traducida a varios idiomas, entre la que se destaca "El agua en los pulmones" (1973), "La vida entera" (1981), "El fantasma imperfecto" (1986), "Barrio Chino" (1999), "El autor intelectual" (2000) y "Colonia" (2004). EDITORIAL: Grupo Editorial Norma. La mujer está sentada en un banco del Parque Independencia. Es uno de esos bancos de piedra, sin respaldo, y la mujer está sentada casi en el medio del banco. Ella sostiene sobre la falda a un bebé. Es un día cálido en el invierno de 1944. La mujer lleva un abrigo de color claro, desabrochado, con un par de grandes bolsillos plaqué; una camisa estampada sobre fondo oscuro, de mangas largas y con el cuello abierto sobre las solapas del abrigo, y una pollera de color negro que le cubre las rodillas. Los faldones del abrigo están abiertos y dejan ver su pollera. Ella ha cruzado una pierna detrás de la otra y el pie izquierdo asoma, entonces, a la altura del tobillo derecho. Sus zapatos brillan. Son zapatos de tacos altos, con plataforma, punteras abiertas, y un pequeño moño de tela coronando la boca del zapato. Dos palomas se mueven cerca de los pies de la mujer, una paloma gris y otra blanca. Hay un árbol a espaldas de la mujer, y más allá hierba y la sombra de ese árbol, y más allá un sendero o una calle, y más allá un bosque. Es imposible saber de qué árboles hablamos aunque alguno, un poco más cerca, sugiere la idea de un pino. La mujer sostiene al bebé sentado en su falda, una mano sobre el vientre del bebé y la otra en la cintura. El bebé lleva un abrigo blanco, de lana, tejido a mano, y un enterito. La cinta de uno de los escarpines está desatada, y es como una huella o una falla sobre la pollera negra. La mujer lleva dos anillos en el mismo dedo de la mano izquierda: una alianza y un cintillo. El bebé cierra los puños. Ella tiene un peinado con ondas asimétricas y el brillo propio del pelo sujeto con fijador. El bebé tiene el pelo muy corto, casi al ras. Hay una casa, o tal vez un depósito, atrás, lejos, en el fondo, entre los árboles del bosque. La mujer, con la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha, mira al frente. El bebé mira otra cosa. El ómnibus entra en la ciudad por Boulevard Oroño. Años atrás lo hacía por la calle San Martín, también desde el sur, pero más cerca del río. En esa época las villas se detenían antes de cruzar el arroyo Saladillo, que entonces parecía un límite natural. Hoy, como una lengua creciente de pobreza, las villas se abigarran a lo largo de los tres o cuatro kilómetros más pobres del Boulevard y llegan por ahí, y por Ovidio Lagos –una avenida paralela, a seiscientos metros de distancia–, hasta 27 de Febrero y el Parque Independencia. De este a oeste, entonces, una virtual línea de sombra divide el mapa de Rosario. Sólo después de cruzar la calle Córdoba el ómnibus circula por la ciudad restaurada. El Parque Urquiza, en el bajo, y un par de barrios residenciales que lo bordean, son las excepciones necesarias. Cuando el ómnibus toma avenida Francia un hombre se levanta de su asiento y baja bultos de la bandeja portaequipajes. En seguida, rodeado de sus cosas, mira el reloj. Es un hombre de 70 años, alto, robusto, con la piel quemada por el sol del campo. Las cejas gruesas caen sobre los ojos blancos. Una niña, junto a él, no pierde de vista ni uno solo de los movimientos del hombre. ¿Qué va a decir la tía cuando nos vea? –pregunta la niña. No sé –dice el hombre. Un año más tarde, en el verano de 1945, la mujer se encuentra en el mismo parque. Está sentada ahora sobre una baranda que separa una rotonda del Palomar. Entre la baranda y la reja de alambre hay además un cantero de césped, flores y ligustrina. Ella tiene un vestido floreado y el bebé un enterito de hilo celeste con cuello blanco. La mujer y el chico están de mangas cortas. Los dos llevan zapatos blancos. Los zapatos de la mujer son de tacos altos con plataformas y pulseras que se cierran sobre los tobillos. Las manos de la mujer sostienen al bebé parado: una mano en la cintura del chico, la otra sobre el vientre. Las uñas de la mujer están pintadas de rojo oscuro con las medialunas blancas. El pelo del bebé ha crecido. El corte le deja un mechón crespo en lo alto de la frente. La mujer lleva un nuevo peinado: esta vez el pelo va hacia la derecha y detrás de las orejas le cae una melenita. Hay brillo de fijador en su pelo. Ella tiene las cejas depiladas y los labios pintados. La mujer sonríe nuevamente con placidez: ahora la boca entreabierta deja ver sus dientes. El puño izquierdo del bebé sigue cerrado. Atrás, en el Palomar, hay palomas blancas. El bebé no mira lo que mira la mujer. En el interior del ómnibus la avenida Francia se ve un poco desde arriba. Es uno de esos grandes coches de dos pisos: su desproporción queda en evidencia en las calles angostas, en los giros, en la lentitud con que debe maniobrar. Hace 50 años esta avenida era otro boulevard, como Boulevard Oroño o Boulevard Avellaneda. Los tres boulevares se diferencian en esto: el primero cruza la ciudad burguesa, el segundo cruza la ciudad más humilde, avenida Francia cruza las calles de la clase media. Los tres boulevares son paralelos, como si alguna regulación urbana hubiese regido sus trazados. Antes avenida Francia tenía su ancho veredón central y los árboles de rigor. Hoy está dividida sólo por una veredita con hierba. En el fondo de avenida Francia se encuentra la Facultad de Medicina. Hace 50 años estas calles estaban pobladas de pensiones de estudiantes. Había palmeras en las calles adoquinadas. Y muchachos que iban y venían con sus guardapolvos blancos abiertos. A veces las mujeres se enamoraban de esos muchachos. En las pensiones de avenida Francia los estudiantes de Medicina les hacían abortos a las putas. Hoy la mujer se ha detenido en la rambla. El bebé está de la mano de una chica. El bebé todavía no ha cumplido los dos años: lleva una chemise de piqué blanco con vivos azules, y pantalones cortos, anchos y también azules. Tiene un par de esos zapatitos llamados guillerminas. La mujer es alta. De hecho, es más alta que la mujer y la chica que la acompañan. Su pelo también ha crecido y le llega, suelto, casi hasta los hombros. El vestido le cubre apenas las rodillas. Sus piernas son largas. Los zapatos verdes, con plataforma, hacen juego discreto con el vestido de lanilla color gris perla. El vestido lleva tres botones que van del pecho al cinturón. El brazo derecho, libre, cae a lo largo del cuerpo. El escote del vestido es breve y está marcado por un par de solapas. La falda, recta y ligera, resalta el porte de la mujer: ella es joven y esbelta. La chica que tiene al bebé de la mano es robusta y está vestida de blanco. Ha cumplido, probablemente, los trece años pero parece un poco mayor. Junto al chico está la otra mujer, Tina, vestida de negro, con su abrigo y su cartera sobre el brazo derecho. Es una mujer obesa, de unos cuarenta años, y en el vestido, a la altura del corazón, ha prendido un pendantif de brillantes. La chica es hija de esta mujer. Las dos tienen las piernas iguales sobre los zapatos con plataforma. Más allá de la mujer de luto, sesenta o setenta metros más allá, está el Grand Hotel, un edificio con frente de ladrillos y una larga medianera blanca. Es un día nublado y a las seis de la tarde la luz todavía es muy blanca. La mujer de los zapatos color verde descansa el peso del cuerpo sobre la pierna izquierda. En ese brazo lleva los abrigos, el de ella y el del chico. La mujer sonríe. Parece haberse olvidado de sí misma y quizás por eso parece también mucho más joven de lo que es, casi una niña, o una adolescente. ¿Las mujeres que están con ella la acompañan, o ella acompaña a las mujeres? Ella tiene veintiséis años. El bebé mira lo mismo que mira la mujer. Esta es la primera vez que regresa a la ciudad, piensa M., no importa que en otras ocasiones haya creído que lo hacía, hoy es en verdad la primera vez. Hay en las palabras, en cada una de las palabras, la consistencia de las revelaciones. ¡Hace tantos, tantos años que se han perdido, la ciudad y él! Baja del ómnibus y sale de la Estación. El aire tiene el mismo peso caliente y dulzón que ha tenido siempre: un perfume a flor marchita que exhala sus últimas fragancias... La idea liviana de la muerte: el aire que se respira. Un taxi es un taxi, aquí y en todos lados, pero este está particularmente en ruinas. El asiento hundido, el tapizado del techo caído, las fundas de plástico de las butacas rotas, las ventanillas abiertas, el vaho a gasoil que se respira detrás de un colectivo. Desembocar en la calle Córdoba es fácil. Casi todo en Rosario desemboca en la calle Córdoba. Una infinidad de astillas de cristal le hiere la mirada, el pulso, la ciudadela de la memoria... La derecha, hacia el oeste, es la dirección que lleva a Fisherton, el barrio creado por Henry Fisher a finales del siglo XIX para los trabajadores ingleses del Ferrocarril Central Argentino. En aquel extremo está el Country, así se le ha llamado siempre al campo de deportes del Jockey Club, 110 hectáreas de pistas para equitación; de canchas de golf, rugby, fútbol y tenis; de vestuarios y bares y restaurantes; de arboledas y jardines; de piletas de agua dulce y de agua salada; un lugar donde aquel chico pasa veranos felices. En esos tiempos, piensa M., se sabía qué era la felicidad y se sabía, sobre todo, que la felicidad nunca es eterna sino más bien febril y efímera, como los fuegos artificiales, como un sueño, como anillos de humo, como todas esas cosas que nacen y se disuelven en la nada no bien han nacido... Desde la Terminal de Ómnibus que ha quedado atrás salían a la noche los micros que iban a Mar del Plata. ¿Cuántos veranos partió él, siendo un niño, de aquella Terminal rumbo al Atlántico? El taxi gira hacia la izquierda y se dirige por la calle Córdoba al centro comercial de la ciudad. Esa calle va de este a oeste, nace en el río, junto al Monumento a la Bandera, cruza los boulevares, atraviesa toda la ciudad y se pierde en la llanura en dirección a las provincias llamadas mediterráneas. En Córdoba y Ovidio Lagos hay dos concesionarias de autos en diagonal. Hace cincuenta años, en esas esquinas, había dos bares: El Cacique reunía a clientes que tomaban cerveza y jugaban al billar. Aquellos hombres jugaban al billar en serio. En El Indio se jugaba al casín, una complejidad aparente, ¡hacer una mosca! En Rioja entre Ovidio Lagos y Ricchieri, a poco más de cien metros de esos bares, estaba la casa de su infancia, o de parte de su infancia. La casa de la calle Rioja. En el verano de ese mismo año, 1946, el bebé, que es ya casi un niño, se sienta sobre el respaldo de una silla de paja volcada sobre la arena, en la playa Bristol de Mar del Plata. A sus espaldas está el Casino, y a pocos metros del bebé un par de mujeres juegan con sus hijos. El bebé tiene el pelo muy corto a los costados de la cabeza y largo arriba, y lleva uno de esos pantalones de baño de lana en cuadrillé con cinturón blanco, zapatillas y un baldecito de lata entre las piernas. Es otro día nublado. Una de las mujeres, atrás del niño, no se ha quitado la falda y se ha puesto un saquito. Las sombrillas están cerradas. El bebé alza el brazo izquierdo y saluda. En la mano derecha, cerrada, esconde algo. Por primera vez el chico sonríe. A las 20 horas, 52 minutos, 17 segundos del 15 de enero de 1944 un terremoto que alcanza una magnitud de 7,8 grados en la escala de Richter aniquila la ciudad de San Juan y deja, según una versión oficial, 10.000 muertos, 12.000 casas destruidas y 125.000 personas sin techo. Casi un mes después, el 12 de febrero, mientras siguen los temblores de réplica, el general Juan Pistarini, ministro de Obras Públicas, designa al mayor Luis Argüelles Benet como director de Obras de Emergencia y viaja a San Juan, donde es recibido por el interventor federal de la provincia, coronel José Humberto Sosa Molina. Lo acompañan, entre otros, el ingeniero Marcelo F. Martínez de Hoz, vicedirector de la Dirección General de Arquitectura, el arquitecto rosarino Ángel Guido, Alfredo Della Paolera y Oscar Grondona. El ministro de Guerra, general Edelmiro Farrell, reitera que el Ejército, a las órdenes del coronel Juan Perón, dirige el operativo de rescate y ayuda a los damnificados. Once días después del terremoto de San Juan, el 26 de enero de 1944, el presidente de la República, general Pedro Pablo Ramírez, toma una de las decisiones más controvertidas de su gobierno: rompe relaciones con Alemania, Italia y Japón; la “abrupta” decisión es motivada por la presión del gobierno de los Estados Unidos. El 12 de febrero, el mismo día en que Pistarini designa al mayor Argüelles, el general Ramírez decreta que es obligatorio el uso de la bolsa de algodón para envasar las papas. De esta manera se da fin al envasado con bolsas de arpillera de yute. El Banco de la Nación le concede un crédito de cuatro millones de pesos al Mercado Nacional de Papas para la compra del algodón, la confección y otros gastos que insuma la fabricación del primer lote de bolsas de algodón. Pocos días después, el general Edelmiro Farrell se subleva contra Ramírez y asume en poco tiempo la presidencia para conducir al país a las elecciones que gana en 1946 el coronel Perón
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