De primarias y relatos

Jorge Raventos
Lectura

 

 

Esas líneas son una reproducción textual de las que publicó esta columna cuatro años atrás, el 8 de agosto de 2013. Aquel párrafo  concluía citando el mensaje que a las 6 de la tarde del domingo electoral twiteó Luis D’Elía: “El kirchnerismo primera fuerza en todo el país. Amplísima victoria”.

 

El acento en el triunfo nacional del Frente para la Victoria en aquellas primarias de 2003 pretendía disimular el hecho más significativo de ese comicio: el Frente Renovador de Sergio Massa había derrotado al kirchnerismo en la provincia de Buenos Aires por 5 puntos de  diferencia (35 a 30 por ciento) y comenzaba así a consumar lo que concluiría en la elección de octubre; quedaba  desarticulado el proyecto de re-reelección presidencial que Diana Conti había bautizado como “Cristina Eterna”.

 

Hay que subrayar que no era mentira lo que aducía la propaganda kirchnerista de entonces: el Frente para la Victoria (convertido en partido del Estado)  tenía una sigla unificadora en todo el país y sus votos aparecían sumados en las pizarras de resultados nacionales; sus oponentes, en cambio, estaban nacionalmente atomizados bajo denominaciones diferentes. El FPV sumaba claramente más que cualquiera. Sin embargo no era ese el dato más relevante de la elección, sino el resultado bonaerense y, con él, la caída del sueño continuista K.

 

Matriz interpretativa

 

¿Empleará hoy el gobierno la misma matriz interpretativa que el kirchnerismo de 2013?  Si los resultados bonaerenses son frustrantes para Cambiemos, es probable que se reitere la tentación de iluminar el bosque para disimular el árbol más destacado.  Como el FPV de entonces, Cambiemos hoy  tiene un sello en condiciones de sumar sus votos nacionalmente (irónicamente, una excepción es la ciudad de Buenos Aires, donde la coalición emplea el nombre de Vamos Juntos porque dejó afuera a la UCR porteña y a su candidato, Martín Lousteau). En cambio, las otras fuerzas  van desparramadas bajo diferentes denominaciones.

 

Algo de frustración oficialista puede haber si se cumplen los vaticinios de la mayoría de las encuestas, que imaginan a la señora de Kirchner como la triunfadora bonaerense de estas PASO.. El gobierno, aunque esgrime datos, diferentes no se anima a refutar con firmeza esos pronósticos y, en el mejor de los casos, habla de “empate técnico”. Podría recordar, sin embargo, que las encuestas no son precisamente infalibles. Antes de las primarias de 2015 ninguna encuestadora  le atribuyó a Cambiemos el porcentaje que finalmente obtuvo allí (más de 30 puntos, con 29 por ciento en la provincia de Buenos Aires), sino entre 3 y 5 puntos menos.

 

Se verá esta noche que mensaje dejan las PASO y cómo lo traducen las distintas fuerzas, tanto en su verbalización como en su estrategia hacia “la elección de verdad” de dentro de dos meses.

 

En términos cuantitativos, las pruebas electorales venideras (la de hoy y la de octubre)  fueron agudamente descriptas, en tono de paradoja, por el  politólogo e historiador Rosendo Fraga. En el escenario  privilegiado de  la provincia de Buenos Aires,  “dos tercios –dijo- votarán contra Cristina Kirchner, pero ella puede ganar; al mismo tiempo, dos tercios votarán  candidatos de origen peronista, pero ella puede perder”. 

 

En términos argentinos, los dos meses  que separan ambos comicios constituyen un  plazo considerable. Sería indispensable  pensar  más allá aun, más largo y más profundo.

 

 

 

Populismo y grieta

 

Un asunto que debe encararse es el cierre de la famosa grieta que vuelve a hacerse notar. “El papel de la política es suturar lo que la dinámica social agrieta y separa”, advierte en un trabajo reciente el sociólogo Juan Carlos Torre.

 

En ese sentido, conviene echar una mirada a un término que  ha sonando como música de fondo de las próximas y las anteriores elecciones: “populismo”. En verdad,  la palabra  ha atravesado  fronteras y es empleada aquí, allá y en todas partes y sirve, indistintamente, para esto y para lo otro.

 

 “De una manera general, será difícil atribuir una definición al populismo, ya que se trata de un insulto, antes que de un sustantivo”, observa la académica francesa Chantal Delsol  en  su  libro (breve, erudito, sustancioso) Populismo. Una defensa de lo indefendible, donde rastrea los orígenes de la grieta entre populismo y antipopulismo hasta  el pensamiento de Aristóteles y Platón. “En el presente –apunta la pensadora francesa- se tiene la costumbre de designar con el término populistas a todo tipo de movimientos o partidos distintos, por el único motivo de que nos desagradan”.

 

 En efecto, con la misma vara conceptual se pretende definir a Donald Trump y a Nicolás Maduro, al movimiento del cómico italiano Beppe Grillo y al Frente Nacional  francés de Marine Le Pen, al  peronismo  de Perón, al  Partido de los Trabajadores de Lula Da Silva, al izquierdismo griego de Syriza, a Hugo Chávez y a los Kirchner.

 

Diferencia y convivencia

 

La heterogeneidad de los fenómenos que se incluyen en el mismo casillero es sospechosa. Si  se quiere, lo que tienen de común todos ellos es la cosmovisión  de base que nutre a sus críticos. Por ese motivo, el  libro de Chantal Delsol elige un camino astuto para comprender el populismo, que reside en  analizar ese pensamiento común de sus  cuestionadores. Encuentra  esa raíz en  una mirada elitista  que  modernamente reduce la Razón de la ilustración a “una dogmática universalista”  convertida en pensamiento políticamente correcto. “Los discursos contemporáneos reprochan al pueblo de los populismos no querer lo único que cuenta: el progreso, el universalismo –señala-. El pueblo no elige El Bien , sino que pasa de una heteronomía a otra”. Desde esa decepción, esa manera de pensar se  aproxima  al abismo de la intolerancia: “El pueblo que no reconoce la visión específica del porvenir definido por las elites es un pueblo inepto para la ciudadanía (…) Si la democracia no estuviera hoy en día asentada, esa opinión dominante excluiría de buen grado a esos electores del rango de los ciudadanos, y en realidad no se priva de excluirlos simbólicamente (...) un paso más y no quedaría otro remedio que cambiar de pueblo”.  Para Delsol, la profundización de esa tendencia  “marca la transición de la república democrática a la república ideológica, de la política de la tolerancia a la política  de la Verdad, del pluralismo al monismo”.

 

Por cierto, el trabajo de Delsol se inspira fundamentalmente en el  análisis de situaciones europeas, pero  sus conceptos iluminan  también otros procesos y es posible mirar a través de ellos para comprender aspectos de la llamada grieta local, habitualmente atribuida en exclusividad  a un solo sector.

 

Superar “la grieta”  parece la tarea más importante que tendrá ante sí el sistema política (en primer lugar el gobierno) una vez  ocurrida la elección de octubre.  Si el macrismo se inspira, como proclama a veces, en el pensamiento de  Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio, seguramente recordará que  el movimiento de estos  fue bautizado “de Integración y Desarrollo”, donde no casualmente la palabra integración aparecía en primer término.

 

El mércoles último, en la Bolsa de Comercio, en la ceremonia de entrega de premios a empresas y empresarios destacados del país, un público inquieto comentaba las últimas encuestas. Los empresarios premiados se mostraron optimistas  de cara al futuro. El editor Jorge Fontevecchia  recogió un  aplauso unánime cuando subrayó que, cualquiera fuera el resultado electoral , el país no puede presentarse dividido  ante el mundo y necesita convivir con sentido plural, debe superar la grieta descartando la fantasía de que un sector de la sociedad  debe  ser excluido.

 

Tal vez se esté gestando un tiempo para los acuerdos estratégicos y las políticas de Estado.

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