La Matanza y Morgan Stanley

Opinion
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 La sola idea de que Cristina Fernández pudiese encabezar todos los sondeos de opinión conocidos sonaba disparatada doce meses atrás. Hoy es una realidad que sería ridículo pasar por alto. Más allá de la escasa diferencia que existe a favor de la ex–presidente y del error estadístico propio de cualquier relevamiento, el hecho de que la viuda de Kirchner, a escasas tres semanas de los comicios, encabece la intención de voto, revela dos cosas a la vez.

 

Por un lado pone al descubierto las falencias del gobierno en punto a la marcha de la economía. Ni por asomo la jefa del Frente Unidad Ciudadana acreditaría tamaña fuerza electoral si otros hubiesen sido los resultados de la administración macrista. Eso se ve claro, sin necesidad de hacerle decir a la gente cuanto no expresa en las encuestas. El grueso del voto kirchnerista está vinculado en forma directa a las preocupaciones del bolsillo, para llamarlo de alguna manera. Son legión quienes sostienen que los principales problemas que les aquejan, resultan el desempleo, la inflación y la caída del consumo, y por eso mismo se inclinan por el Frente.

 

Por otro lado, demuestra hasta dónde es relativa la corrupción a la hora de decidir el voto. Suponer que 25 % ó 30 % de la población bonaerense —que premiará en el cuarto oscuro a la ex–presidente— es corrupta, comportaría un disparate. Y sin embargo, imputada por su manejo de los fondos públicos en los años en que se desempeñó como jefa del Estado nacional, igual está al tope de los sondeos.

 

Si el 22 de octubre la alianza oficialista perdiese en la provincia de Buenos Aires, no ocurriría nada dramático en tanto y en cuanto el gobierno estuviese en condiciones de mostrar triunfos contundentes en los demás distritos electorales de peso. Expuesto de manera diferente: si Cambiemos —que se presenta en casi todo el país— demostrase ser la bandería más votada a nivel nacional, y si a ello le sumase triunfos en la Capital Federal, Mendoza, Córdoba y Santa Fe, el traspié bonaerense bien podría compensarse. Distinto sería el escenario si el binomio conformado por Esteban Bullrich y Graciela Ocaña resultase derrotado y también lo fuesen los candidatos oficialistas en las otras cuatro plazas relevantes del país.

 

Todo hace preveer que la gobernabilidad no será puesta en tela de juicio. En la peor hipótesis, perder Buenos Aires no es entrar en el infierno. Vistas las cosas de puertas para adentro de la República Argentina, no estará en juego la Presidencia de la Nación; no habrá modificaciones substanciales en ninguna de los dos cámaras del Congreso, ni en la de senadores ni tampoco en la de diputados; el peronismo seguirá dividido y Cristina Fernández —aun en caso de ganar, algo que no está escrito en ninguna parte— no liderará el bloque justicialista en la cámara alta.

 

Contra lo cual, es pertinente hacer notar que la situación, analizada desde la óptica de los mercados —por sobre todo, los externos— no es la misma que examinada con arreglo a los parámetros políticos de entrecasa. Un operador de Goldman —para poner un ejemplo— no razona igual que un cacique sindical, un ministro del Poder Ejecutivo, un puntero barrial o un jefe partidario. Para éstos cuentan determinadas cosas a la hora de definir quién ganó y quién perdió, y cómo se modificó —si acaso— la relación de fuerzas entre el oficialismo y el arco opositor luego de conocerse los resultados de agosto y de octubre. Para aquél cuentan aspectos muy distintos.

 

A nadie o a muy pocos les mete miedo la idea de que Cristina Fernández se siente con fueros en el Senado a partir de fin de año. Los mismos que, por temor a seguir el camino de Venezuela, respaldaron a Mauricio Macri en el 2015 aun cuando no terminaba de convencerlos, ahora no están sobresaltados. En cambio, la imagen de la viuda de Kirchner triunfante —con la tirria y el desprecio que suscita su nombre en los mercados— puede tener efectos desgraciados para el macrismo.

 

Es curioso que, en un ejercicio de pros y contras, al gobierno un triunfo de la ex–presidente le convendría en la medida que se consolidaría la actual balcanización del peronismo. Pero, al propio tiempo, lo perjudicaría enormemente por la retracción del capital. Para la administración macrista el endeudamiento externo es algo vital. Si en algún momento quedase fuera de su alcance, no podría hacer frente al descomunal gasto público (de casi 50 %

 

del PBI) que, dicho sea de paso, no ha hecho más que crecer en los últimos dos años. Sin esos U$ 40000 MM que necesita el gobierno para subsistir, el programa económico colapsaría de inmediato. Por lo tanto, si eso que llamamos mercados internacionales de crédito se asustasen ante una eventual victoria kirchnerista, a Macri no le quedaría otra alternativa que rezar. Perder en número de votos en La Matanza no es tan grave como perder la credibilidad de Morgan Stanley. Dentro de dieciocho días sabremos cómo viene la mano. Las PASO sólo sirven como encuesta gigante.

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